Lo peor de los nacionalismos es que apelan e interrogan necesariamente al resto, es decir, contagian, porque no se puede permanecer al margen cuando el egoísta pretende robarte o abusar de ti. Entonces el resorte básico es convertirte en más nacionalista que ellos mismos. Si me robas, yo te robaré todo lo que pueda; y si exiges que te den, yo exigiré más de lo mismo para que te jodas.
El nacionalismo es hijo del agravio (real o inventado) y fuente de agravios nuevos. Se alimenta de ellos y los alimenta a todos y en todos: que te entre un dolor que cuanto más corras más te duela y que si te paras revientes; o sea, una maldición gitana y sin escapatoria.
Y así funciona esto, multiplicando el desconcierto, siempre y cuando, claro está, ceda el que nunca debe hacerlo, que en este caso es el gobierno, porque un gobierno no está autorizado a ceder lo que es del Estado.
Es por ese motivo que resulta peligroso que el Estado esté ahora disponible en manos de esta gente, que no sabe de matices y que denomina a todo «el Poder», como si diese lo mismo utilizar el BOE para articular un Código Penal que para veranear en La Mareta a costa de los contribuyentes haciendo uso de un regalo del entonces Rey de España al Patrimonio Nacional, que antes fue un regalo personal de otro rey extranjero a D. Juan Carlos… ¡A él, ojo, no al pueblo español ni a la familia Sánchez!
Da grima imaginar a ese pardillo narcisista arrastrándose por los sofás y las tumbonas de una residencia regalada por el rey Hussein de Jordania a su «hermano» el rey Juan Carlos de Borbón…, pero es lo que tenemos: un tipo con un Simca 1.000, con la tesis plagiada, pillado in fraganti metiendo un pucherazo en las primarias y expulsado de la Secretaría General de su partido por tramposo, se regodea con boato y oropel, ahora en el Palacio de Doñana, en una petalada autocomplaciente mientras el país se le derrite entre las manos.
Pero algo más se está poniendo en cuestión aprovechando la pandemia y no es sólo la monarquía…, sino, como acertó a atisbar Vox, es el propio sistema autonómico el que está en trance.
No es extraño, porque si hablamos de una pandemia y todos los gobiernos reclaman soluciones conjuntas y globales para los problemas sanitarios, económicos y políticos, resulta paradójico y extraño que aquí se dejen las soluciones en manos de los gobiernos de cada autonomía si no es por eludir las responsabilidades.
Alguien tendrá que explicar muy bien por qué motivo, tratándose de una epidemia colosal que no conoce fronteras ni nacionalidades, se ha optado por trocear la posible respuesta que deba darse al virus y si no habría sido más lógico apurar un único plan, conjunto y coordinado con el resto de países al menos del entorno, y aplicar los correctivos y los beneficios adecuados en función de las circunstancias de cada zona, comarca, provincia, región, etc.
El gobierno de Narciso Sánchez, después de aplicar una sola medida, de bajo coste en cuanto a coordinación de esfuerzos, como la del confinamiento general, arriesgando incluso los derechos fundamentales de sus ciudadanos, parece que se ha desentendido y ahora pretende que sean los gobiernos regionales los que afronten con desiguales medidas y resultados la lucha contra un ‘enemigo’ incontrolable al que se la sudan los límites territoriales, políticos o administrativos, porque el virus habla en catalán, en vasco o en gallego en la intimidad o cuando le da la gana.
El Dr. Steegman, diputado por VOX, se encargó de recordarlo cien veces en la comisiones correspondientes del Congreso sin que nadie le haya hecho caso. Reclamó una única dirección centralizada en la batalla contra el covid19, pero que no podía consistir únicamente en encerrarnos en casa a todos, que era lo único que se les ocurría a los príncipes feudales cuando llegaba la peste. Y mucho menos aún las directrices de ese mando único deberían poder ser tergiversadas por cálculos políticos interesados, como ha sido el caso.
Fernando Simón se ha convertido en estos meses en un cardenal Richelieu que urdió a nuestras espaldas toda una red de embustes y componendas para joder a unas autonomías más que a otras en función del color político de sus gobiernos. Y lo torció todo, incluidas las cifras generales, que son antes que otra cosa un indicativo para el resto de países de la fiabilidad de sus autoridades. Para Europa ahora somos, con las peores cifras del mundo, un desastre, una rémora, una incertidumbre, una debacle absoluta.
Ha sido tanto el descalabro, que los especialistas que no estuvieron en el entorno de Simón permanecieron en un exceso de prudencia como atónitos y silentes durante meses, como si no se atrevieran a creer que pudieran mentirnos con tanta insolencia y tanto desparpajo.
Una vez descubierto el pastel a todas luces y desenmascarado ese satrapilla que se amparaba en la Ciencia cuando actuaba sin conciencia, decenas de sociedades científicas y una recua de aquellos mismos expertos anonadados han exigido ahora un estudio independiente que explique las causas del desastre que nos comimos y que nos estamos volviendo a comer en la segunda vuelta de esta Champions League del disparate vírico. Vamos en cabeza y aspiramos con motivo a ser los campeones finales.
En Europa no se explican cómo puede comportarse el gobierno con tanta dejación hacia los contagios y tanta indiferencia hacia los ciudadanos.
Ahora han visto al rey Juan Carlos salir de España y al inconsistente vacilón en bañador en un palacete de las islas Canarias o de asueto en Doñana y empiezan a convencerse, con retardo, como los expertos, de que estamos ante un sociópata que no es fiable ni para combatir una epidemia.
El desembarco de Normandía con este individuo al frente habría naufragado cien veces.
He dicho.





