La ira se la come por dentro. En cada acto que suponga un determinado esfuerzo –que por otra parte no es sino una acción propia de cualquiera que tenga que realizar algún tipo de faena relacionada con la casa en la que vive-, este sentimiento indigno le aflora con una facilidad que, a la vejez, se le supondría a personas de menor edad. Será que tiene prisa por beberse ya de un trago todos los días y las horas que le quedan, pienso yo siendo demasiado indulgente.
Es lo que hay. Pero es que servidor no la conocía así. Y ha sido desde hace unos años, cuando su comportamiento personal hacia quien ejerce como acompañante en su vida se ha trastocao de una manera vulgar y grosera. La sorprendo en un montón de gestos, de características mundanas, en los que la violencia callada se asoma con demasiada frecuencia: el cierre de los cajones de la cocina con un fuerte golpe, la puerta del frigo dejándola abierta con desprecio, etc.
Puedo entenderlo, porque sé que a ciertas edades se pierde hasta la vergüenza, y el que escribe no es que haya hecho votos de castidad, precisamente. Mas haciendo un acto de contrición profundo, puedo prometer y prometo que hasta aquí llegué con esta lastimera historia. Me iré después de la calorina. Haré un hatillo con cuatro o cinco camisas y otros tantos vaqueros, y me iré. No necesito más, pues ligero de equipaje que se llama. Haré de vagabundo por última vez, y acurrucando los últimos vaivenes de mi existencia en el hueco de una mano los lanzaré a la mar, que es de donde vengo y donde debo estar.





