Habíamos desechado, hace meses, hablar del caso de Harry, príncipe de Inglaterra (auténtico arquetipo de un modelo de hombre del siglo XXI, imposible de hallar en otras épocas), por considerarlo tema demasiado frívolo, propio de la llamada prensa rosa. Ahora que ha saltado a constituir asunto de primera actualidad en ámbitos considerados serios, incluyendo declaraciones del presidente de los Estados Unidos (lo que también dice bastante de nuestra época), parece que lo frívolo, en estos momentos, es ignorarlo.
“Caso típico del siglo XXI”… Alguien dirá: ¿Seguro? ¿No se comprueba que casi siempre es cierto lo de “No hay nada nuevo bajo el sol”? Sí y no. En efecto, la historia, y los tipos humanos, siempre se repiten, pero siempre con un matiz diferente.
Siempre habrá habido caracteres fuertes y débiles. Yendo a lo más personal, siempre habrá habido rencores, susceptibilidades exageradas, imposibilidad de olvidar una palabra cruel o que consideramos cruel… Así es el alma humana, y los psicólogos no tendrían clientela si todos fuéramos más fuertes y más sensatos.
Pero el matiz siglo XXI (que se inició ya antes) es el de presumir de esos rencores. Más aún, el tener como programa de vida el que el mayor número posible de personas “se enteren bien” de lo mal que nos han tratado. En el caso de ciertos personajes, el número de simpatizantes, de personas que “se ponen de su lado en la peleíta privada y cuñadil que sostuvieron dos años ha” alcanza a muchos millones de personas.
Cuando el deporte de masas empezó a tener, en el siglo XX, el auge que le ha llevado a su relevancia actual, hubo intelectuales que, sin necesariamente “criticar” el hecho, sí advirtieron la magnitud del cambio de valores que implicaba. No se aclamaba a héroes ni a libertadores sino al ganador de un juego de pelota… Pero en fin, el deportista de hoy viene a ser el héroe moderno. También podemos recordar las Olimpíadas originales… No deja de ser algo humano.
El fenómeno que llamo del siglo XXI sí creo que no tiene precedentes: la adoración popular al personaje cuyo único mérito es revelar al mundo sus rencores privados. Es el reverso absoluto de lo que ha sido toda la Historia desde que la conocemos – incluyendo el Cristianismo, la Antigüedad toda, el Antiguo Régimen y el nuevo. En todas las religiones y sin ellas, siempre se ha considerado, por un sentido común básico ya que no por otra cosa (es decir, hasta dejando aparte ideas como el perdón y demás), que el ser humano debe apartar de su mente las mezquindades y rencores y palabritas ofensivas, y centrarse el algo más productivo. Algo difícil sin duda para las que somos susceptibles, y sentimentales, e hipersensibles… pero a la vez la lógica indica que hurgar y hurgar en la propias heridas (“Oh, cómo me ha herido el comentario burlón de esa compañera, qué dolor siento, se me escapa el llanto…”) no lleva a ninguna parte. Todas las voces autorizadas, más el sentido común, animan a no hacer tanto caso de las propias “heridas”. Es hasta ridículo emplear el tiempo de la vida en eso. Es inmaduro: hasta el más hipersensible lo comprende.
Y después de haber “madurado” y haber aprendido a sacudirse rencores inútiles, ahora resulta que florece el Victimismo. Una especie de religión justo al revés no sólo de todas las anteriores, sino hasta de la lógica más elemental. El acumular rencores, el recordar perfectamente cada palabra ofensiva recibida hace años, no sólo no es algo ridículo y estéril, sino algo “aplaudido”. Y el declarar ante el mundo (ante millones de personas) lo malo y perverso que Fulanito o Menganito fue con nosotros, porque nos habló cruelmente y nos hizo llorar, eso, (que siempre se habría considerado una estúpida mezquindad) eso es algo que provoca la simpatía y adhesión de al menos la mitad de esos millones de personas… las cuales pasan a “odiar” al susodicho cruel Menganito y a “amar” a la pobre víctima (no hablemos ya de la insólita credulidad de nuestro tiempo, en otras cosas tan cínico: ni se cuestiona que quien evidentemente habla movido por el rencor pueda faltar a la verdad. Es inaudito).
Suena ridículo, absurdo, indigno hasta de comentario… pero resulta que oímos en las noticias que esta “disputa” (¿quién fue la “mala” de las cuñadas”?¿quién hizo el comentario ofensivo?) tiene dividido al Reino Unido. Como en el Brexit. Y se dice (en noticias “serias”, no de prensa rosa) que en una macroencuesta una mayoría de jóvenes “apoyan” a Meghan.
De jóvenes. Muy jóvenes (de catorce a veinticuatro años). De hijos del siglo XXI. De estos niños, criados en los derechos, derechos, derechos, criados en el culto al ego, a los que se les dan “clases de felicidad”, a los que no se les ha inculcado otro principio salvo que deben reclamar sus derechos y sobre todo su derecho a ser felices. Todo resabio de idea de esfuerzo, de vencerse a sí mismo, sobreponerse a los propios vicios y rencores, de lo que implica algo de nobleza en el comportamiento, de un amago de dignidad o buen gusto, todo concepto de que uno le deba algo a la sociedad o a la familia o a alguien… todo eso ha quedado ya tan sepultado (todavía generaciones anteriores pueden conservar algo, aunque sea por influjo de la literatura o de los recuerdos), que ni lo conciben. Y el gran objetivo de sus vidas, siguiendo ejemplares modelos, ha de ser, si alguien los ofende, el conseguir que millones y millones y millones de personas “le tomen antipatía” a la persona que en el pasado les haya herido…
Y Ortega y Gasset que hace unos cien años se admiraba del fervor popular que podía conseguir un “simple” futbolista… ¿qué diría ahora? Porque objetivamente, es cierto, el futbolista no tiene tanto “mérito” como para despertar tan enorme devoción, pero ahí influyen emociones humanas comprensibles, igual que en el amor a los cantantes, a los actores… Esto puede ser curioso, pero no necesariamente insano.
El fervor popular que consigue, por serlo, un rencoroso… ¿es sano?





