Seguramente, a Ayuso le debamos dos, siempre y cuando sepa gestionar su victoria y sepa motivar a su partido para que tome las decisiones adecuadas. ¿Cuáles? Eso ya compete a los referidos, no es asunto mío.
Elevo a la categoría de deuda la fuga de Iglesias por lo que supone de vuelta a la normalidad en la vida de este país, España. Aunque le pese a algunos, no hay más país que este, con sus bondades y con sus defectos.
Iglesias aprovechó unas circunstancias propicias en un momento concreto para encaramarse en el vértice de la pirámide de los revolucionarios justos y luchadores y libertadores. La necesidad obliga: la gente lo creyó. Cuando digo aprovechó, le confiero al término toda la carga posible de falsedad y mentira, según hemos visto después. Cientos de miles de ciudadanos con la soga al cuello le compró el discurso -viejo discurso comunista- pero adornado con términos coloquiales y aparentemente sinceros que conectó con ellos. Iglesias se creyó un mesías, un libertador -¿quizá Simón Bolivar?– que alcanzaría el cielo para él y para los que le siguieron y sería presidente del gobierno de España y podría decidir, sin preguntar ni negociar con nadie, sobre la vida de la gente y de las instituciones del estado, sobre los derechos y libertades, sobre la vivienda, sobre la propiedad, sobre la educación… sobre todo lo que quisiera y se le antojara que para eso era el macho alfa de la democracia y del poder. Pensó, y se lo creyó, que podría llegar a una plaza cualquiera de una ciudad cualquiera, rodeado de sus sumisos edecanes, diciendo con su voz de frailecillo perdonavidas: ¡Exprópiese! ¡Exprópiese! ¡Ocúpese! ¡Ocúpese! ¡Requísese! ¡Requísese! Y tener a la sazón de su criterio y voluntad todos los subjuntivos reflexivos sobre cosas, derechos, organismos y personas. Y como estaba convencido de su afán mesiánico y de su autoridad moral magnánima e incontestable empezó a traspasar determinadas líneas rojas -rojas porque eran de sentido común para el común de los mortales-, y cuando hubo alguna protesta, o borró la línea o la cambió de color. Entonces, le adjudicaron el marquesado de Galapagar -también tuvo mala suerte Galapagar- y tocó el cielo, pero los abducidos por sus cantos de sirena siguieron mirando hacia arriba porque creyeron que después de hacer esos pinitos en el aire bajaría a por ellos para volver a subir juntos a lo más alto. Pero Iglesias, el comunista, el dueño de Vallecas, el hermano de los trabajadores más desfavorecidos, el inquisidor de los fascistas, el revolucionario que iba a abolir la casta, nunca bajó del cielo y su apariencia de mesías se desmoronó entre querellas, guardias civiles, matones a sueldo, residencias de ancianos, abrazos a terroristas y golpistas y señalamientos a jueces y periodistas. ¿Este era el revolucionario que robó el espíritu del 15M para cambiar la sociedad española a una sociedad más justa y democrática? Se olvidó de Gandi y se abrazó a Chaves y a Maduro. Atacó a los bancos, pero quería tener uno. Disfrutaba cuando apaleaban a los policías, pero tenía unas docenas de ellos protegiendo su casoplón.
No se puede ser un salvador de nada ni de nadie cuando en el fondo eres un aprovechado. No puede triunfar tu discurso cuando las postulados son falsos. Gandi consiguió la independencia de la India porque luchó con la no violencia. Aquello sí era verdad. Maduro sigue en el poder porque pisotea todos los días la democracia. Su idea de la justicia y de la libertad es mentira: hambre y cinco millones de exiliados.
Iglesias ha engañado a mucha gente falseando la realidad. Nos “besaba” con la palabra, pero nos escupía con la violencia de sus actos. Este es su legado: mentiras y violencia. Y la gente se ha dado cuenta -menos mal- y lo ha echado al este del Edén. Porque Iglesias no se ha ido, lo hemos echado. Bueno, Iglesias ha huido como los farsantes cuando han sido descubiertos.
Pero no nos engañemos, queda mucho por hacer. Sigue un Podemos descabezado, pero sigue. Sigue un Podemos con otro nombre: Más Madrid. Y, lo peor de todo, sigue el traidor Sánchez. Este no se irá ni huirá -tiene un manual de resistencia, el que le escribió una “negra”-, a este sí que habrá que echarle entre todos. Entonces habremos recuperado la ansiada normalidad.





