“¡España ya no es cristiana!” era el lamento (¡o canto de triunfo!) de los convulsos años treinta, que dio origen a coplas, como la dedicada a la Virgen de la Estrella en Sevilla… “¡España ya no es cristiana!”. Difícil de comprender, para los nacidos en la era de laicismo, lo tremenda y como contranatura que resultaba esta frase, a la vista de lo que había sido toda la Historia de España.
Pues ahora que nos creemos de vuelta de todo, incapaces de asombrarnos ya, todavía nos espera una realidad casi igual de chocante en cuanto a destructora de lo que parecía nuestra misma esencia.
Hasta los viajeros más ansiosos de conocer Europa, y más predispuestos a ver las ventajas de otros países frente al “atrasado” nuestro, hasta los que más se deslumbran por lo foráneo, pues acaban reconociendo una virtud patria innegable: en ningún lugar se limpia como aquí. La costumbre de lavarse y mudarse de ropa diariamente, y de limpiar las casas de arriba abajo de manera cotidiana, cosas que dábamos por obvias, pues una estancia en casi cualquier otro país nos hace ver, con asombro, que no son obvias para todo el mundo… De los espacios públicos nos preocupamos menos (sí, subyace la fea tendencia a considerar que lo que es de todos, no es de nadie), pero de puertas para adentro, en ningún país hallarán hogares más limpios.
Pero hablábamos de pérdidas de esencia hispánica. ¿Se ha perdido ese pundonor de la limpieza doméstica? No, más bien aumenta. Ya no es virtud que se relacione con algo ñoño, con la profesión de ama de casa. Los jóvenes son limpísimos, y ¡cómo tiran de lavadora! En el alma nacional, junto con sus tremendos defectos (por ejemplo, el recién citado del desprecio a los espacios públicos), subyace orgullosa esa característica de presentarse, persona y casa propia, inmaculados. Recordemos la expresión “dejar la casa sin barrer” como sinónimo de vergonzosa desidia.
Pero hasta esa esencia que parecía irreductible se ve amenazada ahora, por imposición arbitraria de… habrá que convenir que es de la llamada “agenda 2030”.
Miren lo que aparece en las habitaciones y suites de un “lujoso” hotel con salones, piscina y jardín. Un hotel español, del país con merecida fama de ofrecer la mejor hostelería del mundo. Piden al cliente que se hospede varios días que por favor, tenga un detalle con el medio ambiente (para más inri, emplea el barbarismo de “tener un gesto”, ¿cómo “un gesto”?) y renuncie a que se le limpie la habitación durante su estancia.
Bueno, ya desde el tercer milenio (qué poco sospechábamos los que, de niños, nos emocionábamos con la idea de vivir “el año 2000”, que sugería como un progreso inusitado, un pasearse por los planetas… el primitivismo que nos iba a traer), empezaron a poner en los hoteles de lujo (en los sencillos había menos hipocresía) unos avisos en las habitaciones diciendo “¿Se imaginan los millones de lavadoras que se ponen en los hoteles de todo el mundo? ¡Cuánta contaminación! Querido cliente, contribuya a salvar el planeta. Permita que no le cambiemos las toallas. Si no obstante usted se empeña en que se la cambiemos, pues háganoslo saber DEJÁNDOLA TIRADA EN EL SUELO”.
Han pasado años, y nos cuesta asimilar toda la maldad de ese mensaje. “¿Se imaginan los millones de lavadoras?”. Pero no estamos en millones de lugares, sólo en uno. Se viene a la memoria Hércules Poirot, a quien su autora hace decir, respondiendo a un personaje que le suplica no lo delate, pues, aunque haya matado a un par de personas, su acción política y social es muy necesaria para la estabilidad de su país y hasta para la del mundo: “No me preocupo de las naciones, señor Blunt, sino de las vidas de individuos que tienen derecho a que no se les arrebate” (“La muerte visita al dentista”). Parecerá una comparación excesiva. Pero no lo es tanto. Cuando las personas pierden la perspectiva de cuál es su obligación concreta, y cometen desafueros particulares con la excusa vaga y espúrea de un supuesto beneficio para el mundo (ahora se dice “el planeta”).., mal vamos.
Si dijeran la verdad con honradez, una sería la primera en simpatizar con los hoteles. El mantenimiento, los impuestos, el servicio, todo es seguramente costosísimo. Un ciudadano medio “se indigna” si le dicen lo explotadas que están las camareras de hotel; pero luego es el primero que, acostumbrado a las super ofertas, exige los mayores lujos a precios irrisorios. Y ya sabemos que un mileurista es un dosmileurista a quien el Estado le roba la mitad de su sueldo (pero el empresario se lo ha pagado). Es decir, todos vemos que el personal está desapareciendo de todas partes, de los grandes almacenes, de los hoteles… resulta insostenible, dadas las leyes españolas y casi de todas partes. Pues muy bien, ¿por qué no lo dicen así? “Hago grandes ofertas, pero a cambio no esperen mucho lujo”; tiene su lógica.
Lo que clama al cielo es el moralismo que decide que ahora una de las características de lo español de la que todos presumíamos (nos lavamos más que nadie y somos los que mantenemos nuestras habitaciones más limpias)… ahora eso sea una maldad; ahora eso “ataca al planeta”.
Y para ser buenos ciudadanos, hay que dejar tiradas las toallas en el suelo, o secarse con toallas mojadas; hay que renunciar al noble impulso que llevamos en la sangre de dejar nuestra habitación barridita todos los días (¡y en Andalucía!, que por cálida y fértil es también tierra de bichos, hormigas…).
Tendremos que vivir como a vivir nos obliguen. Comiendo insectos, yendo con la cara tapada, a pie porque no hay autobuses, lavándonos menos y durmiendo en habitaciones sucias. Pero, ¡ojalá seamos muchos los que nos decimos: “Nunca conseguirán que eso me parezca bien”!





