Ayer publiqué un chiste de cuernos que circula por ahí: los cuernos de la Infanta doña Cristina de Borbón. Algunos se sintieron ofendidos, y me recordaron que no se deben hacer chistes de la vida personal. Que si aquello del árbol caído, que si hay casos peores en Podemos, que si la Infanta merece un respeto, que si la vida personal es intocable, etcétera, etcétera, etcétera. Lo mismo me sucedió hace un año (pero al revés) cuando hice un chiste sobre los posibles cuernos de Irene Montero: entonces, los incomodados por el chiste de hoy se mondaban de la risa. Y los que ahora se ríen de la Infanta de Naranja se incomodaron entonces por mentar a Irene Montero. Esto es España: hasta para tratar los cuernos hay que tener en cuenta los sentimientos patrios: rojos frente a azules; azules frente a rojos.
Hoy, las risas y los reproches han cambiado de bando; pero voy a reproducir la respuesta que di entonces a los podemitas enfadados. Que es la misma –por cierto– que doy ahora a los ofendiditos actuales. Ahí va:
«Los cuernos son tan antiguos como la vida misma, ya que incluso las bacterias ponen cuernos a los bacterios. Y no te digo nada de la antigüedad de los chistes sobre cuernos. Algunos pensarán que fue el humorista Arévalo quien los puso de moda. Los chistes, digo. No los cuernos. Pero no. Se sabe con seguridad que al poderoso Julio César le hacían pintadas jocosas en las callejas de Roma aludiendo a las prácticas sexuales de su mujer, la cual aprovechaba las largas ausencias de Julio (siempre conquistando Galias) para ponerse mirando hacia Cuenca y solazarse con lindos efebos. Aquel estadista tenía más cuernos que un saco de caracoles. De hecho, cada vez que el César volvía de la guerra, debían los arquitectos elevar los umbrales de las puertas. Era eso, o estamparse con los cuernos. Y que se sepa, jamás ejecutaron a nadie en la Roma de don Julio por hacer chascarrillos sobre los cuernos del César. Y mira que César era bruto. Y Bruto mató a Julio César.
A mí me gustan los chistes de cuernos. No lo puedo remediar. De hecho, si mi mujer se escapase con otro, yo me marcharía con ellos en calidad de adoptado. La pena es que, con esta Nueva Sección Femenina del siglo XXI, uno tenga que afiliarse a la AESCOPAMAR para contar un chiste.
La AESCOPAMAR es la Asociación de Escritores que se la Cogen con Papel de Fumar, y nació a raíz del enorme predicamento que va adquiriendo la ANO, que es la Asociación Nacional de Ofendiditos, conocida en tiempos de Franco como LIMOBUCO (“Liga de la Moralidad y de las Buenas Costumbres”).
Hoy en día, si cuentas en España un chiste de tartamudos, te puedes buscar un problema. Por eso los cuento yo: por-por-por-por-porque me encantan los problemas. Y me encanta la libertad.
Aquí, en la España de 2021, salvo que dirijas la sátira a alguien de Telecinco, está mal visto el humor. Y no digamos un chiste sobre la ligereza sexual o un simple cuerno. Te arriesgas a que te azoten hasta sangrar.
Aquí, en la España de 2019, unas chicas muy feministas procesionaron en plena Semana Santa la imagen del Santo Coño. Y toda la izquierda dijo que eso era un canto a la libertad. ¿Y no puedo yo contar un chiste blanco sobre los POSIBLES cuernos de una famosa política?
Aquí, en la España de 2018, el actor Willy To Lerdo se cagó en Dios y en la Virgen, y la izquierda defendió lo buenísima que era la susodicha defecación. ¿Y no puedo yo contar un chiste blanco sobre los POSIBLES cuernos de una famosa política?
Aquí, en la España de 2015, un concejal de Podemos hizo un chiste sobre el número de hebreos que cabrían en el cenicero de un coche. Y la izquierda dijo que era humor negro, pero del bueno. ¿Y no puedo yo contar un chiste blanco sobre los POSIBLES cuernos de una famosa política?
No hay nada tan tétrico como la censura. Mejor dicho, sí lo hay: es la censura hipócrita, moralista, santurrona, franquista, mojigata, beaturrona y sexofóbica procedente de la Nueva Inquisición de la Sección Femenina, de aquella que hace malos a don Fernando Esteso y a don Andrés Pajares, de la que saca del contexto histórico los chistes de gasolinera del humorista Arévalo, de la que lanza pestes de doña Lina Morgan, de la que se siente ofendida por don Paco Martínez Soria, y de la que no tiene ni pajolera idea sobre quiénes fueron, y qué significaron, don Manolo Vega, don Paco Gandía, el catalán don Eugenio, don Wenceslao Fernández Flores, don Pedro Muñoz Seca, don Miguel Mihura y don Álvaro de la Iglesia.
Que en cuestiones de humor y de censura, en 2021, estemos peor que en tiempos de Julio César, es para cortarse las venas. O para dejárselas largas. Ya no sé. Pero todo este asunto de la cara de vinagre cuando te cuentan un chiste tiene una sencilla explicación: se origina cuando una parte de tus convecinos se adueña de las palabras, las saca de su contexto histórico, las retuerce, las vomita y las impone a los demás con un sentido ofensivo, maligno o pecaminoso que no poseían. Ése es el fondo de la cuestión: el acostumbramiento social a un engañoso neolenguaje que nos encorseta a todos, nos confunde y nos priva de la libertad.
Los personajes públicos no sólo están ahí para recibir privilegios e incienso. En el cargo va la carga. Y a veces la carga es un chiste. Y mientras España no sea Corea del Norte, me permitirán ustedes que haga de mi capa un sayo y me ría de quien me salga de los huevos».
Firmado:
Juan Manuel Jimenez Muñoz
Médico y Cornólogo.





