El entorno nos condiciona a la hora de escribir, y resulta difícil aislarse del ambiente que nos rodea cuando nos invita a redactar unas líneas sobre la semana santa, en su momento, sobre la feria, como hace poco, o, como en el primer fin de semana de mayo, sobre el día de la madre, pero en esta ocasión no es la festividad más o menos comercial para algunos lo que me mueve a ello, sino una invitación a expresar públicamente el agradecimiento a la persona que me dio la vida y a quien aún puedo disfrutar como un regalo hasta el presente.
Al echar por un momento la vista atrás hasta donde alcanza mi memoria, contemplo a una mujer alta y guapa, alegre hasta el punto de recordarla siempre cantando coplas de Concha Piquer o Juanita Reina, mientras hacía las faenas domésticas; con su porte elegante me animaba en mis primeros días de colegio en el Luisa de Marillac de la calle Socorro y se transformaba en una leona ante los niños mayores que se atrevieran a ponerme una mano encima.
Me parece mentira que aún recuerde el placer que sentía al quedarme dormido en su regazo cuando el sueño me vencía y aún no había llegado la hora de irnos a casa allá donde estuviéramos, así como el perfume que aún tengo grabado en mi memoria como algo único y especial. Hay dos momentos que tengo grabados a fuego y en los que me agarré a su mano como si mi vida dependiera de ello: la inundación del Tamarguillo en noviembre de 1961, cuando desde el balcón de la calle Butrón veíamos a las familias ir de un lado para otro conforme el agua se acercaba desde la calle Gallos, y la caída de la avioneta de la operación Clavel en la actual avenida de Kansas City, dos semanas después, corriendo hasta llegar a casa entre las vías del tren de lo que hoy es Santa Justa, huyendo de aquel escenario de gritos y humo.
Los años fueron pasando y conforme me pesaba la responsabilidad de primogénito que siempre me ha acompañado, ella era el bálsamo que me ayudaba a afrontar los nuevos retos, la mejor abogada defensora, que siempre encontraba argumentos que justificaran mis errores, que no fueron pocos; rompeolas de severas reprimendas paternas y paño de lágrimas de mis desconsuelos ante esos desengaños que te van forjando como persona y van haciendo que madures.
Dicen que los niños no obedecemos, sino que imitamos, y de ella aprendí el amor a los padres en la ancianidad. La cercanía a mis abuelos maternos (los paternos fallecieron antes de mi nacimiento) me permitió vivir sus últimos días con un cariño que sólo los abuelos pueden dar y eso se lo debo a tantas jornadas en que, como buena hija, me dio ejemplo de abnegación cuando más la necesitaban.
Como en todo matrimonio, en el de mis padres hubo momentos de crisis, pero en todos venció el perdón, una vez pidiéndolo, y otras concediéndolo. Si el amor se mide por la capacidad de perdonar, de ambos progenitores recibí la mejor escuela para la vida.
En lo que podía me ayudaba, habiendo salido del colegio con diez años, su formación era autodidacta, y en lo que no, invocaba al que Todo lo Puede: aún me parece ver gastadas las cuentas de su rosario mientras me enfrentaba a aquellos exámenes de Micro o Macroeconomía que me parecían el Everest de todas las pruebas.
Siempre admiré su generosidad y sus dotes para administrar lo poco o mucho que tuviéramos. Era habitual que algún amigo mío o de mis hermanos viniera con nosotros de vacaciones, y siempre sabía encontrar la forma de no tirar nunca restos de comida. Cuando tenía, no le sobraba, y cuando no tenía, nunca nos faltaba.
Supo cortar los restos que pudieran quedar del cordón umbilical cuando llegó mi boda y ha sido siempre un ejemplo de prudencia, hasta el punto de convertirse en la mayoría de las ocasiones en la mejor aliada de mi esposa, y así hasta ser una bisabuela nonagenaria que disfruta tocando las castañuelas y se alegra cuando ganan tanto el Sevillafc como el Real Betis, porque como siempre me ha dicho, hay que ser sevillano antes que sevillista, y es que siempre ha sido un poquito más del equipo de Nervión.
Sería interminable la lista de motivos para agradecerle todo lo que me ha dado a lo largo de su dilatada vida, cual río que ya se va acercando al mar de la eternidad, pero hay algo por lo que nunca podría pagarle lo suficiente: la transmisión de la fe, ese tesoro que se convierte en roca donde apoyarse ante los avatares de la vida, verdadero don de Dios que he tenido la gracia de recibir a través de ella, y también de mi padre, pero materializado en sus tres devociones: Gran Poder, Esperanza Macarena y santa Ángela de la Cruz. Por todo ello y por muchas más cosas, gracias mamá. Feliz día de la madre.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Precioso artículo, Alberto.
Qué suerte poder disfrutar aún de tu madre.
Disfrútala el tiempo que aún le quede con vosotros.