A veces cabe plantearse si no fuimos demasiado blandos cuando excluimos de la Constitución la pena de muerte para casos de delitos gravísimos que, en nuestra virginal inocencia predemocrática, no podíamos prever. Pero la ineludible realidad de repente nos coloca ante un grado de crueldad que amenaza a los políticos más vulnerables sin siquiera respetar unas fiestas tan señaladas como las del pasado solsticio de invierno.
Ahí fue cuando la maldad más inhumana tomó posesión de una ilustre calle madrileña -sede de las más puras esencias democráticas- a través de unos desalmados que, si gozan del privilegio de vivir, es sólo porque no les alcanzó la retroactividad de nuestra generosa ley del aborto. Desalmados que, aprovechando que en la noche de fin de año nuestras calles se revisten del más sereno y mesurado jolgorio, sacaron a pasear un muñeco cabezón que pretendía representar al reputado doctor Pedro Sánchez. Y con la excusa de que se trataba de una piñata, de esas que hay que darle la del pulpo para descargar su contenido, lo apalearon hasta que liberó su relleno de turrones y golosinas.
Mas siendo esto muy grave, quizás peor aun fuese la poca justicia que tan tosca imagen de cejijunta faz y luenga nariz le hacía al siliconado angelical rostro de nuestro apuesto presidente. Se comprende que tan espeluznante suceso haya eclipsado estos primeros días del año a cualquier otra noticia.
Después de esta grandísima infamia, ¿qué más nos quedará por ver? ¿Un Gobierno de progreso entregado al chantaje de comunistas, filoetarras y separatistas? Hay líneas rojas que nunca tendríamos que haber sobrepasado. Y sin duda ésta tan terrible de la piñata criminal de Pedrocho en Ferraz, era una de ellas. Tremendo.





