Españoles en América. Un tema al que soy especialmente sensible por motivos familiares (un tío abuelo se marchó a República Dominicana tras el llamamiento de su gobierno a maestros y profesores españoles ante la falta de docentes y las buenas condiciones económicas que se ofertaban, una hija letrada ejerce como abogada en un despacho de abogados de Nueva York, …) y, llamémosle, sentimentales, ante los continuos ataques de la leyenda negra y todos los exabruptos que el movimiento woke ha vomitado sobre nuestra Historia en aquel continente.
Contar todos los episodios que jalonan los siglos en los que consideramos virreinatos los territorios americanos sobrepasaría ampliamente este capítulo, pero hoy quiero referirles uno que probablemente desconozcan, como yo hasta hace unas semanas y que considero digno de ser contado para general conocimiento.
Poco se ha hablado de la emigración española a América a finales del siglo XIX y principios del XX. Mientras Hollywood nos ha inundado de películas que narran historias de irlandeses e italianos, no recuerdo ninguna que se refiera al barrio Little Spain, que lo hubo en Nueva York, en el East River; de los 8.000 españoles que se embarcaron en Gibraltar rumbo a Hawai entre 1907 y 1913 rumbo a las plantaciones de azúcar; de que el primer juez hispano de Nueva York era de Bilbao; de Prudencio Unanue y Carolina Casals, fundadores de Goya Foods, la mayor empresa de comestibles latinos de Estados Unidos, que aún existe…
Entre 1880 y 1930 emigraron a América más de cuatro millones de españoles, algunos de ellos acabaron combatiendo en Europa formando parte del ejército estadounidense en la Primera Guerra Mundial. En esos cincuenta años viajó allí el doble de españoles que desde 1492 a 1880.
En 1906 las obras del canal de Panamá estaban atascadas. El primer intento de construirlo fue de los franceses en 1880 y duró casi veinte años. Al final vendieron sus derechos de construcción a Estados Unidos por 40 millones de dólares cuando ya iniciado el siglo XX, Panamá se independizó de Colombia merced a la invasión naval estadounidense de 1903 bajo el gobierno de Theodore Roosvelt, para así asegurarse este país la construcción del Canal tras un premeditado acuerdo con la oligarquía política de la época.
El ingeniero jefe, John Stevens, se desesperaba al ver como los trabajadores antillanos apenas podían sostenerse en pie, derrengados y diezmados por las enfermedades (malaria, cólera y fiebre amarilla).”¡Traigan gallegos!” fue la orden que dio a la empresa para poder continuar, animado por el buen hacer que estos trabajadores habían realizado en las vías ferroviarias de Cuba, tras sernos arrebatadas en 1898.
El fenotipo era muy parecido en todos ellos: flacos, morenos… Trabajaban en cuadrillas en las que se conocían desde niños, habían crecido en las mismas aldeas y habían emigrado juntos. Aquello debió ser un infierno: marismas malolientes, llenas de mosquitos, lluvias tropicales, acarreando piedras como para levantar veinte veces las pirámides de Egipto. Como nos refiere el periodista Carlos Manuel Sánchez, un historiador dijo de esta obra grandiosa era “la mayor licencia que se había tomado el hombre con la naturaleza”.
La financiación corría a cargo del presupuesto americano y de la banca J.P. Morgan, que, de camino, vislumbró la posibilidad de contar con un paraíso fiscal en el trópico. La mano de obra la puso Galicia, máxime cuando la fama de los gallegos llegó a oídos del presidente norteamericano, que pidió más de lo mismo. Al fin y al cabo les salían baratos, pues les pagaban lo mismo que a los negros.
Se creó una oficina de reclutamiento en Europa, se pusieron anuncios y se enviaron cientos de agentes a los pueblos de Galicia, donde llegaban con folletos y promesas de que volverían ricos, y los animaban a embarcarse en Vigo con rumbo a Centroamércia. Así se fueron excavando los 82 kilómetros de zanja navegable que unirían el Atlántico con El Pacífico. De los casi 9.000 gallegos y más o menos 3.000 de otras regiones españolas, unos 500 murieron en el tajo.
El canal se inauguró en agosto de 1914, recién iniciada la Primera Guerra Mundial, motivo por el que no hubo celebraciones y la historia que les he referido ha salido a la luz gracias a la labor de un investigador gallego.
Aquellos esforzados y laboriosos españoles trabajaron pro mundi beneficio, para beneficio del mundo, reciben por fin un postrero homenaje con una escultura a su memoria en una avenida marítima de la ciudad de Panamá, e hicieron bueno los versos del poeta Bernardo López García.
Desde la cumbre bravía
que el sol indio torna sola,
hasta el África que inmola
sus hijos en torpe guerra.
¡no hay un puñado de tierra
sin una tumba española!
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Excelente artículo , una obra grandiosa que cambió las rutas del comercio marítimo. Si los españoles pidiesen su valía … más somos conformistas y cortos de recursos propios que han ido desapareciendo desde nuestra época dorada .
Gracias Alberto por tus informaciones !!
Un cordial saludo