Hoy vuelve a abrirse el cielo sobre La Roda de Andalucía. En algún lugar secreto del tiempo suena una guitarra eléctrica salida de la cabellería de don Curro.
Porque hoy se cumplen años del nacimiento de Silvio Fernández Melgarejo, sevillano ilustre, rocanrolero principal, hombre de verdad, valuarte de la elegancia, criatura irrepetible que vino al mundo para cambiar, sin comerlo ni beberlo, una época, un sonido y una manera de entender la vida.
Y aconteció que nació en La Roda, tierra sevillana, y que llevó consigo una música que no se parecía a ninguna otra. Y los que le escucharon comprendieron que allí había algo más que canciones: había verdad. Una verdad desnuda, imperfectamente perfecta y luminosa, de esas que solamente poseen los hombres que han vivido sin pedir permiso.
Su padre fue Antonio de los Santos, Santiño, redactor de ABC de Sevilla. No le dio sus apellidos, pero le dio algo que acaso vale más que cualquier documento: su cuidado, su presencia y su amor. Y en aquella herida silenciosa también se escribió una parte del misterio de Silvio.
Y Silvio, que estás en los cielos que perdimos, caminó por Sevilla como quien conoce un secreto que los demás todavía ignoran. Su voz, su manera de estar, su humor, sus filosofías, su dolor y su elegancia natural no necesitaban adornos. Todo junto, arrebujado, hicieron de él un personaje que parecía salido de una parábola andaluza.
Bienaventurados los que alguna vez lo escucharon, porque conocieron una forma distinta de ser libres.
Bienaventurados los que lo recuerdan, porque su música no termina cuando calla la guitarra.
Y bendito sea aquel día en que nació en La Roda el hombre que hizo del rock una forma de verdad y de la verdad una forma de vivir.
Hoy lo recuerdo con el corazón abierto. Porque hay artistas que se admiran. Y hay otros que se quedan a vivir dentro de uno.
Silvio se quedó en mí. Y mi corazón será suyo por siempre.





