¿Por dónde se rompe la cuerda? Por la parte más débil, me decía mi padre siempre cuando notaba que me estaba metiendo en demasiados charcos y cada vez más profundos. Es una frase a la que yo no le daba la menor importancia, mas se me quedó en la memoria taladrada. La saqué a relucir en algunos momentos de mi vida en que creía que mis hijos la podrían necesitar. Y comprobaba cómo de nuevo esas palabras se quedaban en el tintero. Y así hasta el día de la fecha, en que no atino a saber por qué me han vuelto a sacudir el esqueleto.
Debe ser que la denominada vejez no perdona, y que uno querría seguir siendo como un niño con peinado de agua, pantalones cortos de pana y zapatos de Gorila. ¡Qué penita más grande! Terminar con la soga casi al cuello, sin apenas haberle dado tres o cuatro palos al agua y prisionero del tiempo, eso que a un poeta salmantino se le ocurrió decir que era “una cosa sin sentido”… Maldita sea mi estampa, con tanta creencia como se me amontonó sin comerlo ni beberlo. Y lo que acumulé en la comuna jipi de Montsègur, allá en los pirineos franceses, que ni te cuento.
Claro, así se me funden los plomos ahora, cada dos y cada tres. Si es que me va quedando solamente la lucecita que emana del trozo de cirio que le robé, hace algún tiempo, a la Real e Ilustre Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, ¡Qué vergüenza, Dios mío! Para unos cuantos andrajos que me restan. Y nadie se da cuenta, oiga, nadie. Todos se creen que soy una inteligencia artificial y que prorrogaré mi estancia en estos lares durante siglos… ¡Pero si se me rompió la cuerda, caramba! Y por su parte más débil, ¿o no lo ves? Sí, la cuerda, amigo, la cuerda.





