En un reciente mitin de la campaña de las elecciones autonómicas en Aragón, con la arrogancia que le caracteriza, Sánchez ha sacado pecho de su pretensión de regularizar a 500.000 inmigrantes ilegales, alegando que el PP lo hizo cuando “España iba bien”. Dentro de esa lógica, argumenta que “¿cómo no se va a poder hacer ahora que España va mejor que entonces?”. Su populismo no sólo se basa en simplezas que buscan avivar las bajas pasiones y el seguidismo acrítico de las siglas que representa, sino que se nutre de abundantes mentiras, lo cual ha constituido la esencia política de Sánchez a lo largo de toda su biografía. Buena prueba de ello es su tesis “fake”.
¿Es económicamente mejor la España de Sánchez que la que dejó Aznar en 2004? Cabe remitirse a los propios datos:
- Aznar acabó con el déficit, logrando superávit por primera vez en democracia, mientras que, a día de hoy, el déficit es del 2.8 % del PIB.
Se podrá alegar que Sánchez no sólo no lo ha aumentado, sino que, incluso lo ha reducido ligeramente, ya que Rajoy lo dejó en el 3 %. No obstante, como se verá de manera posterior, no se debe a que se haya reducido la deuda, sino a que los ingresos se han incrementado por la vía de la recaudación, fruto de la escalada inflacionista, al hacer que el coste de vida sea más alto sobre productos básicos como la luz, la vivienda y los alimentos, recaudándose cuantitativamente más sobre el IVA, el IRPF y las cotizaciones sociales.
La llegada de los Fondos Next Generation y unos tipos de interés más bajos, le ha permitido a un gobierno despilfarrador gastar más sin necesidad de ajustar el déficit.
- En 2004, la deuda pública era del 45 % del PIB. Pedro Sánchez recibió una deuda que rozaba el 100 % en 2018, y ahora se encuentra en el 101.5 % del PIB.
Aunque cualitativamente puede parecer un incremento muy residual, la proporción de nuevo es camuflada por el incremento de los ingresos derivados de la inflación, permitiendo esconder la atroz realidad: Sánchez es el presidente que más ha aumentado la deuda, en un total de 550.000 millones de euros frente a los 350.000 millones de Zapatero y los 325.000 de Rajoy.
- En 2004, la tasa de paro era del 11 % y a día de hoy, es del 10 % según las estadísticas oficiales, ya que Sánchez se ha encargado de manipularlas, de modo que los 600.000 empleos de los que dice sacar pecho, 400.000 se corresponden a trabajadores fijos discontinuos y 200.000, a empleos públicos.
En lo que se refiere a los fijos discontinuos, debe tenerse presente que son aquellos que trabajan sólo una parte del año, como sucede en el sector agrícola, que funciona por temporadas, pero no se les da de baja de la población ocupada los meses que están desempleados, constando como trabajadores el conjunto del año. Una trampa contable en toda regla.
- Aznar dejó una inflación en el 2 %, manteniéndose moderada y estable durante sus ocho años de gobierno, cuando el IPC aumentó de manera acumulada en un 19 %. En los años que Sánchez lleva gobernando, por tanto, algo menos tiempo que Aznar, el incremento acumulado ha sido del 24 %, alcanzando el IPC el máximo histórico del 10 %. Se podrá achacar a la guerra de Ucrania, pero ese no ha sido el único factor, ya que España tenía una inflación un 40 % superior a la media de la UE antes de la invasión rusa.
Ello se explica en factores propios de España como los altos precios de la vivienda, situación que no es en absoluto habitual en el resto de la UE, pues obedece a la falta de oferta en alquiler.
A pesar de que la inflación se ha estabilizado en tasas moderadas del 2 %, los productos de primera necesidad registran el incremento acumulado anterior en el precio, sin que el gobierno haya tomado medidas para aliviar la precarización de los bolsillos de los más humildes, de modo que ni siquiera ha deflactado el IRPF.
En definitiva, se puede observar que, con Sánchez, España tiene mucho gasto estructural consolidado en pensiones y empleo público, lo que hace que nuestro país se encuentre entre los eslabones más débiles ante una futura crisis, teniendo menos flexibilidad y con la diferencia, respecto a 2012, de que el BCE tendría menos margen para intervenir.
En este contexto, Sánchez plantea una regularización masiva y la equipara a la que llevó a cabo Aznar en el pasado, pero las diferencias son más que notables.
En su regularización, Aznar estableció siempre como requisito imprescindible estar en posesión de un contrato de trabajo, regularizando a 160.000 inmigrantes en situación irregular en 2000 y otros 150.000 en 2001. Fruto del efecto llamada que generaron dichas decisiones, adoptó medidas correctoras entre 2001-2004, endureciendo los requisitos para acceder a la regularización por antigüedad y residencia, pasando a ser el criterio el contrato de trabajo y el arraigo de la persona. De manera adicional, las regularizaciones pasaron a ser más sectoriales y controladas para afrontar necesidades laborales concretas, reforzando el control de fronteras y visados, reduciendo, a su vez los incentivos para entrar ilegalmente.
En contraposición, Zapatero regularizó a 450.000 en 2005 y 200.000 entre 2006-2007, una regularización de 700.000 personas, por tanto, mucho más numerosa que la de Aznar, y no basándose en criterios de trabajo sino de residencia, ya que parte significativa de los regularizados eran desempleados.
Atendiendo a las exigencias de Podemos, Sánchez pretende regularizar a 500.000 inmigrantes ilegales, que generarán otro efecto llamada, pero cuando llegue el momento de repartir a los nuevos inmigrantes entre las distintas comunidades autónomas, de manera paradójica, no se aplicarán los mismos criterios, fruto de los pactos con JxCat, pues el partido de Puigdemont ha logrado sacarle a Sánchez las competencias de inmigración para Cataluña, y ya han manifestado que no acogerán MENAS.
¿Esos 500.000 inmigrantes regularizados contribuirán a la prosperidad económica de España? La respuesta no puede ser más desoladoramente negativa, ya que el saldo final neto será negativo al tratarse de inmigrantes de baja cualificación que, por tanto, no serán contribuyentes netos sino receptores de ayudas sociales, contribuyendo a abaratar los salarios, perjudicando, con ello, a los más humildes.
Se da una paradoja adicional, ya que mientras pide ayuda a la UE para controlar las fronteras, fomenta el efecto llamada por la vía de la regularización masiva.
Con esta medida, Sánchez hunde a España aún más en la irrelevancia internacional, a causa de que incumple los acuerdos asumidos con los Estados miembros que afectan al Espacio Schengen. Mientras en Francia el centrista Macron acaba con la reunificación familiar, y en Alemania el democratacristiano Merz facilita las deportaciones, la España de Sánchez es el único país de la Europa comunitaria que sigue el camino inverso, movido únicamente por el más espurio cálculo electoral que le permita perpetuarse en el gobierno en aras de su narcisismo extremo.





