“Hace tiempo, yo pasaba de los premios.
La verdad era que los premios pasaban de mí”.
Joaquín Sabina.
Con el noble objetivo de “promover y reconocer la creación poética contemporánea” y el deseo de “fomentar la poesía actual y rendir homenaje a una de las generaciones literarias más influyentes”, ayer se falló —un fallo que es acierto— el II Premio Ateneo de Sevilla de Poesía Generación del 27. El premio a “autores consagrados” ha ido a parar a las manos —al alma, que estamos hablando de poetas— de Juan Peña Jiménez (Paradas, 1961).
El jurado —compuesto por José Vallecillo, José María Barrera, Ireche Flychi y Victoria León— no lo ha debido tener fácil, pues han sido muchas las obras —unas trescientas— y, según han declarado, de gran nivel.
Pero el gato se lo ha llevado al agua un poeta que se mece entre la sensibilidad y la humildad, puntos clave en su vida y en su obra. Porque así es —“no busques más que no hay”, que cantaba Silvio— Juan Peña, que, tras la publicación de más de una docena de libros de poemas, alcanza una cota importante en su impoluta trayectoria literaria.
Estos van a ser años en los que nos vamos a acordar mucho de aquellos poetas que compartieron, en el invierno de 1927, versos y vivencias para homenajear al cordobés Luis de Góngora. Homenaje auspiciado por el Ateneo sevillano y financiado, casi en su totalidad, por el inimitable Ignacio Sánchez Mejías —para que digan…—.
Y que mejor manera que festejar a aquellos poetas, clásicos a día de hoy, que con la obra de Juan Peña. La suya es una lírica que bebe en el agua clara de las fuentes de éstos, entre otros muchos, y que llega limpia a nuestros tiempos. Unos versos que siempre buscan decir más con menos, susurrar más que gritar, elegir la palabra justa, exacta, para la idea fiel, literal, de lo que se quiere transmitir. Y con el alma, ya lo decíamos antes, por delante, al frente. Poesía a pecho descubierto, sin querer dárselas de nada ni aparentar lo que no es. Todo lo contrario: Juan se ofrece en su lírica veraz, con los achaques hilvanados a las esperanzas. Una “poesía entrañada, anecdótica, emotiva, biográfica, de revulsivas y ácidas ideas” (Pedro Bohórquez, dixit).
Peña ha sido premiado por el poemario Venturas, que desde ahora compartirá glorias junto a La edad difícil (Pre-Textos, 1989), Días cansados (Pre-Textos, 1997), Dura seda (Isla de Siltolá, 2011) o El último poema (Fundación José Manuel Lara, 2024), XIV Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado.
Y para muestra, un botón:
LOS ESTADOS CREMOSOS
De los tres esenciales
estados de lo real,
sólido, líquido y gaseoso,
dónde está mi adorado yogurt griego,
con su ácida blandura maternal;
mi tocino de cielo, esa crema compacta,
que en su nombre ya dice
la mística unión de los extremos;
mi merengue de niño,
que en su blancura trae al niño aquel
que me ensucia de nuevo de pureza la boca.
Los estados cremosos,
esa materia extraña,
como fuera del mundo.
La crema que acaricia y venera la piel,
la crema de los geles,
que me deja lustrado y renacido,
y me envuelve en ládano
y oud y helychrisum
y en la estallante luz de los limones
bajo la lluvia a oscuras de la ducha.
Dentro y fuera de mí
el estado cremoso
me extasía, me amansa,
y no soy de este mundo.





