Hubo un tiempo en que las blancas casas de los pueblos andaluces respiraban al compás del suave bamboleo de una mecedora de rejilla. No era un simple mueble. Era un corazón de madera que latía despacio, marcando el ritmo de la vida. Decían los viejos que aquellas mecedoras llegaron un día montadas sobre los sones de las olas, viajando desde el Caribe, donde el mar aprendió a cantar antes que los hombres. Cada tablilla de su asiento guardaba un rumor de espuma y cada curva de sus brazos conservaba el aroma salado de los puertos lejanos.
En las tardes de verano, cuando el sol comenzaba a dormirse sobre los tejados, la abuela ocupaba su trono de rejilla. Bastaba un ligero impulso para que la mecedora empezara a contar historias. Nosotros, los niños, creíamos que era ella quien hablaba, porque su crujido sonaba igual que una voz antigua, como salida de un pozo fresco. Mientras nos mecía, los gorriones bajaban al patio sin miedo y los canarios afinaban su canto entre las macetas de geranios. Hasta el jazmín parecía balancearse con el mismo compás.
Por las mañanas, la madre llegaba con un tazón humeante de ColaCao, “desayuno y merienda ideal”. Lo bebíamos despacio mientras el vaivén nos hacía imaginar barcos, nubes y caminos imposibles. En aquel balanceo nacían los sueños. Algunos se escapaban por entre los hierros de la ventana para convertirse en golondrinas y otros se quedaban dormidos entre las rendijas de la persiana, esperando el regreso de la infancia.
Pero la modernidad entró en las casas sin llamar a la puerta. Trajo sillas plegables, ligeras y obedientes, y tumbonas silenciosas que sabían descansar, pero nunca mecer. Con ellas desapareció el bamboleo, como si alguien hubiera detenido el reloj invisible de las familias. Todo quedó quieto. Demasiado quieto.
Sin embargo, hay noches en que el viento de abajo atraviesa los patios de las casas andaluzas y las viejas mecedoras olvidadas despiertan de su letargo. Se balancean solas, aunque nadie las empuje, porque siguen oyendo las olas que las trajeron desde el otro lado del océano.
Entonces, quien presta atención descubre que la vida nunca fue inmóvil. Se movía con la dulzura de una mecida, igual que los pasos de palio en Sevilla, avanzando despacio entre el incienso y las campanas, recordándonos que los recuerdos también tienen un compás y que la nostalgia, cuando se balancea, nunca deja de volver.





