Apenas iniciada la guerra incivil, a D. José Ortega y Gasset, uno de los grandes impulsores intelectuales del advenimiento de la II República, se le presentó una noche en casa una escuadra de milicianos armados exigiéndole la firma de un manifiesto en apoyo del Frente Popular y condenando el alzamiento militar. Lo firmó bajo la amenaza de las armas. Inmediatamente después lió el petate y se exilió a París para luego pasar a Países Bajos, Argentina y Lisboa.
Años después, ya en la posguerra, se le permitió volver a España en varias ocasiones y, aunque se le desposeyó de su Cátedra, se le reconocieron sus haberes y, al fin, en 1953, se instaló en Madrid donde pudo abrir un Instituto privado para el estudio de Humanidades.
Durante la posguerra, y esto es lo que me interesa subrayar, protestó y respondió en muy variadas ocasiones a quienes de manera acrítica defendieron o se mostraron diletantes en la opinión sobre el papel jugado por el Frente Popular.
Digo que esto es lo que me interesa destacar porque quienes a menudo emplean el concepto de la Tercera España se refieren sólo, o casi, a quienes intelectualmente permanecieron en una equidistante y pasiva neutralidad que, antes que apaciguadora, a mí me resulta irresponsable, cuando no cobarde.
Lavarse las manos en las dos palanganas resulta siempre demasiado fácil y me parece que merecen mucho más respeto quienes, a riesgo de equivocarse, quisieron señalar con la palabra algunos índices medibles de responsabilidad…, porque hasta en el Mal hay categorías y no todo pesa igual, como no pesaba lo mismo la culpa de los serbios que la de los bosnios, ni la de los hutu que la de los tutsi.
Si no les importa, y lo creo aconsejable, yo prefería denominarlos la Cuarta España, pero no todos en el mismo saco.
He dicho.





