Durante los últimos días la posible acogida en Espartinas de un grupo indeterminado de inmigrantes procedentes en su mayoría del África subsahariana y llegados de forma ilegal a nuestras fronteras, principalmente a las Islas Canarias, ha suscitado entre nuestros vecinos de la zona colindante, donde supuestamente iban a ir alojados, la lógica reacción de preocupación.
El asunto, más allá de la interpretación humanitaria que sugiere, manifiesta con claridad otras muchas circunstancias que se deben de analizar con profundidad dada la gravedad del asunto.
En primer lugar, la denominación con la que nos referimos a estas personas. Últimamente vemos como todos los adláteres de la izquierda empiezan a utilizar la nominación de “refugiados” para referirse a los inmigrantes. La derecha sigue prefiriendo la nominación de “inmigrantes ilegales”. Una sugiere un trato más humano y la otra un trato más legal y real. El término “refugiado” no deja de ser más que otra manipulación de la realidad a través del relato que tan bien manejan las izquierdas. Y lo digo por lo siguiente.
Refugiado es un término que se refiere a personas que huyen de una guerra o de un régimen tirano o autócrata que ponga la vida de la persona en cuestión en peligro. En España hemos tenido casos muy recientes, como los refugiados que vinieron huyendo de la guerra de Ucrania contra Rusia o los cientos de miles de refugiados venezolanos que han buscado refugio en nuestro país huyendo del autócrata Maduro.
Hay una evidencia clara que sugiere que las democracias en los países subsaharianos brillan por su ausencia, por lo que se podría entender que todos estos inmigrantes que llegan en pateras a nuestras costas vienen todos huyendo por persecución política o de guerras infinitas.
Pero, sin embargo, hay una gran diferencia entre ambas acepciones. Mientras que las personas que venían de Ucrania y Venezuela traen todos su documentación en regla y son principalmente (sobre todo en el caso de Ucrania) familias compuestas por mujeres, niños y ancianos, las personas que llegan al litoral, no traen papeles, tiran sus pasaportes al mar y no quieren ser identificados. Pero sobre todo son hombres jóvenes y en edad militar. Y, por tanto, también te deja la duda razonable de que la huida de su país de origen sea por temas legales, es decir, delincuencia.
Hay un tema que me llama mucho la atención. Y es que, hasta no hace mucho, la verborrea izquierdista empezó, para referirse a estos inmigrantes, a utilizar la frase “vienen huyendo de la guerra” aunque no sabíamos muy bien a qué guerra se referían. Pero ese relato lo perdieron inmediatamente. De la guerra huyen las mujeres (madres), los niños y los ancianos. Los hombres son los que van a la guerra. En resumidas cuentas, estas personas, por mucho que la izquierda se empeñe, no son refugiados. Son inmigrantes que han entrado en España de forma ilegal.
El otro gran asunto que preocupa a todos los vecinos es el tema de la seguridad. Y no por nada. No por racismo, otra manipulación más de la izquierda. España, mayoritariamente, nunca ha sido un país racista. Todo lo contrario. Así lo demuestra nuestra historia (la verdadera, no la inventada).
Tan sólo tenemos que mirar hacia Europa. A países como Suecia, Francia, Alemania, Inglaterra, Irlanda, etc… Estas naciones llevan acogiendo a inmigrantes desde mucho antes que España y de forma ilógica e irracional (con las consecuencias que hoy vemos), tal y como está sucediendo ahora en España. Los índices de delincuencia y de delitos entre la comunidad extranjera son alarmantes y la sociedad empieza a estar harta y atemorizada. Las manadas atemorizan a los ciudadanos, da igual que sean adultos, mujeres, niños o niñas. Los ejemplos que últimamente hemos visto en Irlanda e Inglaterra dejan mucho que pensar. Las reacciones de países como Alemania, tomando medidas de control fronterizo para evitar la llegada de inmigrantes ilegales. O los atentados de carácter islamista que ha padecido Europa en los últimos años, España incluida. Y sin ir tan lejos, todo lo que está sucediendo en ciudades como Barcelona o Madrid donde la comunidad extranjera ya ha formado auténticos guetos donde ni la policía se atreve a entrar. Estos datos están ahí. Son reales, son ciertos y eso lleva a que la ciudadanía española tenga sus lógicos temores. Y vuelvo a repetir, no es racismo, es simplemente instinto de protección, de defensa, de seguridad.
El problema no es el color de la piel, como dijo recientemente Abascal. Ni siquiera la edad. Esos supuestos menores no acompañados no tienen nada de inocencia, tal y como nos trata de hacer ver el que tiene el corazón “asín” de ancho. El problema es lo que estas personas traen en la cabeza.
Y esa es la realidad a la que nos enfrentamos. Las políticas migratorias de Pedro Sánchez son un auténtico suicidio para nuestra forma de vida, para nuestra sociedad. Aunque nos dirán que dentro de cinco generaciones se habrá normalizado. Pues es posible, pero… ¿y las otras cuatro generaciones? ¿Qué pasa con ellas?
Pero ay, amigo. Cuando de la izquierda se trata el relato mata al dato, y no al contrario.





