Por Alfonso García.
Por si la cadena de radio o de televisión o el periódico digital que seguís más habitualmente no hubieran dejado suficientemente claro el mensaje, o no lo formulan con un tono didáctico al alcance de todos, sin envolver las evidentes tesis de fondo en ambigüedades, confiando en exceso en nuestra capacidad para la captación de lo subliminal, aquí estoy yo para deciros lo mismo que dicen esas televisiones, radios y periódicos, pero sin envoltorios que puedan generar confusión.
El supersabio que actúa como portavoz gubernamental para la pandemia jamás dijo que el virus chino no llegaría a España y que, si llegaba, ocasionaría apenas unos pocos casos aislados, que no comprometerían la salud y seguridad de los ciudadanos. Eso fue una ocurrencia de Miguel Bosé y de los terraplanistas magufos conspiranoicos.
Los miles y miles de ancianos exterminados en residencias, por denegación de asistencia hospitalaria, bajo pretexto de una supuesta saturación del sistema sanitario, que debía dar preferencia en la atención a personas más jóvenes, no murieron porque autoridades de nivel estatal o autonómico transmitieran esas directrices de cruel denegación de auxilio a los responsables de la gestión hositalaria. Murieron porque Miguel Bosé y el colectivo «Médicos por la verdad» presionaron brutalmente a las mencionadas autoridades para que tomasen esas medidas.
La existencia de fronteras sanitario-autonómicas infranqueables dentro de un territorio que debiera ser común, el español, a efectos de atención indiscriminada, por procedencia geográfica, en una situación tan delicada, de modo que un enfermo de Murcia no podía ser atendido en Almería o uno de Burgos en Vizcaya, es un diseño de administración debido a Miguel Bosé, creador del discurso «ve a que te atiendan a tu sucia autonomía, aquí sólo damos cobertura a los nuestros».
Si se os dijo, durante unas cuantas semanas, que la mascarilla era un complemento superfluo y hasta perjudicial, porque podía sugerir una falsa sensación de seguridad y que lo chachi era ponerse guantes, para pasar a sostener, sin solución de continuidad, que las mascarillas eran imprescindibles y los guantes peligrosos, fue por influjo del diabólico Bosé, que orientaba, en secreto, todos los mensajes transmitidos por el gobierno a través del doctor Simón.
Los contagios de la suma de Covid-19 y otras enfermedades infecciosas que encontraron las circunstancias oportunas para atacar con más fuerza durante los meses de marzo, abril y mayo, entre personal sanitario y fuerzas de seguridad, no se deben a la nula previsión de las autoridades político-sanitarias, que mantenían vacíos los almacenes de equipos de protección, pese a haber sido avisados reiteradamente de lo que se avecinaba. La culpa es de Miguel Bosé, que era el que tenía que haber financiado la compra de todo ese material ausente de los hospitales. Es Miguel Bosé el responsable de esas tercermundistas imágenes de enfermeras tratando de protegerse con batas manufacturadas a base de bolsas de basura y mascarillas confeccionadas por ellas mismas.
Las compras de material sanitario específico para esta crisis, una vez asumidas todas las competencias de modo centralizado por el MInisterio de Sanidad, en muchos casos a precios sospechosamente inflamados e incluyendo numerosas partidas de material defectuoso, no homologado o de bajísima calidad, no se canalizaron a través de oscuros intermediarios designados, de manera discrecional, por ese ministerio. Fue Miguel Bosé quien se ofreció para gestionar personalmente todas esas compras y el auténtico responsable de todas esas chapuzas y todas esas operaciones falsamente sospechosas de tener detrás un poderoso incentivo de lucro personal para unos cuantos espabilados con muy buenos contactos. Porque los políticos son inocentes, como corderitos. El culpable es Bosé. Bosé y los sujetos, irresponsables y socialmente peligrosos que discuten la pertinencia de usar mascarillas al aire libre y existiendo considerable distancia interpersonal. Los mascarilloescépticos, esos asesinos, y también los fumadores, los que frecuentan garitos nocturnos, los aficionados a menearse en discotecas, los que se han obstinado en asistir a espectáculos taurinos, los jóvenes del botellón, los que han organizado reuniones familiares a mascarilla quitada después de tanto tiempo de separación forzosa, los que mantienen la insalubre costumbre de desayunar en el bar y no en su propia cocina, encerrados en una burbuja de protección.
En resumen, como bien dice la tele, ni por un momento se os ocurra hacer ninguna atribución de responsabilidades a político alguno (si acaso, un poco, Ayuso). Los políticos en conjunto, y especialmente el gobierno, con su presidente, su ministro de Sanidad, su vicepresidente para asuntos sociales y su portavoz para asuntos coronavíricos, han sido titanes en el combate contra la pandemia, guerreros infatigables y esclarecidos, héroes sin tacha (¿pues no se han llevado, cada tarde a las ocho, una estruendosa ovación de reconocimiento a sus desvelos desde infinitos balcones?). Es una extravagancia y una sinvergonzonería tener siquiera la idea de exigirles cualquier tipo de responsabilidades por los inexistentes errores cometidos. Porque si nuestro país es, en proporción, el más castigado tanto en la primera oleada del virus como en sus rebrotes presentes, no tiene nada que ver, subrayemos una vez más, con negligencia de ningún político. Es culpa todo de Miguel Bosé. De él y de muchos de vosotros, malditos irresponsables, que os quitáis la mascarilla en cuanto os da la gana.





