Aunque para definir a la especie humana, en términos antropológicos, acabó triunfando la expresión “Homo Sapiens”, bien podía haberlo hecho otra que también se propuso y que se emplea a veces: Homo Faber. El ser humano es el único que fabrica objetos. Y no ciertamente como el pájaro que construye su nido o las abejas el panal, por puro instinto y sin pensarlo, sino precisamente a fuerza de imaginación, y de ocurrencias, y de accidentes y fracasos… Herramientas, artilugios, y objetos para defenderse, para hacer la vida más cómoda y también por puro adorno. El ser humano fabrica cosas.
Uno de los hechos más notables de nuestra vida cotidiana, y que resultaría increíble en cualquier otra época, es, en medio de la fiebre de consumismo al estilo comunista que vivimos, el absoluto desprecio a los objetos materiales, tangibles, que resulten bellos o curiosos.
¿Alguien regala a un adulto, hoy día, un objeto físico palpable?
Obviamente esto tiene su explicación. Primero ocurrió la invasión de bazares chinos, hace más de veinte años, que trajo consigo una devaluación de miles de objetos que antes podían considerarse valiosos; se produjo la saturación absoluta del mercado de “cosas” (complementos, objetos de adorno). En las viviendas falta espacio; resulta más indicativo de status presentar amplios espacios vacíos que abarrotados de cosas.
Y luego llegó el “comprar por Internet”. Obviamente, resulta trasnochado el regalar un objeto físico, que no va sino a estorbar y hasta molestar, cuando cada uno puede adquirir, sin moverse de su sitio, exactamente lo que quiera. Muy, muy pequeño tiene que ser un niño para contentarse con un objeto tangible; ha quedado obsoleto.
Se siguen haciendo regalos, muchos, y se multiplican las ocasiones de los mismos. Pero desde hace mucho es raro, sobre todo en ocasiones muy destacadas, que el regalo sea un objeto palpable. Se regalan viajes, almuerzos, experiencias de spa. O bien, el regalador paga la cuenta de un abrigo o unos zapatos, pero yendo también el agasajado, y hecha la compra sin misterio alguno. “Los regalos hoy son compras”, dijo alguien ya en el turno del milenio.
Si bien este proceso de pérdida de encanto de los objetos bellos y curiosos resulta, como hemos dicho, perfectamente comprensible –la saturación del mercado, el universal acceso a compras por Internet, la escasez de espacio, todo se aúna-, no obstante… también se añaden algunos elementos no tan lógicos y que deben ser de lamentar.
“La gente tiene de todo, cada uno se compra lo que quiere, regalar un objeto ya no es sino un estorbo que quita espacio en una casa”, son argumentos en pro de regalar, cuando la ocasión lo requiere, un viaje o una “experiencia”. Pero, si lo pensamos… hoy día también, gracias a las enormes facilidades, pues cada uno viaja adonde quiere y se reserva las cenas o los spas que le apetezcan. Si el objeto ocupa espacio, el viaje o el espectáculo absorbe un tiempo que acaso uno querría dedicar a otra cosa, e involucra a la persona entera; resulta muchísimo más invasivo.
Si se hacen regalos palpables, son de tipo utilitario: ropa, o los cada vez más abundantes regalos gastronómicos. (“Los regalos son compras”).
Si bien contra ciertas cosas no podemos luchar – jamás conseguiremos que vuelva a “hacer ilusión” un pequeño objeto decorativo “recuerdo de tal ciudad”, pues sonaría casi patético- contra otras sí debemos defendernos. A saber: el dejarnos convencer de que lo “guay” es el minimalismo de los espacios vacíos, que el ansia de consumo debe dirigirse a renovar los baños y cocinas cada dos años, pero deshacerse de viejas cosas como el reloj de cuco de la abuela para no parecer catetos; hay que tener muchas experiencias, y espectáculos y viajes y masajes, y comer y comer y comer, pero, ¡oh!, conservar un recuerdo o comprar postales para guardarlas, eso “hace mucho daño al planeta”.
Conmueve ver en los museos de Historia Antigua, junto a hallazgos extraordinarios tipo el tesoro del Carambolo, también los miles y miles de pequeños objetos cotidianos que aparecen; las vasijas, las pulseras y collares y estatuitas, como las de barro egipcias que representan los distintos oficios, que no cumplen una función ritual sino que son como juguetes.
Juguetes; adornos; manualidades… Objetos curiosos, no utilitarios, realizados por puro entretenimiento y adorno; que traen mil connotaciones.
Todavía habrá quien suelte el trasnochado sermón, que podía ser válido para otras épocas de que “no hay que tenerle apego a las cosas”.
En nuestra época corremos el peligro contrario. Le tenemos un desaforado apego a la seguridad y a la comodidad y a la alimentación y a la salud y a las cocinas nuevas… y estamos totalmente desapegados de los humildes objetos manuales.
Por el camino hemos perdido algo importante que formaba parte de nuestra condición humana.
Homo Faber





