Es triste que cada vez que hay una tragedia, desde ciertos sectores políticos (siempre de la izquierda radical) se plantea la polémica artificial sobre el carácter religioso de los funerales, algo que se ha hecho visible en diferentes momentos, aunque de manera más reciente en el funeral oficiado por las víctimas de la pandemia. No obstante, también cabe remitirse a otros acontecimientos anteriores como el funeral de Adolfo Suárez en 2014.
Se podrá alegar que no todas las víctimas (que han sido cuantiosas) son católicas y ni siquiera, creyentes, pero no debemos olvidar que la Iglesia pide por todos con independencia de sus creencias, ya que un funeral no se hace por los difuntos sino para pedir por ellos ante Dios y que sean acogidos en su seno, por lo que no se trata de actos oficiales sino de actos privados, y si Adolfo Suárez tuvo un funeral católico es porque la propia familia así lo quiso, a lo que se suma que el expresidente era católico practicante y supernumerario del Opus Dei, lo cual no fue óbice para que también tuviese un funeral de Estado, decretándose tres días de luto nacional, con las banderas a media asta y con un velatorio público en el Congreso, del mismo modo que Julio Anguita o Santiago Carrillo (por citar dos ejemplos) no tuvieron una ceremonia religiosa porque no eran creyentes y ni en su capilla ardiente ni sobre su féretro había una cruz por dicho motivo.
En línea con lo anterior, los representantes políticos no son invitados al encuentro sino que actúan a título personal (del mismo modo que no acuden cuando se organizan misas por las víctimas del aborto) y se les da un lugar preferente por ser autoridades públicas, y si esta es la polémica, la solución es bien sencilla: que se sienten como uno más entre el público sin ocupar un lugar principal, ya que nadie les obliga a asistir, de hecho, ni Sánchez ni Iglesias acudieron a la misa por las víctimas de la pandemia oficiada por monseñor Osoro, una actitud que contrasta con la de alguien que desde luego no es objeto de mi devoción como Santiago Carrillo, que pese a ser un ateo declarado, en plena Transición, acudió a una misa por 27 militantes comunistas que murieron en un accidente cuando venían de una fiesta del PCE, pero era otra época, en la que se movían con ánimo de reconciliación mientras que la generación de los nietos (liderada por Pablo Iglesias) es más revanchista que la de los abuelos porque no ha vivido el horror de la Guerra Civil y no teme su repetición.
Decía en cierta ocasión el propio Carrillo que “la Iglesia Católica en España no tiene parangón con otras confesiones igualmente respetables”, ya que el 70 % de los españoles son católicos y cuando cierta izquierda afirma que vivimos en un país laico, responde más a sus deseos que a la realidad, que choca no sólo con el espíritu sino con la propia letra de la Constitución, que en su artículo 16.3 dice literalmente lo siguiente: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”.
En este sentido, es lógico que en España se celebren funerales católicos de la misma forma que en Alemania serán protestantes y en Grecia, ortodoxos al ser la confesión que abraza la mayoría de los españoles entre los que me encuentro, del mismo modo que las personas de otra confesión (judíos o musulmanes) pueden organizar funerales de su mismo signo, del mismo modo que los no creyentes pueden hacer lo propio para honrar la memoria de los fallecidos porque en nuestro estado aconfesional nadie pone en tela de juicio la libertad religiosa.
En los últimos años, la izquierda radical española representada por Podemos e Izquierda Unida ha ido un paso más allá dejando en evidencia que uno de sus rasgos más visibles es el anticlericalismo y la cristianofobia, de modo que en no pocos ayuntamientos de diferentes puntos de España están presentando mociones para la celebración de “bautizos laicos” (sí, han oído bien).
Como es sabido, el bautismo es una ceremonia que marca la pertenencia a la comunidad cristiana que no se limita a un acto sacramental en sí sino que va acompañado del compromiso de los padres de educar a su hijo en la fe cristiana, además de tratarse de un pequeño exorcismo para liberar al bautizado del Pecado Original, de modo que mientras que el matrimonio y los funerales han estado presentes en todas las civilizaciones, el bautismo es exclusivamente cristiano, por lo que cobra sentido que exista matrimonio civil pero no bautizo civil, que es una contradicción en los términos.
El bautismo es un rito exclusivamente religioso, de modo que un ateo o agnóstico coherente con sus convicciones no lo practicaría al ser completamente innecesario, sobre todo atendiendo a la etimología del término, que significa rociar o sumergir en agua, una práctica instaurada por Juan el Bautista, mientras que el llamado “bautizo civil” se ha dicho que sería un acto por el cual el ayuntamiento le da la bienvenida al niño, lo cual crea un problema adicional, porque, si es creyente y se ha bautizado en la iglesia, ¿el ayuntamiento no le da la bienvenida? Es un trato discriminatorio, crea un agravio comparativo y además no tiene consecuencias jurídicas, a diferencia del matrimonio civil, ya que lo que marca la pertenencia del recién nacido a la sociedad es la inscripción en el Registro Civil.
Si la inscripción anterior la quieren celebrar y presentar al niño ante los suyos tienen muchas formas de hacerlo sin necesidad de recurrir a este contrasentido que se va a convertir en un lucrativo negocio con el que los ayuntamientos comunistas pretenden llenar sus arcas, ya que ha señalado que se cobrará una tasa por su celebración, en la que se leerán artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos y del Código Civil en los que se habla de las obligaciones de los padres respecto a los hijos, pero de nuevo se incurre en un absurdo, ya que dichas obligaciones vienen recogidas en la ley y no las asumen en ese acto, ya que no podemos elegir si cumplir las leyes, pues estamos obligados a ello.
Si algunos quieren marcar distancias con respecto a la religión, ¿por qué adoptan luego sus ritos? Y, sobre todo, una vez explicado el significado de la palabra bautismo, ¿por qué el mismo nombre? ¿No sería más acertado llamarlo ceremonia de bienvenida social? Esta parodia, burda imitación de las ceremonias católicas se hace visible cuando en El Puerto de Santa María (Cádiz) un concejal (además, de Podemos) ha oficiado una boda civil vestido de sacerdote.
Siguen la absurda argumentación de que es injusto que un no creyente no tenga bautizo. Bajo esa misma lógica, los niños que no son judíos no tienen un Bar Mitzvá, ¿o es que van a instaurar también un Bar Mitzvá católico? ¿Cuál será el siguiente paso? ¿Una comunión o confirmación laica? ¿Se hará una ceremonia por la cual se confirme como ciudadano del Estado y reafirme su compromiso con las leyes? Si quiere dejar de ser ciudadano y de estar sometido a las leyes, sólo tiene que cambiar de nacionalidad.
El programa de Izquierda Unida (máscara bajo la que se esconde el Partido Comunista) decía: “Establecer el carácter exclusivamente civil de todos los actos oficiales, eliminando todo tipo de connotación, rito o simbología religiosa o ideológica de cualquier naturaleza”. Esta filosofía antirreligiosa ve a la Iglesia como un competidor ideológico y va en la línea del fascismo, que decía aquello de “nada fuera del Estado, todo dentro del Estado”, ya que buscan sustituir la religión para que sea el Estado el que ocupe el papel de Dios en la vida de los hombres, algo que entronca con la totalitaria frase de la ministra Celáa diciendo que los “hijos no son propiedad de los padres”, que supone afirmar implícitamente que lo son del Estado, ya que no quieren ciudadanos sino súbditos que les presten obediencia ciega.





