Perdonen el «lapsus» (o sea, la mentira, el bulo, la patraña), pero Brigadas de Paracaidistas de la Base de San Javier y la División Acorazada Brunete se disponían ya a minimizar el clima de desafección hacia el Gobierno ante las críticas que se habían desatado en las redes sociales por el desconfinamiento de niños para pasear por farmacias, supermercados y bancos…
– «Hola. ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Mascarillas, jarabe para la tos, aspirinas…?»
– «Naaah…, no se preocupe; sólo hemos venido a pasear al crío. Nos quedaremos trasteando entre los champúes contra la caspa y los cepillos de dientes y después nos vamos».
Para que luego diga Marlaska que en las redes sólo corren bulos peligrosos. Bastó menos de una hora de sentido común inundando los pasillos de TT y FB para pergeñarle a este disparate de Consejo de Ministros la primera acción sensata que adopta desde que prometieron sus cargos como escolares que estrenaran estuche de rotuladores nuevos. Sólo aciertan cuando se retractan. Y no del todo.
A estas alturas el Gobierno podría empezar a acumular más puntos que el Barça de Guardiola sólo con derogar una a una todas las intenciones de su programa antes del coronavirus.
– «Suspendemos sine die la ley de los piropos (aplausos)… Retiramos para siempre el proyecto de ley de eutanasia (gritos de entusiasmo)… Derogamos la ley de consumo contra el plástico de los donuts (jolgorio enardecido)… Se acabó implementar el programa de abrir fosas de la guerra (ovación cerrada)… Eliminamos la necesidad de subir impuestos (fervorín colosal)…»
Si dimitiera el Gobierno en pleno ahora, el país entero se echaría a la calle a celebrarlo y las chicas besarían a los marineros en mitad de las plazas y Sánchez acumularía tales muestras de entusiasmo que ni George S. Patton en su desfile de vuelta a casa al terminar la II Gran Guerra.
A quien parece obvio que hay que llevar de la mano a una farmacia es al ministro de Sanidad, porque no sabe ni comprar esparadrapo. Al ministro le han robado la cartera del dinero público ya tres veces y válgame San Pedro que la pasta no sólo se la han debido quedar los chinos, sino los intermediarios del 3% que señalaba Maragall antes del alzheimer.
El ministro no sabe contar los muertos que lleva ocasionados (la mayoría de los casi 25.000 le son imputables a su inepcia y a su negligencia). Empezó a perder la cuenta a partir del 8-M, pero también se le ha olvidado el nombre del intermediario que nos estafa como Tony Leblanc y Manolo Gómez Bur en «Los tramposos».
El portal de la transparencia del Gobierno de España ha dejado de funcionar temporalmente, como en esas pelis en las que Tom Cruise interrumpe las cámaras de vigilancia el lapso necesario para entrar en la cámara acorazada y salir huyendo con el tesoro.
Pero el ministro es más pazguato y más torpe que Antonio Ozores en el timo de la estampita y nos entretiene la espera con sus juegos malabares de los test que nunca hizo, que nunca recibió, que nunca ha hecho.
Un millón, dijo hace 2 semanas que se habían efectuado, pero los sanitarios de toda España baten records de contagio sin haberlos visto ni en pintura y en el Cuartel General de la Guardia Civil, más de la cuarta parte de la tropa y oficialidad de la calle Guzmán el Bueno de Madrid y cinco Generales de Brigada (la cúpula entera del Cuerpo), yacen infectados.
Alentados por Sánchez, todos los ministros y ministras mienten a uña de caballo, pero lo del ministro Illa es honoris causa y un cum laude.
Sánchez juró y le hizo jurar al catalufo que se hacían a ritmo de 15 o 20.000 por día, lo que arroja, en el mejor de los casos, una cifra de 140.000 por semana; o sea, 700.000 cada cinco semanas. Pero en mitad de la cuarta semana de alarma y alarmismo, el ministro perjuraba que iban ya por el millón de test realizados. Y todo igual de mal disfrazado.
Mientras tanto, Alemania, con 5.000 muertos y los niños volviendo a las escuelas, registraba 500.000 test cada 7 días.
¿Y no les da vergüenza? No, nada de eso. Ahí los tienen, chuleando a los héroes de la primera línea de batalla y a una nación entera privada de sus derechos más elementales y secuestrada en sus casas con las morgues atravesadas de cadáveres como una Hiroshima socialista, un Chernobyl del PSOE y Podemos.
Los laboratorios españoles continúan exportando al mundo los reactivos que aquí el Mando Único no les compra y el alcalde de Estepona encarga los PCR más fiables del planeta en Suiza e instala una carpa en mitad del pueblo para secuenciar a sus vecinos. Y los ministros de progreso, en Babia y amontonando fallecidos como en un enorme Paracuellos multiplicado.
Según se acerca la hora de la «desescalada», a los ministros del socialcomunismo les reverdece la pulsión inevitable del autoritarismo y creen que a capricho pueden liberar a los más pequeños para que sus progenitores A o B les lleven a los únicos centros de contagio que aún permanecen activos por pura supervivencia nuestra: farmacias, supermercados, bancos…
Menos mal que las casas de lenocinio no fueron declaradas servicios esenciales, con la buena acogida que habría tenido la medida al menos entre parte de la militancia del PSOE-A.
En otros países, por ejemplo EE.UU. o Alemania, el encierro ha sido voluntario. Una mera recomendación de sus gobiernos bastó y sigue permitido salir a pasear o a hacer un poco de deporte manteniendo las distancias.
En cambio, aquí, sin saber para qué servía decretar el Mando Único, Sánchez lo ha utilizado para ejercitarse en un caligulismo de prosopopeya hueca: «L’Etat c’est moi».
Y es que un zurdo narcisista y lleno de complejos jamás apela a la responsabilidad de nadie ni confía en la democracia de los ciudadanos; simplemente, le teme al pueblo e impone sus caprichos por decreto.
Un comunista, un peronista o un bolivariano no se fía nunca de un vecino porque no se fía ni de sí mismo: sabe hasta qué límite de burradas es capaz de llegar él mismo. El gulag y la autoridad de un juez sin auctoritas alguna como jardín necesario para la tranquilidad y reposo de su utopía igualitaria colectiva.
Dicho sea por esta vez en su descargo, las muertes masivas no responden en esta ocasión a un plan, sino a todo lo contrario. Nunca, en ningún momento, Sánchez tuvo un plan. Y así seguimos.
He dicho.





