En estos tiempos oscuros de nuestra España, superficiales y crudos en la indolencia que nos ha tocado experimentar, donde reina el nihilismo y la mediocridad con líderes vulgares, ignorantes, vanidosos, presumidos, indoctos, embusteros, traidores y chaqueteros; donde el juego político se ha convertido en una ciénaga carente de cualquier elevación intelectual, un mercadeo de baratijas donde la verdad ha sido aniquilada e impera la impostura, la mentira y la amoralidad, no está de más recordar que hubo y hay siempre una estrella guía que promete y ofrece salvación oportuna, una oportunidad eterna para España, pues España es eterna.
Si no hubieran cabalgado en España el oprobio, la traición, la infamia, el odio y la sinrazón, creando reglas de juego que han permitido a sus enemigos la participación directa en las instituciones del Estado, España no estaría enferma. Por eso, es tiempo de guerreros y de poetas, de fe en la belleza, la verdad y la vida; en el pueblo que busca esperanza, justicia y poesía. Es el tiempo de revolucionarios que seduzcan para abrir aire fresco en la patria.
Aquellos que comprenden la magnitud de nuestro enemigo interno y externo saben que la prudencia y la audacia son aliadas imprescindibles en esta danza con la oscuridad para iluminar a España. En estos tiempos turbulentos, la mente adolescente es vulnerable a los cantos de sirena de los ególatras y los iracundos, siendo presa fácil para agentes y quintacolumnistas, los peores de los enemigos y que comienzan a ser descubiertos, siempre los traidores. Sin embargo, resistimos, con prudencia. Esta sociedad trivial siempre tiene un destino salvífico en lo telúrico, ya que la patria es esencialmente alma de lo sencillo y terreno.
Estamos nuevamente ante la idea de España, esa España siempre comprometida, atacada y ultrajada, y por otro lado, esa España siempre amada y defendida. Es una vieja cuestión que nos acompaña, la gran pregunta a resolver. Como ya mencionara María Zambrano sobre Ortega, de la que fue alumna aventajada, definió en su maestro una vocación que en algunos ha sido constante. Asumió la condición de ser filósofo por ser y para ser español. En su obra «España invertebrada» señala que bastó que los Reyes Católicos marcaran unos ideales e imprimieran una dirección a la vida nacional para que cada español ocupara un puesto particular y fuera valioso. Esto es lo que Ortega llamaría «proyecto sugestivo de la vida en común», una cuestión que Unamuno radica en el mismo corazón de la Edad Media y que no es otra cosa que esa vocación común.
En definitiva, y es constante en diversos autores, España es una fundación que en el presente deviene de las generaciones pasadas y pertenece a las futuras, una vocación de destino único de un pueblo. Es Bueno quien liga a España a la idea de imperio, de imperio universal, católico y «generador» de civilización, esa es la esencia íntima que de España nos da como fundación espontanea de destino.
Pero ante la expresión tangible de esos conceptos de España, añadiría, por deformación interna, lo trascendente y espiritual que debe estar íntimamente unido a lo intelectual. Añadiría la poesía, puesto que España es, sin duda, una razón poética y su defensa es poética en la palabra y en el corazón. Lo poético se convierte en esencia. San Agustín decía: «Cree para comprender, comprende para creer». San Anselmo de Canterbury, que a priori proclama la existencia de Dios en su argumentación, se basa en que si somos capaces de concebir la idea de la existencia de Dios es porque, en efecto, existe. De la misma forma, comprendemos la existencia de España, pues su idea nos impregna en todos los sentidos. Su existencia es una realidad absoluta que nos rodea, nos cubre y nos define. Es esa idea trascendente fundamental, porque son transcendentales en lo humano los más diversos amores. El pueblo destila desde lo más básico el amor a la tierra, a lo aprendido, sus esencias, familia, amistades, tradiciones y, por ende, a lo que es su esencia.
Es Cervantes el paradigma de la España posible y cierta, tangible y espiritual. Ortega, en sus meditaciones sobre el Quijote, reflexionaba sobre España, esa filosofía integradora que incluso afirmaba que era una ciencia de amor en la que se imponía un imperativo de comprensión. Esa misma visión existía en Unamuno, pero este, incapaz de aceptar la conciliación entre la razón y la vida, que ve desde un punto de vista trágico concibiéndola como realidad vital de los españoles, sin embargo, hacía uso del Quijote, como otros intelectuales, para resolver la cuestión nacional considerándolo el exponente de la religión nacional. Es esa re-ligio trágica y combativa que une al pueblo intrahistórico y paradigma de esa intrahistoria opuesta a Europa, también por contraposición a Ortega.
«Me ahogo, me ahogo, y me duele España en el cogollo del corazón» es el lamento de la famosa misiva a un destinatario desconocido y publicada en la revista argentina Nosotros en 1923 tras su destitución como vicerrector de la Universidad de Salamanca. La vida de Unamuno, dedicada en cuerpo y alma al concepto de España, no ha dado frutos exactos. Es en su obra maestra Niebla donde coloca estas palabras, quizás desde su propia voz: “Pues sí, soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo, y el españolismo es mi religión, y el cielo en que quiero creer es una España celestial y eterna, y mi Dios un Dios, el de Nuestro Señor Don Quijote, un dios que piensa en español”.
Es en ese desarreglo «cervantino quijotesco» de la razón, desazón de lo intelectual y asunción de lo espiritual donde quizás todos desembocan finalmente, como Unamuno, porque surge de las entrañas, de las tripas, del corazón y del alma, acertando en su definición simplemente visceral que resuelve el problema. No es una cuestión baladí; es lo que siempre movió a los pueblos. La patria es el pueblo, y el pueblo es la poesía de lo simple, cercano y cierto. Es en la palabra, esa que tratan de manejar redefiniendo el lenguaje los enemigos, donde se encuentra el arma poderosa que comprende el ser sencillo de nuestros pueblos y regiones. Es tiempo de poetas contra la mentira, tiempo de poner en valor la verdad desde los «adentros», desde las entrañas, y España es la mejor de las razones para una poesía. Como decía Robsy en su poema:
Nunca vencieron mentiras,
ni silencios ni patrañas,
ni calumnias del olvido,
ni resurrecciones falsas.
La raza de los poetas
viene al mundo con espadas
y las luchas les adiestran
en la Palabra de España
y en las voces de la guerra
de los pueblos que consiguen
despertar una mañana.
Es en esa vastedad de lo cotidiano, las pequeñas cosas, el inmenso horizonte azul que nos abre la vista, en la parada del tiempo de las rosas que hoy florecen, donde la poesía pone compás y sus fronteras exactas. Es ese latir completo de los pueblos que es reconocible como el del propio corazón, que se acompasa con el de un compañero, fuerte y al compás, lo que marca lo cierto, la verdad y lo auténtico. Y continuaba el poeta:
Nada detiene su voz
cuando los poetas hablan
como soldados armados
con las ideas del alba:
como fuegos en la noche
la oscuridad soliviantan
y, en la negrura del tiempo,
los soldados de la llama,
nuestros poetas guerreros,
afilan limpias espadas,
tizonas de sol y hierro,
en las verdades de España.
Y la verdad les devuelve
la voz alta de la Patria.
Hoy, más que nunca, seamos sencillos; comprendamos España, esa España que es amor eterno de una madre llana que, desde el amor entrañable, aúna a todos sus hijos y los abraza. Comprendamos España y utilicemos también las vísceras, el corazón y el alma.





