Continuamente hemos de insistir, ya que cada día nos depara nuevos ejemplos, en lo siguiente: En la degradación de la lengua española no es tan grave la invasión de palabras extranjeras (por ingrata que ésta resulte, en su servilismo y pedantería. “Te voy a dar unos tips”, ¿cómo tips?), no es tan grave eso como la deformación de la propia palabra castellana, dándole el significado que ésta tiene en su equivalente inglés.
En el primer caso, pues sí, es molesto el tener que escuchar “Huy, qué buenos tips”, pero en fin, la palabra consejo sigue existiendo, así como recomendación, sugerencia…
En el segundo caso, el vocablo castellano queda anulado, deformado. Es una pérdida mucho más grave. Un ejemplo del segundo caso: la palabra “honesto”, “honestamente”, que hoy no se les cae de la boca a los jóvenes, ¡quién iba a decir, esta palabra que estaba en desuso! En español, “honesto” es algo relacionado con la pureza, la fidelidad marital. Ahora se copia servilmente su sentido en inglés, y se emplea de manera absolutamente chirriante. Antes de que entrara la obsesión por la “educación bilingüe”, cualquiera con unas mínimas nociones, o incluso sin ellas, consultando un diccionario, sabía que “Honestly I don’t know” se traducía como: “Sinceramente no lo sé”. Y “I’ll be honest” quiere decir: “Te voy a ser franco”. Sinceridad y franqueza son dos palabras españolas similares aunque con un matiz distinto. Por algo se decía: “Quiero amigos sinceros, que no francos” (que no me mientan… pero que tampoco me digan verdades desagradables sin venir a cuento). La honestidad, virtud con fama de obsoleta, quedaba para otras cosas.
Pero hay muchísimos más ejemplos. Uno de los más insidiosos ocurre cada vez que abre un nuevo centro comercial que decide llamarse Nosequé Plaza, siguiendo la línea del de Nervión Plaza.
¿No parece tan dañino, no? A lo mejor, incluso amantes del castellano no ven nada malo en ello, no les chirría como el aluvión de “Airport bus – Tourist Information- Sightseeing- Cheese cake”… cuesta trabajo dar con un rótulo en español. “Nervión Plaza” no chirría así al oído, a primera vista suena a algo “nuestro”, pero en eso consiste la insidia. Porque aquí la hermosísima, la señera palabra española que designa una de nuestras realidades más características, la plaza, ha perdido su significado original.
En Estados Unidos no existe “la plaza del pueblo”. A lo sumo hay algo parecido a una plaza en un puñado de grandes ciudades icónicas – que son las menos representativas. Se vive de otra manera (Julián Marías narraba un diálogo entre españoles residiendo allí en una población pequeña, los más antiguos respondiéndole a la recién llegada: “Nos preguntó que dónde estaba la plaza, le dijimos que no había plaza. Nos preguntó entonces que por dónde se paseaba, le dijimos que no se paseaba”… Es otro modo de vida).
Pero la hermosa y sonora palabra española fue pronto adoptada, como tantas otras, por el inglés americano. ¡La plaza!, vocablo hermoso, singularísimo. Vale que existe parecida en otras lenguas – la piazza, la place…- pero no tienen esa sonoridad; y por supuesto la cercanía al mundo hispánico, cuando no su herencia, hizo que esa palabra se adoptara, sí. Pero en un sentido muy distinto: se le llama Plaza a un centro comercial, donde se compra, se toma café, se pasea en cierto modo.
Podemos alegrarnos de que nuestras hermosas palabras se exporten; de que en el mundo anglosajón le llamen por ejemplo “Crowne Plaza” a un gran centro comercial y de ocio; ellos mismos ven que queda más hermoso y sonoro que llamarle “shopping mall”. Y, obviamente, en su sintaxis, pues la palabra “Plaza” va detrás del nombre de la misma.
Estupendo, que se exporten nuestras palabras; pero no que imitemos el sentido que ellos les dan. La plaza del pueblo o las de cada ciudad constituyen una realidad tan magna en España, ampliada y casi intensificada en el mundo hispánico, que sería un golpe descomunal el hacer que se difumine su sentido, equiparándola a la banalidad de un centro comercial.
Hace ya muchos años, parece que se las quisieron dar de originales en la calle Luis de Morales, y en vez de llamarle a ese complejo “Centro Comercial Nervión”, se les ocurrió lo de Nervión Plaza – sí, con el “Plaza” al final, como quien dice “Oxford Street”. En fin… un golpe de presunta originalidad, de pedantería, de lo que sea. Se puede “permitir” una vez -¡qué remedio!- pero sería funesto el empezar a darle a otros complejos comerciales ese nombre. En español, una plaza es otra cosa, y por ende de las más valiosas que hay.
Y, ¡cómo se refleja esa realidad a lo largo de toda nuestra literatura! Aparece continuamente, en la poesía popular, en todas partes.
“Qué larga se ha hecho esta calle/ que hoy ya llega hasta la plaza/ y ayer no llegaba más/ que a la puerta de tu casa…”





