¡Buenos días! Muchos ya sabrán a estas horas que ayer falleció José Luis Garrido Bustamante, mi buen amigo al que conocí personalmente a mediados de los 70. Por fortuna llegué a tiempo, hace como un mes, de escribirme con él, porque me agradeció emocionado las cosas que recordé sobre su pregón de 1990 en estos saludos de cada mañana, citando aquellos versos a su Cristo del Calvario que ya se habrán cumplido con su partida, cuando Dios le ha desprendido de lo humano, los únicos versos como un evangelio que yo creo y espero. Ahora me gustaría decirle hasta siempre con paz, respetando la paz con la que José Luis se ha ido; pero también con conciencia de que ha dejado la existencia humana uno de esos seres que llegan a ella con lo que necesitan para lo que han de lograr, con una voz de radio y televisión de tal sonoridad que parecía llevar dentro el equipo de sonido de Madonna. Y se ha ido un señor en este tiempo sin apenas señores. Un elegante entre tantos catetos. Y un profesional de excepción en esta época en la que los excepcionales van siendo sustituidos por gentes del montón. Antes se explicaba uno porqué estaba la gente donde estaba, pero ahora no hay quien encuentre razones de valía para ver lo que vemos. Garrido Bustamante estaba suficientemente explicado. Adiós a un grande desde esta travesía de tantas pequeñeces. Por lo demás, ¡feliz lunes!





