En el tiempo en que estuve como diputado en el Parlamento de Andalucía, entre 2020 y 2022, tuve la oportunidad de viajar varias veces a las plazas de soberanía española en el norte de África. Entonces pude comprobar hasta qué punto Ceuta y Melilla son ciudades prácticamente andaluzas, llenas de encanto, muy agradables para vivir, pero extremadamente frágiles.
En ambas ciudades conocí a varios compañeros de VOX que, como Casandra en la Troya clásica, ya advertían por activa y por pasiva de lo que podía pasar y se ha concretado en este mes de agosto en Ceuta. Porque se están dando allí todos los ingredientes para que el estatus de las ciudades que todos hemos conocido desaparezca en pocos meses. En concreto tenemos:
- Un gobierno marroquí expansionista que no se esconde para reclamar la anexión de territorios españoles que nunca le pertenecieron.
- Unas tácticas marroquíes, ya consolidadas, de utilizar a su población como ariete para ocupar territorios ajenos, como ya hicieron exitosamente en la Marcha Verde.
- Unas fronteras terrestres ridículas, por las que se puede pasar como Pedro por su casa.
- Una ideología islamista que es esencialmente conquistadora y que pretende recuperar Al-Ándalus.
- Un importantísimo lobby pro-marroquí en Bruselas y en Madrid formado por muchos e influyentes políticos fundamentalmente del PSOE, pero también del PP. Aquí el fantasma de la alta traición sobrevuela a ojos vista.
- Una izquierda antieuropea (Mélenchon, Irene Montero…) obsesionada con traer más y más inmigrantes del tercer mundo a nuestros países, a ver si así pueden hacer la “revolución pendiente” que no parece interesar a los europeos.
- Una maraña de ONGs bien subvencionadas con los impuestos de los españoles que están haciendo el agosto colaborando con las mafias que trafican con seres humanos.
- Una legión de beatos y meapilas que por razones humanitarias y sentimentales colabora con la invasión, creyendo que así son buenos samaritanos, nada racistas.
- Una inmensa masa de “moderaditos” a los que no les preocupa que entren inmigrantes por los aeropuertos o en patera siempre que lo hagan poco a poco y con disimulo, pero que se indignan de que lo hagan en masa. Entre ellos tenemos al alcalde ceutí, Juan Jesús Vivas, ese señor con aspecto de abuelito adorable que gobierna en coalición con socialistas e islamistas.
Si no se produce una expulsión inmediata de los invasores que han tomado la ciudad, el destino de Ceuta es convertirse en un híbrido entre un campo de refugiados saharauis y la franja de Gaza. Tal vez por ello, el gobierno español lo que quiere es traspasarlos a todos a la península cuanto antes. Pero eso hará que vengan más por el famoso “efecto llamada”. Ya me dirán ustedes la perspectiva que les queda a los ceutíes de criar allí una familia, cuando el Estado no les garantiza no ya unos servicios mínimos, sino ni siquiera la seguridad.
Unos y otros están preparando una cesión de soberanía (¿cosoberanía?), como ya han sugerido sutilmente personajes como Ángel Víctor Torres o Javier Pérez Royo.
Entre tontos, aprovechados, traidores y malvados nos están llevando al precipicio.





