Los acontecimientos de los últimos días en Europa del Este son especialmente alarmantes y obedecen al deseo de Rusia de aumentar su frontera para mantener alejada a la OTAN tras la ampliación del espacio de ésta hacia Europa Oriental, ya que no cuenta con una alianza como la que suponía el Pacto de Varsovia en el pasado, lo que denota que a pesar de que el mundo ya no sea bipolar (como sucedía en el pasado) como consecuencia de la irrupción de nuevos y muy poderosos actores como China, se ha evidenciado que la dinámica de bloques de la Guerra Fría no ha sido superada y aún permanece latente, basada en la desconfianza mutua entre Washington y Moscú.
Putin es un nostálgico de la época de Stalin que considera una desgracia la disolución de la Unión Soviética porque le robó a Rusia su papel de superpotencia, por lo que no consiente que las exrepúblicas soviéticas se unan a la OTAN, a pesar de que la invasión que ha perpetrado contra Ucrania ha dado la razón a Occidente cuando sucesivamente señalaba que Rusia era una amenaza y va a conseguir el efecto contrario al deseado porque muchas otras naciones se integrarán en la Alianza Atlántica para evitar correr la misma suerte que sus vecinos ucranianos.
Lo que ha sucedido en estos días (con independencia de las posiciones que se puedan mantener respecto a Rusia) es un acto injustificable contra un país soberano que se independizó de la URSS en 1991, algo que Putin ha hecho bajo argumentos siniestros y cuanto menos inquietantes que recuerdan a las peores épocas de la reciente Historia de Europa, apelando a un nacionalismo étnico-lingüístico expansionista similar al “espacio vital” del III Reich, utilizando los mismos pretextos que Hitler para justificar la invasión de un país, que por mucho que en su seno tenga ciudadanos que hablen ruso y se sientan rusos, constituye un Estado independiente al que la decisión de adherirse a la OTAN le compete exclusivamente a él en el ejercicio de su soberanía.
El autócrata ruso le ha negado a Ucrania de manera directa la condición de Estado, afirmando que forma parte de la Historia y la cultura rusa, subrayando incluso el hecho de que Ucrania es la cuna de la Iglesia Ortodoxa, pero cabría preguntarse, ¿cuál sería la respuesta de este jingoísta si Estados Unidos hubiese hecho lo mismo que él con un país que tuviese previsto unirse a la Unión Euroasiática?
Es evidente que el propósito de Putin es reducir a Ucrania a la condición de gobierno títere y supeditado a sus intereses, ya que ha sido un país tradicionalmente marcado por fuertes divisiones entre rusófilos y europeístas, y no hay más que recordar lo que sucedió en 2014 como antesala a la anexión de Crimea, cuando el pro-ruso Yanukovich suspendió un acuerdo comercial con la Unión Europea para firmar en su lugar un pacto con Rusia, lo que desencadenó una revolución en la calle que condujo a su cese.
El saldo final de aquel episodio nos demuestra el carácter insaciable de las ansias expansionistas de Putin, que comenzó pidiendo Crimea y ahora Ucrania entera y no se detendrá ahí, del mismo modo que Hitler no se quedó en Austria y los Sudetes en 1938 y tras firmar aquel ignominioso acuerdo que Chamberlain enarbolaba como “la paz de nuestros días”, siguió con Polonia y Checoslovaquia, haciendo inevitable la guerra porque, de lo contrario toda Europa habría acabado tiranizada por los nazis, algo que es menester subrayar, pues mientras que Estados Unidos es la cuna de la democracia moderna y trata de exportar con más o menos éxito su modelo político como se ha visto en épocas recientes en Oriente Medio (siendo los dos ejemplos más visibles Irak y Afganistán), Rusia es una dictadura que se presenta como una pseudo-democracia con una disidencia controlada que jamás ganará al partido de Putin y que en términos generales apoya sus políticas, mientras que buena parte de la oposición pro-occidental ni siquiera puede presentarse a las elecciones, estando el país dominado con puño de hierro por el dúo autoritario Putin-Medvedev, que desde 1999 se alterna en los cargos de presidente y primer ministro.
La invasión orquestada por el inquilino del Kremlin se ha basado en argumentos que sientan un peligroso precedente, ya que tan grave acción no va a tener consecuencias significativas para Rusia, quedando completamente indefenso el pueblo ucraniano en lo que supone la consagración de la ley del más fuerte en las relaciones internacionales, evidenciando que el Derecho Internacional Público no es más que papel mojado, dando alas no sólo a que Rusia continúe con su vorágine sino a que otros imiten su comportamiento, ya que hay riesgos reales de que China acabe haciendo lo mismo en Taiwán, y lo que es peor, niega la soberanía de terceros estados apelando al pasado en el que formaron parte de Rusia, tratando de revertirlo por la fuerza, porque, ¿se imagina alguien a España invadiendo Portugal porque hace cinco siglos le perteneció? ¿O a Reino Unido haciendo lo mismo Irlanda? ¿O a los países musulmanes invadiendo España porque estuvo durante ocho siglos bajo su dominio?
Lo más llamativo ha sido la poderosa maquinaria propagandística que ha desplegado Putin para justificar lo que desde todo punto de vista es injustificable, presentándose como un libertador que trata de “desnazificar” Ucrania, siendo utilizado para dicho propósito el batallón Azov, uno de los muchos grupos de voluntarios que forman parte del Ejército ucraniano y que está integrado por neonazis, pero está únicamente compuesto por 800 integrantes que no son en absoluto representativos de todo el Ejército del país, que cuenta con 200.000 efectivos, y el brazo político del citado batallón (Cuerpo Nacional) es residual y no alcanza ni el 5 % de los votos, a lo que se suma la infamia de tachar de nazi a un país en el que el presidente y el alcalde de la capital (Kiev) son judíos y el abuelo del primero, además, combatió a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Por si todo lo anterior no fuera suficiente, Putin incurre conscientemente en la peor de las hipocresías, ya que el Ejército ruso también cuenta con milicias neonazis en su seno como es el caso de Unidad Nacional Rusa (que quiere expulsar a los no rusos de Lugansk) y Compañía Rusich, entre otros, aunque la mayor semejanza de Putin con los nazis es su afán de dominación y la grave amenaza que representa para la paz y la seguridad mundial.





