El pasado día 25, el joven Yasin Kanza, inmigrante ilegal marroquí objeto de una orden de expulsión desde junio de 2022, asesinó a machetazos al sacristán de la Iglesia de Nuestra Señora de la Palma de Algeciras, Diego Valencia, y herido gravemente al párroco de San Isidro, Antonio Rodríguez, y a tres feligreses más. El Gobierno no informó del suceso al presidente de la Junta de Andalucía ni al líder de la oposición y ha transmitido escasa, confusa y contradictoria información de lo ocurrido. El ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, comunicó que el autor del ataque había sido detenido. Como se acababa de abrir la investigación, no se conocían aún las circunstancias del caso y no se excluía ninguna hipótesis, aunque la policía tenía la impresión de que el atacante había actuado por su cuenta. Había que ser la cautos porque -según los informes sanitarios- el protagonista sufría problemas mentales. No obstante, el magistrado del juzgado n° 6 de la Audiencia Nacional, Joaquín Gadea, ha incoado un proceso por delitos de asesinato y lesiones con fines terroristas.
En una columna titulada “Por cristiano” publicada en “El Mundo”, Jorge Bustos se ha admirado del desparpajo con el que la brocha mediática ante el crimen machista es sustituida por el fino pincel ante el crimen islamista y, de que quienes apresuran el diagnóstico identitario en el caso de una mujer asesinada por el hecho de ser mujer, prefieran acudir a la sociología y a la salud mental del autor, antes que afirmar que un cristiano había sido asesinado por el hecho de ser cristiano. “Por si faltan pistas, los ataques ocurrieron en dos parroquias, un cura y tres feligreses también han resultado heridos, y el asesino era fan del Daesh en Facebook. Igual no hace falta llamar a Sherlock Holmes”.
Iñaki Ellakuría ha estimado que esta preocupación por la salud mental del buen islamista nunca existió con los asesinos de ETA, a los que se tachaba de fanáticos, sanguinarios o desalmados, pero nunca de ser producto de sus desequilibrios. Con el Islam, en cambio, insistimos en esquivar los hechos para seguir bajo el burka de la corrección política, porque -si la violencia etarra se gestaba en el nacionalismo vasco y la de las Brigadas Rojas en el comunismo- la violencia yihadista es una cuestión religiosa, obra de “un fundamentalismo que fomenta el racismo occidental, la misoginia, el odio al LGTBI… y que considera la sociedad libre como la casa del infiel que hay que eliminar”. La acobardada prudencia con la que Europa trata toda cuestión relacionada con el Islam -tan diferente a la libre despreocupación con la que se habla de otras religiones- queda expuesta de forma impúdica tras cada atentado yihadista en el que se buscan mil explicaciones para eludir el origen del problema: la interpretación integrista del Corán, que -a través del wahabismo y del salafismo- se ha convertido en el verso dominante.
Descripción de los hechos
La situación no está del todo clara, pero según los relatos de los medios de comunicación, los hechos fueron los siguientes. Kanza había entrado ilegalmente en 2019 en Gibraltar a bordo de una moto de agua y, tres días más tarde, fue expeditivamente devuelto a Marruecos. No se sabe cómo, entró en España, pero se afincó como “okupa” en un piso-patera de Algeciras, donde habitaba con otros tres compatriotas. Fue cuestionado por la policía, que comprobó que había entrado ilegalmente en España y estaba indocumentado, por lo que en junio de 2022 se le abrió un expediente de expulsión y hasta ahora, porque el “amigo” Marruecos no le facilitaba un salvoconducto para ser repatriado. Lo que en Gibraltar se resuelve en tres días, en España puede llevar meses y la apertura de un procedimiento de expulsión equivale a la concesión de un permiso de residencia “de facto”.
Kanza se fue radicalizando durante su estancia en España y tenía un comportamiento extraño. Abroncaba a las españolas que iban por la calle sin velo y a las árabes que no lo llevaban bien puesto. Esto provocó las sospechas de la policía y aquí la información recibida es contradictoria, pues unos dicen que era vigilado de cerca y otros que no se había tomado ninguna medida contra él porque carecía de antecedentes por terrorismo y tenía un domicilio. Las fuerzas de seguridad no recurrieron a los mecanismos legales que permiten controlar e incluso arrestar preventivamente a quienes den muestras de radicalización, y se dedicaba tranquilamente enviar mensajes por Whatsapp o por Facebook para exaltar al Daesh o hacer apología del yihadismo.
Sobre las seis de la tarde se trasladó a la iglesia de San Isidro, donde recriminó a varias feligresas por profesar una fe equivocada y les instó a que cambiaran de religión y se afiliaran al Islam, y se marchó profiriendo gritos y amenazas. Regresó una hora más tarde con un gran machete en una mano y un Corán en la otra, dio una cuchillada al párroco en el cuello e hirió a otras personas que acudieron en su defensa. De allí se marchó a la iglesia de La Palma, donde empezó a arrojar el suelo todo lo que había sobre el altar. Cuando el sacristán le recriminó por su conducta, le propinó una cuchillada y, cuando éste salió huyendo de la iglesia, lo persiguió y le asestó un machetazo mortal, al grito de “Vas a morir. Alá es grande” Después se puso a rezar arrodillado hasta que fue detenido por la policía sin oponer resistencia, mientras musitaba: “Se lo merecían”.
El ministro Marlaska se trasladó Algeciras desde Estocolmo y declaró que Kanza no estaba sometido a investigación por radicalización y solo se le había abierto un expediente de expulsión, que el presunto autor no mostraba un perfil de yihadista, y que tenía antecedentes de trastornos psiquiátricos. No está mal, pese a haber dicho que había que guardar cautela porque la investigación acababa de empezar. Marlaska elogió a las fuerzas de seguridad por la gran labor realizada, hoy aunque no creo que sea motivo de orgullo que una persona fichada por la policía, armado de una katana y profiriendo gritos, pudiera pasearse impunemente durante varias horas por el centro de Algeciras, visitar tres iglesias, matar a una persona y herir a otras cuatro. No se puede culpar de ello a las fuerzas de seguridad -infradotadas en personal e insuficientemente equipadas en una zona en la que los narcos imponen su ley-, sino a sus dirigentes, especialmente al peor ministro de Interior que ha tenido la democracia.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, expresó sus condolencias a los familiares del sacristán “fallecido” -como si hubiera sido a causa de un infarto-, y la Asociación de Víctimas “Dignidad y Justicia” -que ha solicitado ejercer la acusación popular- ha criticado que el Gobierno haya relativizado la gravedad de lo sucedido y resaltado la posibilidad de que fuera fruto del desequilibrio mental del marroquí. “Es un desprecio a las víctimas que el Gobierno oculte la dimensión terrorista del atentado por la inminente cumbre con Marruecos, y se limite a denominarlo ‘ataque’ y ‘fallecidos’ a los asesinados, con el fin de evitar tensiones con Marruecos”.
El secretario general de la Conferencia Episcopal Española, Francisco García Magán, ha condenado de forma absoluta el ataque de Algeciras, pero, aunque hubiera habido una motivación religiosa, el odio a la fe católica, no se podía ni se debía demonizar a ningún colectivo o grupo en general, ni identificar el terrorismo con ninguna religión. La Comisión Islámica de España ha expresado su pésame a las víctimas del ataque yihadista y su deseo de que no perturbe la paz social en Algeciras. “Ningún propósito justificaría jamás la comisión de un acto que conlleva arrebatar vidas humanas y es contrario a todo postulado religioso, sea cual fuere el credo en el que se pretenda escudar la persona que haya cometido esta abyecta acción”.
Declaraciones de Feijóo
El líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, ha declarado que, desde hace muchos siglos, no se ve a ningún cristiano matar en nombre de su religión, aunque hay otros pueblos que tienen a ciudadanos que sí lo hacen. El terrorismo islámico es un problema de toda la sociedad europea y debemos actuar de forma unida para hacerle frente. Hay problemas de integrismo islámico en distintos lugares del mundo, incluidos algunos países musulmanes, pero lo que había ocurrido no tenía nada que ver con la religión, y no se puede criminalizar a ninguna religión. “Una cosa es la religión y otra el fanatismo”.
El Gobierno se ha lanzado al degüello de Feijóo y azuzado a sus lebreles para desacreditarlo. La portavoz del Gobierno, Isabel Rodríguez, ha dicho que sus palabras se califican por sí solas, están fuera del respeto de todas las religiones, y “no se corresponden con las palabras de un partido político democrático que aspira a gobernar un país como el nuestro, que se ha caracterizado siempre por ser tolerante, que acoge la diversidad, respeta todas las religiones y creencias, y aboga por la tolerancia”. Es tan tolerante -digo yo- que gobierna con un partido que quiere abolir la Constitución, y se apoya en otros que promueven la desintegración de España o amparan el terrorismo etarra. En cuanto al respeto por las religiones, puede que respete el Islam, pero no cabe decir lo mismo del catolicismo.
Su portavoz mediático -“El País-” ha acusado a Feijóo de proclamar la superioridad de la religión católica sobre las demás religiones, -cosa que no ha hecho- y su teólogo de cabecera, Juan José Tamayo, ha manifestado que sus palabras demuestran ignorancia y olvido, y alimentan los discursos de odio contra la religión musulmana -cosa que tampoco es cierta-. No es mi intención actuar de abogado defensor del acusado -que no es especial santo de mi devoción-, sino de poner las cosas en su sitio. Las palabras de Feijóo podrán ser políticamente incorrectas o inoportunas en estos momentos, pero histórica y sociológicamente son del todo correctas.
Desde las Cruzadas, los cristianos no han matado a musulmanes por el mero hecho de serlo y las guerras entre los reinos cristianos y el imperio otomano no se realizaban por motivos ideológicos, sino por razones de poder. Incluso en las guerras europeas de religión, eran los cristianos -católicos y protestantes- los que se mataban entre sí. En cambio, el Islam nació con un sentimiento de hostilidad hacia el cristianismo, como se puede ver fácilmente leyendo el Corán, en cuya suras se preconiza la ”yihad”. “La yihad es ordenada a los musulmanes aunque les disguste”, “haced la yihad por Alá como Él se merece”, no obedeced a los infieles y hacer yihad contra ellos con toda la fuerza”, “si no marchan por el camino de Alá, atraparlos y matarlos donde quiera que los encontréis, “los infieles son para vosotros un enemigo declarado”, “infundiré el terror en los corazones de quienes no creen, ¡cortadles el cuello!”, “Dios hoy los castigará a manos vuestras”, “combatid con los infieles que tengáis cerca”, “a quienes combatieron y fueron muertos, los introduciré en los jardines por cuyos bajos fluyen arroyos, recompensa de Alá”, “a quien combatiendo por Alá sea muerto, le daremos una magnífica recompensa”…
El mensaje no puede ser más claro y no es precisamente en favor de la paz. El islamismo nació con un espíritu bélico, no solo contra los cristianos, sino también contra los propios musulmanes que no compartieran sus dogmas, situación que ha llegado hasta nuestros días, como se pone de manifiesto en Yemen, Irak o Bahrein. Los países más retrógrados del mundo – como Afganistán, Irán, Arabia Saudita o los países del Golfo- practican un islamismo agresivo que viola los derechos fundamentales y los principios básicos del Derecho Internacional. El liderazgo “moral’ del mundo musulmán se lo disputan a cañonazos -a través de aliados interpuestos- Arabia Saudita e Irán, a cuál más impresentable. La primera lidera, práctica y exporta el wahabismo sunita -radical y anticristiano- y financia los movimientos yihadistas más radicales -incluidos Al Qaeda y el Daesh-, y el segundo encabeza la corriente más radical del chiismo, que asesina a las mujeres por llevar el velo mal puesto o cuelga de una grúa a los homosexuales.
Porque el Corán no es solo el libro inspirador de una religión, sino un código de conducta reflejado en la Sharia,,una ley religioso-civil que se aplica a modo de Constitución y prevalece sobre cualquier otra norma. Occidente tolera, consiente y ampara los desafueros de Arabia Saudita -no así los de Irán-, y Rusia, China y el mundo comunista los del Califato de los Ayatohollas, porque -parafraseando a Francisco de Quevedo- “poderosos caballeros son Don hoy Petróleo y Don Gas”. En Arabia Saudita no puede producirse un atentado como el de Algeciras por la sencilla razón de que no hay iglesias cristianas ni sacerdotes, pues están ambos prohibidos. Financia mezquitas -como la de la M-30 en Madrid- y centros de estudios islámicos en los más recónditos rincones de España -como el existente en Puebla de Don Fadrique (Granada)-. Es una de las copatrocinadoras de la “Alianza de Civilizaciones”, junto con Turquía y con España (¿?). Sí, la España buenista de Zapatero y de Sánchez que hace con su candidez el más completo de los ridículos.
El trío lo completa Recep Tayip Erdogan,, quien -siendo alcalde de Estambul afirmó que ‘las mezquitas son nuestros cuarteles, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas y los creyentes nuestros soldados”. Este modelo de tolerancia acaba de reaccionar ante el lamentable gesto de un energúmeno sueco ultraderechista de quemar un Corán en Estocolmo, rasgándose la chilaba y vetando el ingreso de Suecia en la OTAN. ¿Qué habría hecho si el insensato hubiera asesinado a un “muezin”, y herido a un “mullah” y a varios creyentes en nombre de Jesucristo? ¿Qué debería hacer España -en opinión de Erdogan- tras el asesinato de Algeciras?
Los principales damnificados por la barbarie del yihadismo son los propios musulmanes, pero el peligro se ha extendido también a todo el Occidente con el incremento en la inmigración de fieles musulmanes y el fracaso de la integración de estos ciudadanos en países como Gran Bretaña, Francia, Bélgica o Alemania, especialmente de los componentes de la segunda generación ya nacidos en una Europa donde impera la democracia y rige la libertad de expresión y de culto. Los violentos son una ínfima minoría, pero cada día tienen mayor influencia en la comunidad musulmana; ante la pasividad de la mayoría y la connivencia de una minoría. Hay barrios en París, Manchester o Bruselas donde ya no se atreve a entrar la policía y desde donde se planifican atentados yihadistas.
Problemas de los inmigrantes musulmanes en Europa
Si el Corán ya exalta la “santa violencia”, la situación se agrava aún más con la interpretación sectaria y sesgada que de él hacen algunos mullahs indocumentados y fanáticos, siempre dispuestos a dictar “fatwas” condenando a muerte a los infieles, como en los casos de Salman Rushdie o de la revista “Charlie Hebdo”. En el Islam se produce el problema adicional de la inexistencia de una autoridad global que pueda sentar doctrina y guiar a los creyentes. Las prédicas inflamadas de algunos clérigos fanatizados impactan especialmente sobre los jóvenes, que se encuentran desarraigados y se consideran menospreciados por los países de acogimiento.
Preguntado sobre el tema, el profesor Xavier Torrens ha señalado que tan erróneo es decir que el terrorismo yihadista no tiene nada que ver con la religión musulmana, como afirmar que dicha religión es terrorista, pues no hay que confundir el todo con la parte. Es efectivamente un problema religioso, pues los propios integristas afirman que ellos son los auténticos musulmanes. El yihadismo es la ideología política que refleja el extremismo de los fundamentalistas, que hacen una interpretación integrista del Islam mediante un discurso de odio y prejuicios hacia Occidente, vulneran los derechos humanos y conculcan la democracia. El terrorismo yihadista es la violencia perpetrada por los islamistas radicales.
Según Carola García Calvo -autora de “Yihadismo y yihadistas en España: Quince años después del 11-M”- los jóvenes musulmanes de segunda generación sienten un sentido de agravio por cómo sus propias sociedades los tratan. Este sentimiento de no pertenencia a la sociedad en la que viven ni a la originaria de sus padres, lleva al inmigrante a dejarse manipular por las organizaciones yihadistas, que apelan a su identidad como musulmán. En opinión de Julia Kristeva, a falta de ideales, los jóvenes abrazan una forma de religión que no conocen suficientemente y adoptan de ella ciertos esquemas que les permiten sacrificarse por una causa, pensando que con ello alcanzarán el paraíso. Al llamar a la guerra santa, las autoridades musulmanas otorgan a la lucha armada un carácter religioso y hacen del Corán una auténtica arma de combate. Jóvenes como Kanza se han auto-convencido de que su misión en este mundo es luchar contra el Occidente cristiano que pretende aniquilar el Islam.
Para contrarrestar esta tendencia, es indispensable deslegitimar la pretendida justificación religiosa de las acciones yihadistas y poner en valor el tronco común “abrahánico” que tienen las tres religiones del Libro: El cristianismo, el islamismo y el judaísmo. El diálogo interreligioso resulta imperativo, pero uno de los problemas para llevarlo a cabo es la falta de interlocutores cualificados y con autoridad en el Islam, a diferencia de lo que ocurre en el cristianismo. El islamismo debe desterrar la inclinación yihadista y su complejo de persecución por parte de Occidente. Por lo general, los musulmanes -considerados individualmente- son ejemplares y dan ciento y raya a los cristianos en cuestiones como la oración, el ayuno o la limosna, pero -como colectivo- dejan bastante que desear, porque han convertido un texto religioso en un código cotidiano de conducta plasmado en la Sharia, que es contingente, variable y no inmutable, como si fuera parte del mensaje divino. Escrito a principios del siglo VII d.C., el Corán no ha conocido -como en el caso de la Biblia- un Nuevo Testamento que completara el Antiguo, un “nuevo Corán” que actualizara ciertas normas que no se adaptan ya a la realidad de los tiempos. En cualquier caso -y ante la escasa posibilidad de su ”aggionamiento”-, el texto no debe ser aplicado estricta y literalmente, como hacen el wahabismo o el chiismo “jomeiniano”, sino interpretado de manera más flexible y comprensiva, como preconizan la Escuela Coránica de Al-Athar o el Sufismo.
Ayaan Hirsi Ali , somalí refugiada en Países Bajos -donde ha sido diputada- y autora del libro “Reformemos el Islam”, ha afirmado que el Islam no es una religión de paz y que el Corán no se ha adaptado a los nuevos tiempos, ya que la idea de propagarlo a través del uso de la fuerza sigue estando con nosotros. Uno de los temas prioritarios tratados por Hirsi Ali es el de los inmigrantes musulmanes en Europa, cuya situación no solo depende de la actitud del país anfitrión, sino sobre todo de su propia conducta. Hay un problema de integración que no se ha logrado solucionar en ninguno de los países, pese a los distintos métodos intentados, por lo que habría que iniciar un proceso de transformación inmediato mediante la educación y una explicación motivada de las normas y valores del país de acogida, y -si los inmigrantes no los aceptaran- deberían regresar a sus países de origen. La autora estima que la situación mejoraría notablemente si los Estados receptores ofrecieran la oportunidad de acceder a Europa por motivos económicos y no solo políticos.
Concuerdo en buena medida con estas tesis. Es obvio que los inmigrantes tienen que adaptarse a los usos y costumbres de los países a los que acceden y respetar sus leyes, pero esto no resulta fácil para los musulmanes, porque la Sharia contiene disposiciones contrarias a las normas que rigen en Occidente, especialmente en materia de Derechos Humanos y en el trato de la mujer. Los inmigrantes de primera generación trataron de adaptarse a dichas normas y costumbres, y en buena medida lo consiguieron, pero sus sucesores se resisten a esta adaptación por sentirse menospreciados y discriminados. En un primer momento, pretendieron que se respetaran sus usos y costumbres -aunque no estuvieran de acuerdo con la normativa vigente- y se les diera un tratamiento diferencial. Algunos países han hecho concesiones y admitido la vigencia “de facto” de normas paralelas y contradictorias – con los consiguiente problemas que ello conlleva-, pero esto ya no les basta y exigen que sus normas particulares se apliquen “de iure” y “erga omnes”. Estas discrepancias han llevado a la creación de “ghetos” musulmanes en las principales urbes europeas, a la producción de incidentes en estos barrios que las autoridades locales no consiguen controlar, y a hacer inviable -o sumamente difícil- su integración armónica en la vida del país.
La situación en España no es tan grave como en Gran Bretaña, Francia, Bélgica o Alemania -quizás porque no haya tantos inmigrantes musulmanes o porque la sociedad española sea más tolerante-, pero ya empiezan a surgir problemas graves en Ceuta, Melilla, el sur de Andalucía y Cataluña. El problema es muy grave y el Gobierno no puede ignorarlo metiendo la cabeza debajo del ala, o restarle importancia para no tomar las medidas oportunas. Debería adoptar -de acuerdo con el principal partido de la oposición-una Política de Estado a medio y largo plazo, y un plan coherente que trate de buscar soluciones a problemas como los de regular el asilo y dar respuesta rápida y generosa a las demandas pendientes; fomentar la inmigración legal y controlada, en especial la procedentes de Iberoamérica y de Europa oriental; defender la integridad de sus fronteras, que son también las de la UE; aumentar la presencia de las fuerzas de seguridad en los puestos fronterizos más sensibles, equiparlas adecuadamente, darles instrucciones claras y precisas, y respaldarlas política y jurídicamente; rechazar el chantaje permanente de Marruecos, que utiliza, a sus emigrantes como bazas políticas, defender con firmeza la españolidad de Ceuta y de Melilla frente a las reivindicaciones marroquíes, y respetar las resoluciones de Naciones Unidas sobre el derecho del pueblo saharaui a la libre determinación; dejarse de actitudes demagógicas y no utilizar la inmigración para conseguir ventajas políticas; velar por el cumplimiento de las normas españolas por parte de los inmigrantes -especialmente las relativas a los derechos humanos-, vigilar las manifestaciones y las conductas de los “mullahs” defensores del islamismo yihadista, y controlar a los musulmanes radicales qué pudieran actuar como “lobos solitarios” o integrarse en comandos terroristas…
Nada de esto ha hecho el actual Gobierno, dando muestra de su incompetencia tanto en el ámbito político -con su absoluta sumisión a las exigencias de Marruecos-, como en el técnico -insuficiente normativa y defectuosa aplicación de las normas relativas a la inmigración y a la defensa de las fronteras de España-.





