Esto siempre desata controversia, pero ha de entenderse la frase al completo, puesto que se trata de un sistema, de un modelo, que se reviste indudablemente de todas las prendas que dan forma a una religión y se apoya en ella, pero va mucho más allá, porque regula la vida privada (comida, vestimenta, miradas, maneras de relacionarse con los demás y con Dios, etc.) pero también la vida pública de todos sus miembros, y aspira de forma inexorable a un sistema de gobierno ignominioso e infame que incumple las más elementales normas de respeto a la vida y hacia el resto de miembros de la tribu, ciudad, país o grupo humano.
Allá donde el Islam es la ‘religión’ común o mayoritaria sólo pueden suceder dos cosas: o se aplica la ‘sharia’ o ley islámica para todos los aspectos de la vida o la religión está sojuzgada y sometida por la fuerza a lo que dicte la autoridad político-militar. No se conoce un sólo país musulmán donde si la religión impera sin control estricto de la autoridad civil y militar no haya desembocado necesariamente en teocracia islamista.
Volviendo al principio, quienes piensen que el Islam es sólo y apenas una religión (aunque invasiva, racista y excluyente hasta extremos irreparables, ya se ha dicho) tendrían que hacérselo mirar y estudiar en profundidad el asunto para encontrar las contradicciones de cuanto dicen.
Desde luego que no hay algo llamado Islam separado de los musulmanes, aunque sí es cierto, por supuesto, que musulmanes los hay de muchos tipos: prudentes, más o menos laicos o seculares, descreídos, fanáticos…, pero hay muchas cosas importantes que les unen y que les hacen presa y víctimas de sí mismos. Incluso quienes no lo practican, a menudo se ven prisioneros de su entorno, incapaces de desenvolverse con un mínimo grado de lo que los occidentales entendemos por libertad.
Así pues, repito, el Islam no es sólo una religión. Es también una cultura, un modo de entender la manera de relacionarse con el mundo y con los demás que impone y exige obligaciones perversas y desastrosas.
Tampoco es cierto, como han repetido numerosas veces muchos líderes occidentales, que el Islam sea una religión de paz (el término Islam significa ‘sumisión’) y ponen como ejemplo la existencia de pacíficos ciudadanos musulmanes en sus respectivas sociedades. Esto último es sin duda cierto, pero la primera afirmación es falsa, errónea de principio a fin.
A veces, como he dicho, los musulmanes son poco practicantes, seculares, descreídos o lo que se quiera y han aprendido a amar otros valores por encima de aquellos o simplemente tienen una visión de su religiosidad más íntima y personal, pero eso no permite negar que en sí mismo y conceptualmente, el islam, en cuanto doctrina, es venenoso, asesino, cruel, racista, excluyente, ignominioso, una afrenta para el ser humano…
También en otras ocasiones muchos musulmanes, dentro o fuera de su respectivo país, en según qué circunstancias, practican la taqiyya, que es una manera de ocultar lo que se es hasta tanto no se produzcan las condiciones favorables o de temor necesarias para asumir el Islam en su total dimensión.
En todo caso, el Islam no es una religión que pueda separarse fácilmente ni hoy por hoy de todo lo que conlleva como sistema de gobierno, regulación de la vida privada, imposición en la vida pública, etc. y conviene conocer algunos apuntes esenciales para comprender mejor lo que digo.
El sustento primordial del Islam es el Corán, que es una recopilación un tanto caprichosa (enseguida diré por qué) de la ‘palabra revelada por Dios’ a Mahoma a través del arcángel San Gabriel.
Una parte del Corán, la de las suras, está ordenada según la extensión de sus textos (o sea, por tamaños, de mayor a menor, exceptuando la primera sura), lo cual no quiere decir que sea ese el orden en que le fueron ‘reveladas’ a Mahoma. Sin embargo, el orden cronológico es esencial para entender uno de los grandes problemas de ese texto, puesto que, según consta en las propias palabras del Corán, o sea, las de Mahoma, o sea las del arcángel, o sea, las de Dios, las suras que fueron dictadas o reveladas más tarde en el tiempo anulan a las reveladas con anterioridad, de forma que una sura corrige o elimina el sentido de una que fue dictada antes, la cual, a su vez, puede encontrarse situada muy atrás en el libro sagrado. Ni siquiera hay acuerdo completo en cuál sea el orden cronológico adecuado.
Esto hace que para interpretar jurídicamente el Corán de manera correcta se necesiten doctores, imames, mulahs o ayatolas…, estudiosos de la interpretación y aplicación de las enseñanzas para cada caso más o menos análogo. Y el cacao es de órdago. Así, la llamada «sura de la espada», que ordena rebanar el cuello a los infieles, se encuentra hacia el final cronológico de las revelaciones, de modo que ésta es la que predomina y prevalece sobre todas las misericordias y piedades proclamadas en las suras previas cronológicamente hablando… Grave problema.
Me salto ahora hablar sobre la Sunna, que es una segunda recopilación, pero esta vez de enseñanzas e interpretaciones a lo largo de varios siglos, que servirían para ampliar la exégesis de las suras, estas sí, la palabra de Dios.
Pero acabo de mencionar la interpretación «jurídica» (sic) del Corán…, algo esencial, porque nótese que hablamos de un texto con valor jurídico salido «de Dios» y no sólo dirigido a la espiritualidad del ser humano, sino a la regulación de todos y cada uno de sus actos cotidianos y además de forma netamente invasiva.
Para colmo, añado ahora, hay que mencionar al menos una división capital entre el Islam sunita y el chiíta, sin necesidad de entrar en materia escatológica ni espiritual, pero sí en lo que se refiere a la manera de organización interna de ambas facciones, que define en gran medida su aplicación.
En el Islam suní no existe una prevalencia jerárquica necesaria o imprescindible, es de tipo horizontal, salvo cuando existe la presencia de un Califa, a quien se le reconocen todos los poderes terrenales como enviado de Dios y máximo guía espiritual. Para los suníes, por tanto, cualquier curita apestoso rodeado de cabras en un monte puede dictar una fatwa conforme a su interpretación del Corán para un caso concreto y de inmediato se convierte en norma de obligado cumplimiento para todo aquel que desee aceptar su autoridad. Nada pasa si no desea hacerlo así.
De este modo, cualquier idiota puede dictar que se lapide a alguien, por ejemplo, por blasfemo. Y su comunidad, si lo desea, lo aceptará como una ley insoslayable. Puede que en la comunidad de al lado, el muláh de turno piense un poco o muy diferente de aquél.
En el chiísmo, por su parte, la jerarquía es vertical y sus ayatolás constituyen una pirámide que hay que obedecer e imponer mediante diktat a todo el grupo a través de los severos organismos que la componen de arriba abajo. Al menos de este modo tienes a alguien con la posición suficiente para sentarte a negociar algún aspecto o desacuerdo.
Pero vayamos al meollo… Habitualmente utilizamos dos términos, islámico e islamista, para referirnos a practicantes de una religión y a los extremistas que además de practicarla la imponen mediante el uso del miedo, la amenaza y la fuerza.
Sin embargo, para quienes piensan que una cosa es el islamismo y otra lo islámico, conviene explicar de dónde procede esa creencia, puesto que la mayoría de las mejores universidades norteamericanas se financian actualmente en parte con fondos de las Petromonarquías a cambio de incluir en ellas algún departamento de estudios árabes.
Es en esas escuelas de élite donde han implantado esa soberanamente falsa idea que repetían Bush y Obama, haciéndole creer al mundo que hay un Islam bueno y otro malo. Y en puridad no es así ni puede serlo, ya que, por definición y, sobre todo, por propia exigencia doctrinal, el Islam es sólo uno, igual que Dios es sólo uno, lo cual es una enseñanza esencial o capital del Islam que es completamente irreductible y que niega de raíz las afirmaciones de los ilustres presidentes de EE.UU y de todos sus equipos de asesores al respecto, así como la ingenua creencia tan extendida en Occidente.
Repito, esto sí, que hay musulmanes y prácticas de muchos tipos, pero el Islam es sólo UNO… y no puede haber más porque ontológicamente el propio Islam lo impide y lo niega, a sangre y fuego si es preciso.
Más allá de todo esto que digo, existen, como todos sabemos, sectas más fanáticas, estrictas o salvajes en la aplicación e interpretación de la norma jurídica y espiritual, ya sea en Siria, Irak, Afganistán, Pakistán, Qatar, etc.; o más místicas (sufíes, a la manera de monjes dedicados a la meditación); o más relajadas, anárquicas y fuera de la norma, como son, en general, algunas de las formas practicadas en parte del África negra…
Así, por ejemplo, durante la guerra de Afganistán conocimos la capacidad del ISIS para imponer mediante una fatwa de un presunto califa autonombrado bajo el nombre de Al-Baghdadi, la necesidad de que todas las niñas y mujeres entre 4 y 49 años sean sometidas a la ablación, disparate ‘moruno’ del que no se tenían noticias ni siquiera en Arabia Saudí, que es, por cierto, una rama rigorista del Islam surgida en el siglo XVIII, no más, y que en muchos sentidos, paradójicamente, constituye una ‘modernidad’ que consiste en volver a las raíces más antiguas de un islam arcaico.
El grupo palestino de Hamás, por citar un caso, pertenece a las ramas sunitas próximas al ISIS que no dudarían en imponer a su población en Palestina los máximos rigores que vemos en otros sitios. Y es a esos a los que apoya el progresismo europeo en nombre de una tolerancia inexplicable.
Por supuesto que hay muchos millones de musulmanes que no practican ni defienden esto, pero a menudo se ven impelidos, en ocasiones por miedo, es cierto, pero en otras por simple prudencia ante los riesgos y vuelcos de parte de su población, a callar, a silenciar, a guardar las formas y maneras, y, en definitiva, a acatar toda la barbarie que arrastra consigo una religión que, ya se ha dicho, no es ante todo ni sobre todo, ni en exclusiva, una religión, sino otras muchas cosas.





