
Como los hay analfabestias y además son muy fanáticos y muy sectarios, al Kichi, alcalde de Cádiz por la guasa del Carnaval, se le escapan las mejores y, aprovechando su catetada caníbal de arrancar una placa de homenaje al escritor José María Pemán, podría haber cambiado también el rótulo de la misma calle, que en el nomenclátor de la ciudad figura como de Isabel la Católica: «¡Ay, señor, menuda franquista!», habrá suspirado para sus adentros alguno de los incombustibles del alcalde.
Un alcalde de Cádiz, profesor de EGB por más señas, como el Kichi, tendría que poder responder al menos a tres cositas sencillas sobre Pemán antes de ponerse a practicar el canibalismo cultural que le fagocita hasta la prudencia, virtud invaluable para quienes padecen de esta hemiplejia moral y cultural, más aún en la cuna del liberalismo feroz que elevó la libertad de expresión a principio constitucional.
La primera de ellas es saber que la letra del Himno de España que Pemán escribió, data de 1928 y que decía «alzad la frente, hijos del pueblo español», verso que el franquismo adaptó a «alzad los brazos» y que en la versión del Kichi, para que no se le engollipe, quizás debería decir «alzad el puño».
La segunda es que Pemán, articulista de cristal, exitoso dramaturgo, versificador variado y enjundioso, además de orador sobresaliente, era un trabajador infatigable de la pluma, que terminó por presidir el Consejo Privado de Don Juan cuando éste ya había sido declarado un antagonista ineludible del franquismo, a fuer de liberal, y cuando estaba privado no ya de sus derechos al trono, sino hasta de la posibilidad de pisar suelo español por ser considerado un peligroso amigo de la democracia.
La tercera referencia, la más importante para el caso que nos ocupa, es la de que el Kichi debería haber averiguado antes el tono irónico menor, tan carnavalesco, que destilaba Pemán para referirse a aquella placa que le homenajeaba en la fachada de la casa que le vio nacer: «Hubo un alcalde en Cádiz -cuenta el propio Pemán hablando de sí mismo en tercera persona en un documento audiovisual de los 60- que tuvo la pícara idea de poner una lápida con la fecha en la casa donde nació».
Y hubo otro alcalde, cabría añadir ahora, que tuvo la pícara idea de no indultar el recuerdo-homenaje a un intelectual cuya tesis doctoral versó sobre «las ideas filosófico-jurídicas de La República de Platón». De todos modos, estos días, espontáneos gaditanos, como del carnaval de los callejones, han llenado la ventana más cercana de flores en desagravio al escritor.
Sobre la inauguración de aquella placa, que contenía un bajorrelieve con su propia efigie y a su lado una dama de inspiración clásica al modo de una musa que le brinda inspiración, vestida con una túnica que tengo para mí que bien pudiera ser una bata boatiné de la Cruz Verde, relataba el bueno de Pemán que «acudió mucho público y decían algunos, mirando aquello, que Don José está muy bien, pero Doña Carmen, su señora, no está tan parecida».
A Pemán, me parece, cabe reprocharle que naciese en el lugar equivocado, en Cádiz en lugar de en Jerez, donde pasaba largas temporadas, en una finca que había heredado y donde los gallos le habrían cantado con un ceceo distinto al de estos bodoques del comunismo de nuestros días, porque bien sabido es que lo primero que pierde un comunista es el sentido del humor…, aunque sean de Cádiz.
Pemán, no obstante, más amigo de la Romería del Rocío que del Carnaval, porque hubo un tiempo en que los carnavales estuvieron prohibidos, tal vez habría metido en tres por cuatro a ritmo de caja y pito de caña la jangá del Kichi y nos habríamos reído un rato con la fina ironía con la que le escribió a la Feria de Jerez: «¡Rumbo y elegancia de esta raza vieja / que gasta diez duros en vino y almejas / vendiendo una cosa que no vale tres!».
Aun así, cabe imaginar la sonrisa sardónica y paciente que le habrá suscitado a Pemán el hecho de que el advenedizo que recibe en mangas de camisa y sin planchar a los impolutos almirantes que atracan sus naves en el puerto de Cádiz haya ordenado retirar el busto que presidía el patio de entrada en 2020 y ahora la placa que le recuerda como gaditano singular y meritorio desde sus primero pinitos en el manejo de la lengua («Flor natural» de los Juegos Florales de Poesía en Cádiz y Sanlúcar de Barrameda) hasta su acceso a la Real Academia de la Lengua.
Hasta «el divino impaciente», San Francisco Javier, perdería los nervios con semejante espectáculo de canibalismo local.
He dicho.





