Una deficiente formación entre los católicos respecto al dogma de la infalibilidad, y el cariño natural que nos genera la venerable figura del Papa, suele inducirnos a confundir el respeto debido hacia su persona y lo que representa, con algo muy diferente como es la «papolatría».
Ésta ha sido definida como, más que un error teológico, una actitud deformada que ve en el Papa, no al Vicario de Cristo en la Tierra con el cometido de transmitir íntegro y puro el depósito de la fe recibido, sino a un sucesor de Cristo que puede adaptar la doctrina de sus predecesores a los tiempos y circunstancias de cada pontífice.
Pero en realidad, lo que significa la infalibilidad papal es que cuando habla ex cátedra en cuestiones de fe y de moral, o a través del denominado Magisterio ordinario en comunión con los obispos, no puede equivocarse, al estar asistido por el Espíritu Santo, en cumplimiento de lo que Cristo prometió a Pedro como roca firme de su Iglesia.
Mas cuando expresa particulares pareceres en asuntos temporales de por sí discutibles, sus respetables opiniones carecen de infalibilidad. Y lo mismo sucede cuando opiniones papales vertidas en los medios, aun incidiendo sobre cuestiones fundamentales, se separan del criterio doctrinal que la Iglesia ha mantenido avalado en los Evangelios y en un firme Magisterio de dos mil años.
Evitar una creciente confusión entre estos dos ámbitos ayudaría a todos los católicos a mantener el respeto por el Papa, pero sin la necesidad de suscribir ciegamente cualquier declaración que éste deslice a cualquier interlocutor sobre cualquier materia en cualquier lugar, y que desgraciadamente no siempre son emitidas con la prudencia y rigurosidad que exigen tan alta responsabilidad, conociendo la inherente atención que conlleva cualquier palabra o gesto público que proceda de Su Santidad.





