Esto no lo van a leer en las altas esferas políticas de lo que queda de este país. Lo leerá el pueblo de a pié. Unos se reirán, otros asentirán indignados y el resto pasará al siguiente artículo. Desde el más profundo asco que me produce lo que está pasando no sólo en España sino también fuera de ella, quiero expresar la pena y la desesperanza que tengo. Nos han arrancado sin piedad la convivencia y la sonrisa. Aquí no había caja de Pandora porque nuestros abuelos la enterraron con su sangre hace muchos años. Y un grupo de titiriteros enfermos y ansiosos de poder a toda costa, la han abierto a martillazos. Las generaciones posteriores, vapuleadas en nuestra juventud por el despertar sangriento del terrorismo diario de una banda de asesinos, habíamos empezado a vivir una especie de resurgir que también se nos ha arrebatado sin miramientos. La bestia está suelta y se extiende por los recovecos de la vida con el beneplácito de los que la han soltado y el horror de los que tenemos miedo. Y esa bestia que convive también con otras culturas y otras religiones que se han dejado avasallar, se expande entre nuestros día a día como una sombra inevitable, como una lava terrorífica que todo lo arrasa. Estamos perdiendo una guerra que nadie ha declarado y que desde el primer día tiene vencedor: el miedo. Y la pequeña luz que se nos ofrece al final del túnel, no nos garantiza una salida. Hemos permitido que se excave demasiado… estamos atrapados en unas arenas movedizas y sólo tenemos una salida: volver a dar nuestra vida para servir de tierra firme a los que vienen. ¿Lo haremos?





