
Por Mª Isabel Gómez Oñoro
Desde que los maestrantes de Sevilla empezaron a encargar carteles «modernos», cartelería de vanguardia artística, en 1994, a instancias de un pintor, maestrante y aficionado taurino, Juan Maestre León, la secuencia de despropósitos cartelistas no ha parado, salvo excepciones y como ya se sabe que la excepción hace la regla, la mayoría de estos carteles son simple y llanamente bodrios «artísticos», mal pensados y peor ejecutados.
A mí, que soy pintora, no muy valorada crematísticamente hablando, pero pintora de cabo a rabo, esto de los carteles de la Real Maestranza de mi pueblo me divierte mucho, pero también me da mala baba.
El cartel de 1994, de Luis Manuel Fernández, fue un cartel moderno pero clásico, con colores muy identificables de la cerámica trianera, esa cerámica barroca que todos conocemos. A partir de ahí, todo ha sido un ir y venir, entre lo bueno, de Juan Romero, ese pintor del Arenal sevillano que se fue a Madrid para no volver, el emborronado toro de un Salinas, que en paz descanse, la copia de un toro de Goya por Laffón, el prescindible torero de mi amigo Paco Reina, el estúpido cartel de Manolo Valdés de 2012 y el supuesto cartel expresionista de Navarro Baldeweg de 2016 y los posteriores que han ido trasteando entre la confusión y el feísmo más absoluto.
Esto del feísmo, en arte hay quien lo defiende, pero yo no. A mí, lo feo me parece feo y lo mal compuesto me parece espantoso.
De todo este maremágnum de la modernidad cartelista que sin querer creó Juan Maestre León, salvo con muy buena nota los carteles de Guillermo Pérez Villalta, Eduardo Arroyo, Miguel Barceló y el de 1994 de mi antiguo compañero de fatigas cerámicas Luis Manuel Fernández, primer cartel de la serie, y creo que ninguno más, salvo el de mi también amigo Félix de Cárdenas, de 1997, que para mí es uno de los mejores. Y no porque Félix fuera amigo mío, sino porque es un cartel en toda regla, un cartel que realizado con mesura resalta lo que anuncia y está muy bien compuesto.
El de Guillermo Muñoz Vera, de 2014, fue un cartel anodino que, eso sí, le gustó mucho al común de los sevillanos, tan acostumbrados ellos a las estampitas.
Refiriéndome al cartel de 1997, hablo de la composición porque esta es muy importante en cualquier pintura y en un cartel tal vez lo sea más. Un cartel de descompuesta composición es claramente una mierda de cartel, como sabemos todos los pintores.
Todo lo dicho anteriormente me lleva a hablar del cartel de este año pandémico de 2021. Dos años ya sin corridas en condiciones normales, por culpa del virus chino, virus que promete acabar con todo lo que nos es cercano, incluidas las corridas de toros.
El cartel que este año ha pagado y presentado, sin presentación oficial, la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, obra del cuentista neoyorquino, Julian Schnabel, que dice ser pintor expresionista abstracto y que a buen seguro le ha cobrado a los maestrantes una pasta gansa por el infame cartel, es eso, una infamia, y no especialmente porque el cartel en sí mismo sea horrendo, que lo es, sino que al tal Julián, hacer el cartelito le ha costado cinco euritos de materiales y cuatro minutos de trabajo.
Dicho lo dicho, debe constar en acta que a mí lo que los maestrantes hagan con su dinero me importa un comino, pero sí me permito recordarles que ese tipo de «pintura» no se revaloriza; vamos, que no vale un pijote y que Schnabel les ha metido una «bacalá» del quince.
- Félix de Cárdenas
- Miguel Salinas
- Luis Manuel Fernández
- Juan Navarro Valdeberg
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