Atravesar las aguas, llegar a la otra orilla, alcanzar la costa… La historia, los mitos y leyendas siempre sitúan en el otro lado el objetivo, la razón para seguir luchando. En muchos casos, la libertad, el éxito, el futuro de la familia.
Hay pocas imágenes con tanta carga simbólica como las del hombre que supera el desafío de las aguas que le aguardan para engullirlo. Es esa figura del viaje por mar, tan impregnada en nuestra cultura y en los acontecimientos de la historia.
La llegada a tierra como conquista. Aguas abiertas, con su gigantesca dimensión, como un ser vivo e imprevisible. Un juez que decide al vencedor (la vida) y al perdedor (la muerte).
Con los acontecimientos recientes, aparte del pasmo y el horror al conocer que tanta gente se ha ahogado, me vino a la mente el cuento de John Cheever llamado como el título de este artículo. Relato de enorme potencia, con una historia básica que nos lleva a otras lecturas más profundas. Fue llevado al cine en 1968 y protagonizado por Burt Lancaster. El personaje se lanza a las aguas, en este caso de las piscinas, como un recorrido de éxito que resulta ser el reconocimiento de su fracaso.
Fue un rodaje muy polémico, lo que llevó a su director a tener que abandonarlo. Esto motivó la contratación de un joven Sydney Pollack, el de Memorias de África entre otras películas, para rematarla. La densidad de la historia obligaba a interpretar el contenido y a repetir escenas.
El actor quiere ir cruzando las piscinas de las casas de sus vecinos, todos ellos de clase alta, para llegar a su casa. Es una dura prueba ya que suponen diez kilómetros de natación. Al principio, en esas mansiones se le recibe bien, se le valora como un igual, pero según va avanzando y sale de una para entrar en otra, el trato va siendo más distante, hasta convertirse en desprecio. En alguno de los jardines de esas residencias tropieza con personas con las que vivió momentos muy significativos de su vida. Empieza a comprender que es un don nadie.
La victoria que pretende conseguir es solo parte de su delirio. La obra utiliza el agua y al nadador como una metáfora de la vida, de los éxitos, de los fracasos y de las pasiones.
El agua, que al comienzo era azul y limpísima se aprecia cómo a lo largo de su itinerario se vuelve fría, turbia y, en el final, encuentra una piscina totalmente vacía y sin una sola gota de agua.
Uno de los análisis que se puede hacer de este cuento nos muestra, con la metáfora de ese recorrido, el progreso desde la inconsciencia hasta el aterrizaje en la realidad del protagonista: fracaso, alcoholismo, abandono de su familia.
No he podido evitar que me viniera a la memoria el cuento viendo la cruel manipulación que han sufrido «los 70,000». Se les utilizó con la promesa de que, a nado, podían llegar a Europa y que su futuro cambiaría a mejor y para siempre. Y respecto a la natación, ese viaje, iba a ser muy sencillo. Y no saber nadar no significaba nada. Un flotador, unas brazadas y en seguida se llegaría.
Burdo engaño. La vida real.
Se lanzaron al mar, a las aguas, esperando conseguir un sueño. Pero solo se encontraron con el mar, que los esperaba.
Se sabía que iban a venir masivamente. Se sabía, claro que se sabía.





