Esta espera, tan desesperante a veces, más bien la mayoría de las veces, con la que nos tienen doblegados los políticos que aspiran a gobernar esta pobrecita nación de nombre España. Esta espera en la que ni el gotero te espabila, porque han convertido el hospital de campaña en el que sobrevivimos en una auténtica mazmorra de la que nadie puede salir sin un salvoconducto amañado. Esta espera, que si Dios no lo remedia, está logrando que un número cada vez mayor de vejetes nos sintamos verdaderamente asqueados con la situación creada, y que tanto el concepto de elecciones como el del voto mismo nos importen ya un pepino.
Un país que lleva meses rodando por inercia no es un país de fiar para nadie. Y muchísimo menos para los que estamos sintiendo ese rodamiento en la piel cada día. Que no hay derecho a esta ignominia arrojada sin vergüenza ninguna a la cara del más necesitado, del que no llega a final de mes por más que lo intente, de esos jóvenes que quieren pero no pueden puesto que de los cursos de formación profesional salen sin saber encender un soplete, de tantos y tantos exiliados de la sociedad y que a cámara lenta se mueren en los mini campos de concentración que son para mí las “residencias de mayores”…
¡Cuántas cosas y casos por resolver aún! La delincuencia disparada a niveles nunca vistos y los juzgados colapsados y algunos en la ruina, el desconocimiento brutal de lo que es y representa el noble oficio de educar, la anarquía manifiesta en todo aquello que afecta a la salud, la economía en un laberinto de exportación e importación que hace muy difícil el equilibrio y cuyo desajuste paga en última instancia el sufrido consumidor, etcétera y etcétera.
Francamente, no tengo ni la menor idea de lo que el famoso destino nos va a poner delante. Tan sólo sé que, mientras tanto, aquí seguimos: en una lacerante y cruel espera.





