Hubo un tiempo en que para hablar de comer había que saber comer; parece una perogrullada, pero también hubo un tiempo en que para ser famoso convenía haber hecho algo. Todo aquello pasó.
Ahora tenemos al foodie. El gastroenterado.
Los foodies —o influencers gastronómicos, que suena más a profesión— pululan por las redes buscando hamburguesas y raciones del tamaño de un Seat Panda. No comen: retransmiten. Plantan el móvil delante del plato y empieza el parte:
—«Mirad qué barbaridad».
Y aparece un costillar de kilo y medio chorreando salsa, sostenido en alto como si hubieran encontrado el tesoro de un galeón en el Guadalquivir.
Para esta gente la gastronomía se mide al peso. Todo ha de ser enorme, relleno, gratinado y, a ser posible, rematado con alguna cosa que no pegue ni con cola. La tortilla lleva carrillada, cheddar, torreznos y una bengala. Ya puestos, que salga la banda de cornetas.
Luego viene la cata. Abre la boca, pega el bocado, mastica ante la cámara y sentencia:
—«Está brutal».
Y ahí termina Brillat-Savarin.
Josep Pla era capaz de encontrar medio Mediterráneo en una sardina; Camba escribió que la cocina francesa era «la literatura de la alimentación»; Néstor Luján sabía que detrás de un plato había historia, geografía y memoria; Neville hacía literatura de una sobremesa. Y Álvaro Cunqueiro, en La cocina cristiana de Occidente, escribió de comer como quien habla del paisaje, de las estaciones y de la vida. Aquella gente había comido, leído y viajado antes de ponerse a opinar. Qué manía.
El gastroenterado lo ha simplificado bastante: «brutal», «locura» y «espectáculo».
También entiende de vinos, claro. Te descubre algún «riojita» de la parte de Cádiz o Sevilla, una «manzanilla de Lebrija» o algún Jerez que marida, sin despeinarse, con un aliño cargado de vinagre. Pecado mortal. El vinagre entra por una banda y el vino por la otra, dos mercancías de frente por la misma vía; pero él entorna los ojos y dice que «funciona increíble». Hace falta un confesor. Y un profesor de geografía.
Después enseña la cuenta, con solemnidad de acta notarial. Aunque muchas veces paga poco, no paga o paga otro. Detrás de aquel espontáneo que «acaba de descubrir un sitio increíble» suele haber invitación, colaboración, agencia y hasta manager.
Hay foodies con representante; como un futbolista o una folclórica. Imagino al agente negociando dos reels, tres historias, mesa buena, postre y derechos de imagen del cachopo. Hemos llegado al punto en que hace falta intermediario para comerse seis croquetas.
No son críticos; un crítico puede decir que algo está malo y eso fastidia el negocio. Son anuncios con aparato digestivo.
Pero tienen utilidad: nos indican dónde no ir.
Si el plato pesa dos kilos, lleva cheddar hasta en la servilleta, chorrea salsa color butano y alguien grita «¡esto es una locura!», aquello no es gastronomía.
Es una gastroenteritis patrocinada por Sal de Frutas ENO.
No pregunte por el sumiller.
Pregunte por el 061.
El gastroenterado no recomienda restaurantes.
Señala víctimas.





