Tal vez estemos llegando al fondo de la cuestión y hemos ahondado en la herida en tal grado que ya asoma el hueso al descubierto, de modo que mi preocupación personal sobre los efectos a medio y largo plazo de las llamadas ‘vacunas’ se reduce mucho, ya que en esa prospectiva algunos apenas aspiramos a lucir con cierta dignidad un pijama de madera.
La preocupación de fondo parece otra que viene de lejos y tiene que ver con nuestros hijos. A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, Thomas Robert Malthus, enunció su desconfianza en el optimismo de las ideas de la Ilustración, que situaban la razón, la ciencia y la técnica como fuerza ilimitada para la mejora colectiva, la cual, según Jean Jacques Rousseau, íntimo amigo de su padre, alcanzaría una sociedad de individuos «buenos y libres» bajo un contrato social.
Malthus, en cambio, profetizaba que el crecimiento geométrico de la población y el aumento aritmético en la producción de alimentos generaría un desfase insalvable entre ambos que nos llevaría al fracaso como especie. Años más tarde, Marx y el marxismo quisieron poner límite a dicha previsión catastrofista enunciando que el desarrollo científico y tecnológico permitiría un crecimiento siempre exponencial de los recursos, algo que en los dos últimos siglos parece que vino a confirmarse habida cuenta que desde entonces a nuestros días la población se ha multiplicado casi por diez a la vez que se reducían los parámetros extremos de la pobreza en términos absolutos y relativos.
El catastrofismo de Malthus, sin embargo, permanece presente sobre todo en una élite más o menos indeterminada que ahora emplea la mentira, la manipulación y las hipérboles más extremas para llevar a cabo un plan evidente de contención del crecimiento poblacional. De hecho, este malthusianismo perenne se encuentra en el origen del ecologismo de los años 60 e impulsó la investigación en métodos anticonceptivos como manera de poner freno a la irresistible multiplicación de los individuos. La Naturaleza como argumento pasaba a convertirse así en el eje de atención, desposeyendo al hombre de su protagonismo.
En esa línea se le han sumado en los últimos 50 años medidas como el fomento (selectivo o no) del aborto, el anuncio de un más que dudoso apocalipsis climático causado presuntamente por la mano del hombre, la homosexualización masiva de la población, la presión ejercida sobre los conceptos de maternidad, natalidad y familia (no otra cosa es el radicalismo feminista), que en el Tercer Mundo no logra el efecto deseado y que, como consecuencia de ello, alimentaría toda una acción flagrante de trasvase migratorio y, quién sabe si como causa o como consecuencia pretendidamente irrefutable, la aparición de sospechosas pandemias, ya sea por contacto (Sida), por ingesta (vacas locas, peste porcina…) o por vía aérea (covid) cuyo resultado amenaza siempre con causar un efecto devastador que limitaría el crecimiento de la población.
Las catástrofes naturales o las guerras son otras dos causas, ahora atenuadas, que actuaban como freno a ese crecimiento poblacional en el pasado, pero unas cuantas medidas profilácticas sólo medianamente sofisticadas, como una mejor higiene, la mejora en el acceso al agua potable, la conservación alimentaria en cadenas de frío y los antibióticos contribuyeron de forma decisiva a este fenómeno de crecimiento sin pausa.
Visto de este modo, todo cuadra con un ejercicio de manipulación global que facilitaría a las élites la ordenación al modo chino de una masiva población creciente, cuyo modelo político, social y económico lleva décadas experimentando con esta clase de estabulación de la sociedad como si se tratara de una granja de ganado cuyos individuos carecen de derechos porque la moral sobre la que se trabaja no es la de la individualidad, sino la del colectivo.
En el NWO, el hombre como individuo no es la medida de todas las cosas y carece casi de moral, sino que sería apenas un número prescindible en función del colectivo, verdadero titular de unos derechos que definirían desde esa élite sin los códigos ni parámetros nacidos del parto judeo-cristiano.
Toda esa profética preocupación explicaría en gran medida que en el mundo desarrollado veamos a derechas e izquierdas implicadas en los mismos objetivos, cada vez más lejos de lo que preocupa en sociedades más primitivas como la africana o la musulmana en general, donde nada de eso es objeto de atención y continúan multiplicándose sin freno obteniendo grandes réditos por la vía de los vientres de sus mujeres, tal como pronosticó en su día el argelino Huari Boumédiène ante la Asamblea de la ONU como vía para conquistar el mundo.
Para acompañarlo todo, esa élite invisible pretende un cataclismo impredecible del modelo productivo que incluiría la desaparición de millones de puestos de trabajo, pero también del dinero físico y hasta de los bistecs de nuestra dieta, todo lo cual prefigura a un hombre-masa al que no sabemos si aún le quedarán ganas de alzarse en rebelión.
Para cuando los cubanos se decidan a ser libres, puede que la libertad sea un mero ‘souvenir’ del pasado.
He dicho.






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¡Excelente artículo!