Hay culpas que nacen de un delito y otras, mucho más crueles, que las fabrica la memoria de los demás. A Luis Rosales le tocó vivir con una de estas últimas. No fue culpable de la muerte de Federico García Lorca. Más bien al contrario: fue su amigo, su refugio y, cuando ya Granada olía a pólvora, miedo y ajustes de cuentas, uno de los hombres que intentaron salvarlo.
Federico llegó a casa de los Rosales buscando precisamente lo que aquella familia podía ofrecerle: protección. En una ciudad donde bastaba un nombre, una enemistad o una sospecha para que la noche se volviera definitiva, aquella casa quiso ser amparo. No lo fue. O no pudo serlo.
Cuando se llevaron a Lorca, Luis Rosales y sus hermanos removieron lo poco que podía removerse en aquellos días sin acabar uno también delante de una tapia. Discutieron, exigieron, buscaron influencias, se enfrentaron a quienes tenían la vida y la muerte metidas en un cajón de despacho. No bastó. Federico fue asesinado y Luis quedó vivo.
Y quizá ahí empezó verdaderamente su condena.
Porque hay veces en que sobrevivir puede parecerse demasiado a una culpa. Durante años tuvo que explicar lo mismo: que Federico era su amigo; que lo acogió para protegerlo; que trató de salvarlo; que no lo entregó. Una y otra vez. Como quien comparece eternamente ante un tribunal que nunca dicta sentencia porque ya la ha dictado de antemano.
La sospecha fue su cadena perpetua.
Debió de doler especialmente porque no se defendía de una acusación cualquiera. Se defendía de haber traicionado a un amigo muerto. Y hay pocas infamias más difíciles de soportar que esa. Lorca, además, no podía hablar. Los muertos tienen esa terrible costumbre: dejan el silencio entero para quienes los quisieron.
Quizá por eso hay en Rosales una melancolía doméstica, una tristeza que no grita, una manera de regresar siempre a la casa, a la memoria, a lo perdido. Escribió: «La palabra del alma es la memoria, / la memoria del alma es la esperanza».
Tal vez ahí esté todo.
Luis Rosales vivió muchos años después de Federico. Escribió, amó, obtuvo premios, envejeció. Pero hay noches que duran una vida completa. Y aquella noche de Granada, la noche en que no pudo salvar a su amigo, debió de quedarse encendida para siempre dentro de él.
Como una habitación a la que uno vuelve.
Como una culpa que nunca fue suya.
Como Federico.





