La última película en la que aparece el mítico villano de Batman se adentra en los orígenes y la forja de la personalidad de uno de los principales villanos de la historia del cine, convirtiéndose en un personaje emblemático a partir de la brillante interpretación de Heath Ledger en “El caballero oscuro” en 2008, una nueva secuela de corte épico y con preclaras enseñanzas morales frente a la saga de la década de 1990, de corte fantástico, lo cual suponía darle a Batman una mayor calidad en la gran pantalla y un tono mucho más realista, con situaciones que incluso podrían darse en la realidad.
En la entrega dirigida por Tim Burton en 1989, con un Joker interpretado por Jack Nicholson, éste carece de los matices de los posteriores pese a la genial interpretación de dicho actor. En este caso se trata de un malvado mafioso que asesinó a los padres de Batman y cuyo rostro queda desfigurado tras caer en una cubeta de ácido, dejándole una piel completamente blanca y una sonrisa deformada, con un rostro similar al de un payaso en un claro caso en el que el hábito sí hace al monje, acontecimiento a partir del cual su vida se tuerce aún más, volviéndose más sádico y haciendo el mal a mayor escala, aunque sin una finalidad concreta, ya que ha enloquecido por completo. Como dato a destacar, de manera paradójica, la película acaba con la muerte del Joker, algo que sería verdaderamente impensable, ya que es la eterna némesis de Batman y él nunca le matará porque es un kantiano puro para el que el fin no justifica los medios, pero lo que se pretendía era cerrar la puerta a una nueva aparición del payaso.
En la franquicia dirigida por Chistopher Nolan, el Joker es un personaje más profundo que actúa atendiendo a una finalidad, con un claro trasfondo psicológico, algo que se hace revelador cuando en una destacada escena atraca un banco de la Mafia y mata a todos los cómplices que le han ayudado en dicho propósito. Viendo esta situación, un mafioso herido en el suelo le dice que no tiene moral, ya que la Mafia puede ser asesina y corrupta al máximo, pero tiene un concepto de la lealtad, a lo que el Joker le responde (deformando una célebre frase) que “lo que no te mata, te hace más extraño”, lo que significa que por supuesto que carece de moral, ya que los duros golpes que le ha dado la vida le han deshumanizado por completo.
En este filme, el Joker es representado como un líder terrorista y un perfecto psicópata que dice frases sumamente descriptivas de su personalidad como cuando revela que no usa pistolas sino cuchillos porque las pistolas son muy rápidas y no dejan saborear las emociones de la víctima, algo que le permiten los cuchillos, disfrutando con el dolor ajeno porque cuando alguien va a morir se muestra tal y como es, señalando que todos los policías a los que mató eran cobardes.
Joker comienza robando a los mafiosos, pero no para apropiarse del dinero, que no es para él un fin sino un medio, ya que luego quema una montaña de millones de dólares. No le importa el dinero sino trasladar un mensaje, motivo por el que dice que la ciudad merece un tipo de criminal mejor, desplazando a la Mafia como principal amenaza. En esta línea, quema el dinero porque es el más evidente símbolo del orden establecido, el mismo que trata de destruir. No se mueve por intereses sino por un ideal y una visión del hombre, ya que cree que el mundo es un infierno y quiere demostrarlo.
A lo largo de la película se puede ver cómo el Joker no quiere más que ver arder el mundo, ya que es un personaje cruel y sin escrúpulos, por lo que pretende demostrar que la ética y la moral son una gran mentira y que la única manera de sobrevivir en el mundo es sin principios. En esta línea, sus actos terroristas los utiliza como experimentos sociales, pretendiendo demostrar que no hay buenos y malos sino que todos son tan buenos como el mundo les permite ser. Todos se pueden corromper y tienen un precio, a través del cual transgreden las barreras morales que ellos mismos han trazado: unos, por dinero, otros, por miedo, otros, por amor y otros, por odio. Dentro de este razonamiento, él no se considera un monstruo sino que va un paso por delante de los demás, ya que, a su juicio, cuando las cosas se tuercen, los civilizados se matan entre ellos.
Para confirmar su teoría, Joker pone a los ciudadanos de Gotham en el extremo, ya que un empleado de Bruce Wayne revela la identidad de Batman, por lo que amenaza con volar uno de los hospitales de la ciudad si nadie le mata. Con ello, pretende demostrar que la “gente de bien” no es mejor que los delincuentes a los que aborrece, algo que se hace especialmente visible cuando coloca una carga explosiva en dos barcos: uno, con ciudadanos y otro, con delincuentes condenados, amenazando con volar los dos, si nadie activa el detonador que hace explotar el otro barco, y en este sentido, los civiles lo someten a votación y apelan a la democracia para volar el otro barco, señalando uno de ellos que son inocentes mientras que los delincuentes tuvieron su oportunidad y la desaprovecharon. A pesar de que todos están de acuerdo, ninguno se atreve a detonar la bomba, no por empatía ni solidaridad, sino porque son unos cobardes que carecen de autodeterminación y que no se atreven a llevar a la práctica aquello que justifican.
En la película, Joker se puede ver como alguien muy manipulador y extraordinariamente inteligente que utiliza las debilidades de los demás en su contra, logrando corromper a las personas más puras, alguien sádico e imprevisible que pierde el sentido de la vida y cree que todos son malos, y en este sentido, causa a los demás el dolor que no es capaz de sentir, y no tiene punto débil porque no le importa nada ni nadie.
Ve en Batman un reto, ya que trata de romper las sólidas bases morales que tiene, y no le importa morir con tal de conseguir sus propósitos. Por ello, cuando Batman le arroja desde un edificio, aun sabiendo que va a morir al precipitarse al vacío, ríe a carcajadas porque sabe que si muere, Batman habrá roto su única barrera de no matar a nadie, porque marcaría un antes y un después, pero éste le rescata.
Previamente, Joker puso a Batman ante un dilema, ya que soportó que éste le agrediese para ganar tiempo y que sólo tuviese tiempo de elegir a una de las dos personas que iban a morir: la mujer a la que amaba o el fiscal que combatía eficazmente el crimen, y elige salvarla a ella, pero por crueldad miente con la dirección en la que ambos se encuentran. En este sentido, Joker forja a Dos Caras (un personaje trágico consumido por el odio y el deseo de venganza) en uno de los mejores monólogos de la película, convenciéndole de que se pase del lado del orden al del caos, para lo que no duda en mentirle al decirle que las bombas la colocaron los mafiosos y los policías corruptos y Batman y el comisario no fueron capaces de salvar a su amada.
En aquel diálogo, Joker hace una parte importante de su trabajo: captar adeptos para imponer su filosofía, señalando que es un agente del caos, que es lo que debe reinar, alterando el orden establecido porque nada de lo que sucede tiene sentido, apelando para convencer a Harvey Dent que siendo malo le van bien las cosas mientras que él ha caído en desgracia, motivo por el que sostiene que sólo se puede vivir sin principios, lo que denota una filosofía anarquista y nihilista.
Joker se define a lo largo de la película como “un perro rabioso que persigue a los coches”, pero es consciente de que para que haya caos debe haber un orden, algo que Batman representa, motivo por el que incluso le admira, ya que ve que tiene firmes principios y no es como los demás. Ve en él un reto, alguien que complementa sus propósitos, motivo por el que realmente no quiere matarle, disfrutando con que le persiga.
En la última película, dedicada específicamente al villano, se puede afirmar que la magistral interpretación de Joaquín Phoenix supone el más claro antecedente del Joker que interpretaba Heath Ledger, pudiéndose conectar ambos personajes, pues en este caso se puede apreciar a un personaje trágico con el que es fácil empatizar, pues en este caso se cumple la máxima del optimismo antropológico de Rousseau, que decía que “el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad le corrompe”, ya que se puede apreciar a un enfermo mental que sueña con ser humorista con el loable propósito de hacer reír y traer alegría al mundo, pero que un mal día enloquece como consecuencia de un cúmulo de acontecimientos, sacando lo peor de sí mismo, lo que demuestra que todos estamos expuestos a convertirnos en Joker si dejamos que nuestros malos pensamientos se apoderen de nosotros, algo que hizo que el protagonista se convirtiera en alguien con un instinto salvaje y mucha sed de sangre.
La clave que desencadena un monstruo imprevisible es una sociedad que no empatiza con él y le da la espalda, una crítica al individualismo extremo que conecta con el final de “Collateral” (2004), cuando Tom Cruise concluye diciendo: “Un tío se sube al metro y se muere, ¿crees que a alguien le importa?”. En el caso de Joker, sufre epilepsia gelástica, es decir, ataques de risa incontrolados sin razón aparente, lo que le abre la puerta a muchos problemas, a lo que se suma que pierde su trabajo, que le retiran la asistencia psiquiátrica que recibía, que el humorista al que admira le humilla en televisión y descubre que cuando era niño fue víctima de abusos sexuales por su padre sin que su madre hiciera nada por evitarlo. Su mundo se derrumba por un conjunto de acontecimientos que le enfurecen y le hacen enloquecer, algo que conecta con tres empleados de Thomas Wayne que tratan de agredirle en el metro por uno de sus ataques de risa cuando éstos tratan de acosar sexualmente a una chica, por lo que los mata en defensa propia cuando va vestido de payaso.
Los tres asesinatos que perpetra el protagonista dan lugar a un movimiento popular en su favor y en contra de los ricos, ya que aunque la película es en las formas una verdadera obra maestra, contiene un trasfondo moral sumamente peligroso desde un planteamiento neomarxista al partir de la generalización de que los ricos son egoístas por naturaleza y se desentienden de la situación de los pobres, a los que desprecian, sin hacer nada por ellos, algo que queda refutado no sólo por la realidad (no hay más que ver las donaciones de Amancio Ortega a Cáritas y a la Sanidad Pública) sino por la originaria historia de Batman, ya que el padre de éste era un filántropo que hizo mucho por mejorar las condiciones de vida de los desfavorecidos, pero en la película es representado como alguien detestable a ojos del espectador: un multimillonario arrogante que en su ego desmedido se presenta como candidato a alcalde y tacha a los pobres de “payasos”.
La película trata de resucitar la anacrónica de lucha de clases, teniendo como símbolo de la marginación a un personaje trágico que critica la doble moral de una sociedad que le da la espalda a quien lo necesita y que se preocupa por la muerte de tres ricos porque Thomas Wayne lloró por ellos, mientras que si él hubiese muerto, habrían pasado sobre su cadáver. No deja de resultar revelador el rostro de satisfacción que muestra cuando ve que es portada de los periódicos como autor de los asesinatos, ya que ve que tiene un lugar en el mundo, pues hasta entonces sentía que no le importaba a nadie.
Se convierte no sólo en un perfecto psicópata que no duda en reconocer en antena que es el autor del crimen, sino que se erige en el símbolo de los desheredados, invirtiendo la escala en un amago de revolución por el que cunde la anarquía y la ciudad está en llamas por los altercados mientras él disfruta con dicha escena. Lo que no deja de ser preocupante es que las clases populares glorifiquen y conviertan en un emblema a un asesino que disfruta matando y hace de ello un elemento de humor, demostrando que no son moralmente mejores que los ricos a los que despreciaban, trasladando un mensaje sumamente negativo sobre la condición humana, algo que se ilustra en un presentador que humilla a los demás para conseguir más audiencia porque todo está justificado y no hay límites.
A pesar de ser un personaje sádico que enloquece y pasa a considerar divertido lo que antes le desagradaba, la escena en la que acude al programa de Murray Franklin (interpretado de manera brillante por Robert de Niro) es toda una declaración de intenciones en la que hace una crítica social al señalar que los poderosos no se ponen en el lugar de la gente corriente, afirmando que todo el mundo es “basura”, algo que entronca con valores como la solidaridad, que en dicho contexto se ve claramente en declive, lo cual es a su vez una crítica al capitalismo salvaje para que aquellos que necesitan ayudan, los sectores más débiles de la sociedad, no queden descolgados ni excluidos. Cabe poner el broche a modo de conclusión con aquella confesión que Juan Pablo II hizo en privado al afirmar “ni Moscú ni Nueva York”.





