Desde que el wokismo universal promovió y logró implantar toda esa cadena de deconstrucciones y chorradas con asas, uno de cuyos argumentos desnudos esenciales se resume en el llamado “delito de odio”, uno se pregunta qué más tiene que suceder para que la civilización que conocemos se suicide…, si es que no lo ha hecho ya.
Ya sea por haberlo introducido en el corpus legal de varios países o por otorgarle validez argumental en cualquier debate, el llamado “delito de odio” es corrosivo y tóxico, una carcoma que amenaza con derribar todo el edificio civilizatorio, Karl Popper incluido, porque no sólo es una amenaza y una intromisión absoluta en la vida y en las emociones del individuo, sino que además lo hace de una manera tan ambigua e imprecisa que lo deja abierto a la máxima arbitrariedad.
Por ejemplo, se supone que Ud puede odiar el nazismo y a quienes lo promuevan, pero no al comunismo ni al islamismo de la sharia, por citar un caso. O puede odiar a los que desearían bajar impuestos, pero no a los que promueven y alimentan con sus redes el tráfico ilegal de personas. Puede odiar a las damas meapilas de comunión diaria, pero no a quienes pretenden incluir el aborto como un derecho fundamental de las personas. Puede odiar a quienes defienden la tauromaquia y a los que no desean que sus hijos sean adoctrinados en la escuela en una idea demente de la plurisexualidad, pero no a quienes se consideran a sí mismos virtuosos del arpa sin haber tocado uno de esos instrumentos en su vida.
Así pues, “ellos” (quienes sean) te irán listando a cada paso, cada mes, lo que sí está permitido odiar y lo que no. Puede que te permitan odiar los huevos fritos pero no los calamares en su tinta. O viceversa. Véase al primer ministro de la Gran Bretaña arrodillado para la foto, a la espera de ser investido Caballero de la Tabla Redonda de la idiotez supina…
Hasta ahora, por lo general, hemos preferido refugiarnos en el silencio, básicamente porque nos importan poco o casi nada la mayoría de las causas que muy diversos colectivos y lobbies señalan a cada instante o se victimizan y han categorizado desde la escuela cualquier simpleza infantil como causa grave de bullying, sólo por llamar “gafitas cuatro ojos” al del pupitre de al lado, o “gordo”, “chino”, o “cabezón” al que lo acredita, motes y sobrenombres que han existido y pervivirán en cualquier escuela digna de tal nombre y en cualquier grupo de humanos sin que a menudo medie ninguna mala leche.
El victimismo woke, que es capaz de profetizar unas consecuencias sociales desastrosas en cosas tan banales y que no acepta las expresiones empleadas en libros capitales de la Literatura universal o en los clásicos cuentos infantiles, se niega a comprender que una vez que fuesen mayoría y el caudillo de turno legislase de manera tan feroz sobre la capacidad de odiar o amar de las personas, ellos mismos serían las víctimas propiciatorias del odio consentido, autorizado y bendecido por una mayoría.
Es decir, la libertad achicharrada y sometida a los caprichos del dictador, de modo que cuando sean mayoría vais a tragar Islam hasta donde pone Mahoma. Y Oriana Fallaci, que conocía a los “suyos” (los comunistas de Occidente) lo vislumbró y lo avisó dando voces. Ya lo vemos.
He dicho.





