BOCA PRESTADA
Como en otras partes de España -salvando las debidas distancias- donde la fiesta patronal arranca con el tradicional acto de arrojo de la cabra desde el campanario de la iglesia mayor, en Sevilla, la semana de Pasión se anuncia con el habitual lanzamiento del pregonero a los pies de los caballos, nunca mejor dicho tratándose de una recreación de la época romana. Nada sería lo mismo sin la consabida escena cesariana del apuñalamiento -entre abrazos y palmeos dorsales- del elegido para el anuncio y glosa de la Semana Santa. Bien mirado desde la atalaya del profano en materia cuaresmal, la secuencia que va desde el nombramiento hasta el acto final del ‘he dicho’, con la consecuente retahíla de tormentos y afrentas a espaldas del pregonero, es la mejor analogía subliminal de la pasión y muerte de Cristo. Posiblemente no haya un evento social en la ciudad que refleje mejor la grandeza y miseria del sevillano. Un drama en clave de comedia que pondría los dientes largos, cual capirotes de Ruán, a Scorsese, Puzo y Coppola juntos y al que Nino Rota o Ennio Morricone adornarían de música con notas leves de oboe y corneta. Con el tiempo y la observación sagaz de prensa y redes sociales se llega a la conclusión de que está emergiendo una nueva dualidad sevillana de esas que tanto nos caracterizan. Sin distinción de clases sociales, lo que no deja de ser curioso, hay partidarios de un tipo de pregón llamémosle sin ánimus injuriandi y menos aún jocandi, folclórico; con todos sus avíos de protagonista mediático, música, lírica exacerbada (casi histriónica) y partidarios incondicionales al quite del aplauso fácil en los momentos álgidos del gesto esperado. Por el contrario, están aquellos otros que prefieren el cultivo de la contención, el perfil bajo de ese pregonero conocido en su casa-hermandad a la hora de comer pescado en papelón y poco más, que por otro lado mucho es como santo y seña de identidad de un círculo cofradiero exclusivo y oclusivo. Un tipo de aspecto discreto y austero con el incensario de la palabra, que prefiere el guiño cómplice dirigido a los iniciados en el misterio antes que el brindis a la grada de sol del teatro. Uno dimite de la toma de partido en estos casos, porque el reino de quien esto escribe no es de ese mundo. Pero no deja de tener su gracia la cosa, no me digan que no. Vayan unos y otros con Dios, que de eso se trata todo esto aunque a veces no lo parezca.





