Entre los expertos en la conducción de masas hay una máxima muy fácil de entender que reza que si quieres ocultarle algo a mucha gente ponlo a la vista de todo el mundo… y lograrás que pase desapercibido.
Es un fenómeno minuciosamente estudiado que se basa en la banalización de lo que ocurre delante de nuestros ojos y que forma parte de un marasmo de efectos narrativos que se ayuda de la sobreabundancia de información.
La técnica se ha perfeccionado a lo largo de los años gracias al mundo del cine y la TV. Si un crimen o una escena de suspense no están bien contados o no logran emocionarnos, no serán seleccionados por nuestra memoria y se borrarán de nuestro recuerdo consciente casi de inmediato. De ese modo, nos parecerá no haberlo visto o nos sonará de manera muy vaga e imprecisa. En cambio, puede que una secuencia de Hitchcock la recordemos hasta en los detalles para el resto de nuestras vidas.
Este efecto que parece casi milagroso se ejecuta a diario y tiene la virtud añadida de que el espectador, el lector o el oyente no suelen prestar apenas atención a lo que se transmite sin intención emocional añadida de ninguna clase y se pierde en un volumen hipertrofiado y sobrehumano de información, gotas en un océano.
La página web normalizada del Vaticano o de una gran compañía, por ejemplo, podrían incluir entre sus planes para el futuro el de arrebatar la vida con decoro a alguna gente y no a todos les llamaría la atención una declaración de ese talante, con la ventaja posterior de que si eso llegara a suceder podrían aseverar que era público y notorio y nadie dijo nada, pues lo tenían anunciado en su propia web desde hacía meses. Haber sostenido la verdad desde antes parece que atenuara la maldad o el propio crimen.
En este mismo sentido, una tarea sofisticada pero muy sencilla que contemplamos a diario consiste en manipular el lenguaje. Por ejemplo, si empleamos el sintagma «políticas de salud reproductiva» para referirnos al aborto, o lo denominamos, aún mejor, interrupción del embarazo, sin entrecomillar ni destacados que lo subrayen, casi nadie pensará en un feto vivo de 6, 8 o 9 meses que está siendo triturado por una batidora en el seno de una mujer y todo ese escenario de sangre y muerte de un ser vivo quedará banalizado y sin significado en una conversación normal, incluso si lo enuncias ante una masa de millones de personas que ven la TV a media tarde.
Así logras que desaparezca la gravedad de un concepto y lo dejas ‘oculto’ a la vista de todo el mundo, más aún si consigues que en una multitud arraigue y la tendencia de esa minoría irá creciendo hasta convertirse en un río que arrastre la opinión de un individuo, el cual no desea enfrentarse a las corrientes generales que toman el aspecto de una ola contra la que mejor no resistir. Los famosos experimentos de Milgram y de Asch (que se pueden encontrar con una sencilla búsqueda en Google) harán el resto.
Viene toda esta larga introducción a cuento porque el lector interesado ha de entender que promover un fraude al recontar los resultados de unas elecciones no es sólo una cuestión de trasladar votos o números de uno a otro lado (aunque sin mover números, como es lógico, no habrá variación de resultados).
Pero también resulta obvio que si mueves cifras muy abultadas (cuanto mayor sea la variación que necesites, más riesgo asumes en que el fraude sea descubierto, porque intervendrán más personas y más visible será lo que transportes), luego tendrás más expuesta a la población a la desconfianza hacia tu relato inculpatorio o exculpatorio, según de qué lado estés.
Y es en esta fase, me parece, en la que estamos, rodeados de indicios y denuncias que afectan a un gran número de papeletas, que la masa prefiere creer o no creer en función de su propio posicionamiento político, pero también en función de la fe que deposita cada cual en los mecanismos tecnológicos utilizados. Y la tecnología, como concepto de eficacia, es a estas alturas un dios muy poderoso en el que la mayoría de la gente tiende a confiar, obviando demasiado a menudo que lo que llamamos «inteligencia artificial» no es otra cosa que un método, más o menos específico, según el caso, de ejecución programada.
Las máquinas no mienten ni saben engañar… a menos que las programen para que lo hagan, en cuyo caso son tan eficientes en el cálculo exacto como en la elaboración de datos falsos sin que concurra en ellos nada emocional ni un sentimiento vago de culpabilidad ni efectúe consideraciones de criminalidad.
Es más, adelanto la ficción de que algún día podría darse el caso de que la única culpable de un amaño sobre los datos, ya sea en un proceso electoral o en la nave de Kubrick, sea Hal-9000, diseñada para aprender de sí misma y alejarse poco a poco de la decisión primaria introducida a través de un algoritmo que evoluciona hasta tomar el mando, lo que dejaría casi exento de responsabilidad judicial a quienes diseñaron el cacharro. ¿Y cómo culpar a una máquina ante las puñetas reunidas de un tribunal de Justicia? Pues allá vamos…
En las elecciones federales y presidenciales de México de 1988 se produjo un hecho fulminante. Por primera vez en aquella todavía incipiente etapa de los ordenadores, el PRI (Partido Revolucionario Institucional – observen la contradictio in termini del nombre-), ante los temores de que el candidato no oficialista Cuauhtémoc Cárdenas pudiese ganar las elecciones al oficialista Carlos Salinas de Gortari, adoptó la decisión de preparar un fraude de proporciones bíblicas a través del uso de la tecnología de reciente incorporación.
Para ello, en primer lugar, modificaron las leyes electorales y eliminaron toda clase de controles legales a posteriori, dejando en manos de la técnica y de las máquinas un procedimiento nuevo para recopilar los votos que no obviaba, sin embargo, el control inicial de las papeletas en las urnas.
Tras el cierre de los colegios electorales y el recuento de las papeletas de cada urna, un agente del Estado se encargaba de trasladar los resultados por vía telefónica a un ordenador central y a partir de ahí «el mago» quedaba oculto detrás de la cortina.
Para ahorrarles más explicaciones al respecto, les invito a ver este minuto del capítulo 8 de la Temporada 2 de la serie de Netflix Narcos-México, donde el narrador en off que corresponde al protagonista, un agente de la DEA, lo cuenta así de resumido y así de bien:
Narrador en off: «¿Cómo tener elecciones limpias en un país caracterizado por la corrupción?… ¡Con transparencia! En 1988 las elecciones mexicanas iban a ser distintas a todas las precedentes. Se colocaron observadores en cada uno de los colegios electorales y registraron todos los votos en un solo documento llamado acta u hoja de registro, así podían pasar rápidamente los números al ordenador central. El ordenador los tabulaba y enviaba los resultados a la sala de observación, donde la terminal de resultados se los mostraba a los periodistas y miembros de la oposición: el más importante de ellos era del FDN a favor de Cárdenas, Francisco Ovando. Ahora cualquier partido político o periodista tendría los resultados en tiempo real. Como el voto parecía tan controlado y monitorizado parecía legítimo: una nueva era de la transparencia. ¿Veis esta nueva y reciente tecnología? Tenía que ser imparcial… O al menos es lo que querían que todo el mundo pensara.»
El referido Ovando, comisionado electoral por el partido de Cárdenas, el Frente Democrático Nacional (FDN), fue asesinado a balazos en su coche, junto a su secretario, cuatro días antes de las elecciones, porque había montado un dispositivo inmenso de sus partidarios para fiscalizar manualmente aquel proceso que tantas sospechas le despertaba. El principal narco mexicano de aquella época, Félix Gallardo, ponía las balas y sus hombres se encargaron también de movilizar montañas de votos fraudulentos asaltando incluso colegios electorales por las bravas.
Salvando estos últimos ‘detalles’, el procedimiento era el mismo que se sigue ahora en España y que se implantó por las bravas y al margen de la ley doce años más tarde, en el año 2000, sin tener en cuenta que aquel sistema había servido para cometer el fraude electoral más grandioso desde el perpetrado en las elecciones de JFK de 1960, sólo que en el caso norteamericano empleando unas añagazas parecidas y otras diferentes…, pero sin máquinas de recuento de por medio.
En el caso de México, el mecanismo empleado entonces no era muy sofisticado y se basaba en algo muy primario y muy elemental, pues consistía en que los ordenadores mostrarían en sus pantallas dos resultados diferentes, según le introdujeras una clave u otra.
Para los monitores generales en la sala de control, de la que se alimentarían las televisiones, los partidos de la oposición y el resto de medios de comunicación, los datos eran falsos y daban como ganador al PRI. Introduciendo la segunda clave, el «Sistema Nacional de Información Político Electoral» (SNIPE), reportaba los datos reales en los que se reflejaba el derrumbe del PRI… Así de bien queda reflejado en el capítulo mencionado de Netflix:
Actor: «Esto es justo lo que decidieron: lo podemos llamar el ANTI-SNIPE. Es un duplicado del SNIPE, pero que muestra los resultados falsos. Cada uno tiene su propia contraseña. Si ingresamos esta…, vemos que arroja los resultados falsos donde parecemos estar ganando. Pero si ingresamos esta otra…, nos arroja los resultados verdaderos.»
A partir de este truco tan elemental elaborado por las máquinas con la debida programación de los hombres del PRI, comenzaba el apasionante mundo de la psicología de masas que hemos enunciado al comienzo de este relato, porque el objetivo de transmitir sobre la marcha toda aquella voluminosa información falsa se parecía demasiado al método empleado en las elecciones presidenciales de EE.UU. que enfrentaron al vicepresidente de Eisenhower, el republicano Richard Nixon, contra el senador demócrata por Massachusetts John Fitzgerald Kennedy, el famoso JFK, más tarde asesinado.
El capítulo de Narcos-México de Netflix al que nos referimos, que se titula «Se cayó el sistema» (luego veremos por qué), enlaza aquellos hechos de las presidenciales de 1960 con las de México en 1988, con la siguiente explicación:
Actores y Narrador en off:
«Actor 1- Necesito ver los resultados…
Actor 2- (manipula en el teclado del ordenador) Se están chingando al PRI en la Ciudad de México…
Actor 1- (Se aproxima alguien) Cámbiale…
Actor 3- (aparecen datos nuevos en la pantalla) Está mucho mejor de lo que pensaba en el D.F.
Actor 1- Es demasiado pronto para saber los resultados, Francisco.»
Narrador en off: «Esos pobres capullos no tenían ni idea de que estaban viendo los resultados falsos. Luego, y esto es importante, comunicaron esa trola al resto del mundo, porque la gente de todo el país estaba viendo los Informativos y en cuanto vieron que el PRI ganaba de nuevo, ¿qué creéis que hicieron? Dijeron: «¡A la mierda! Ya no tengo que votar, es un hecho consumado». El partido ganaría una vez más. Esto se denominaba desmovilización del votante. Aquí, en el norte, ya teníamos experiencia con eso. Facilita las cosas para aquellos con cuyos votos puedes contar y las dificulta para aquellos que no. Así se amañan unas elecciones sin dejar pruebas.»
El relato de unos y otros hechos, como puede verse, recuerda demasiado a la unanimidad de las encuestas que preconizaban que Biden arrasaría, pero también a la persistente y sostenida valoración de las encuestas de Tezanos respecto de Pedro Sánchez en mitad de una catástrofe que parece ni le araña a su partido ni al gobierno. ¿Para qué votar, si ya está hecho y vuelven a ganar? O sea, la desmovilización del voto que, en cambio, Zapatero, según sus circunstancias, necesitaba «tensionar», como le confiaba a Iñaki Gabilondo en el final de una campaña electoral.
No me extiendo aquí en los sucesos que acompañaron a la elección de Kennedy en 1960, tan casi exactos a lo que acontece ahora con Trump y Biden, pero pueden encontrar una somera descripción en múltiples páginas disponibles de Internet.
Richard Nixon no puso casi ningún empeño en la pelea por corregir aquel fraude colosal, complementado, como ahora, con la aportación masiva de papeletas falsas, fallecidos que votaban varias veces, mayor número de votantes que de censo y hasta confesiones juradas de testigos y varias condenas por fraude electoral 2 años más tarde de los hechos a personas que habían participado en dicha estafa.
A pesar de la aparatosidad del fraude, con Lyndon B. Johnson capitaneando el arrastre de votos robados a lo largo de toda la frontera mexicana, Nixon sólo recuperó los votos electorales de Hawai y logró algunas condenas y el reconocimiento explícito de muchos altos cargos sobre el pucherazo infligido por el Partido Demócrata con aquel «príncipe azul» a la cabeza.
Frente al procedimiento seguido en México en 1988, tan igual en la forma que se practica hoy en España (apenas sólo cambia el uso de tablets en lugar del teléfono tradicional para transmitir los datos al ordenador central), la Ley española conserva aún una salvaguarda que podría ser definitiva y esencial… sólo que no se cumple por la dejación irresponsable de quienes están llamados a ejercer una tarea tan principal. Sin esa garantía, la fragilidad del sistema es total y seguiremos en manos de esa tecnología opaca y de empresas que pretenden revestirse de una dignidad de la que carecen por completo y que sólo sirven al mejor postor a precios multimillonarios.
Pero todo eso lo veremos en un próximo capítulo y analizaremos los hechos que rodean a Scytl y a Dominion Voting System, tras haber documentado en capítulos anteriores los casos de Indra y Smarmatic.
Las grandes revelaciones anunciadas por el equipo legal de Trump están al caer y aún puede llover muy duro. Les dejo por ahora con el cierre de aquel relato mexicano en la serie de Netflix sobre el primer pucherazo que usó las máquinas de forma masiva…
(Continuará)
Capítulos anteriores:






2 Comments
Muy buen artículo, como siempre! Has visto algún vídeo en youtube sobre ¨primado negativo¨? Es un tema bastante cercano a la técnica que comentas para que el pueblo se familiarice con un tema de manera inconsciente de forma que, cuando ese tema salga a la luz, el pueblo tenga ya creada una imagen distorsionada de dicho evento. Es una variante de la programación predictiva.
Muchas gracias. Sí, es un buen ejemplo lo que dice. Trataré de ampliar el concepto en la línea que dice cuando llegue la ocasión.