La presidencia de Macron ha tenido como elemento positivo la mejora de la economía francesa, reduciendo la presión fiscal para dinamizarla al suprimir el Impuesto de Patrimonio y reducir el de Sociedades como las cotizaciones sociales, flexibilizando de manera paralela el mercado laboral, lo que ha dado lugar a que Francia sea uno de los países que más crece de la Unión Europea (un 7 % en 2021) y presente la tasa de paro más baja desde 2008, que a lo largo de la legislatura se ha reducido del 9.5 al 7 %, consecuencia del giro al liberalismo de la nación gala, el mismo que en 2007 prometió Sarkozy pero estuvo muy lejos de llevarlo a la práctica, lo que consolida a Macron como el presidente más liberal y reformista de la V República Francesa, lo cual no es un logro menor habida cuenta de que un representante del Partido Conservador británico como Boris Johnson (teóricamente más a la derecha que un centrista como Macron), está aplicando políticas socialdemócratas que han disparado la presión fiscal a sus niveles más altos en 70 años, con una fuerte subida del salario mínimo y las cotizaciones sociales, con efectos perniciosos sobre el empleo.
Macron ha aplicado una política económica de centro-derecha muy similar a la que propugnan Los Republicanos, que, para diferenciarse del presidente centrista han adoptado un tono más duro en materia de seguridad, que se ha convertido en la principal preocupación de los franceses ante la mejora de la economía, que ha pasado a ocupar un discreto segundo plano. En este sentido resulta curioso que el mismo Macron que exigió a Albert Rivera en su día que aplicase un cordón sanitario contra VOX, ahora copie sus fórmulas al reforzar el control de fronteras, llegando a acusar a Le Pen de ser blanda contra el fundamentalismo islámico.
Si bien es cierto que Macron es un claro exponente del globalismo, que ha tratado que el aborto sea reconocido como derecho por la ONU y ha impuesto el liberticida pasaporte Co-Vid, no lo es menos que es mejor que Ciudadanos en varios aspectos, ya que está impulsando la construcción de nuevas centrales nucleares para reducir la dependencia energética, algo en lo que coincide toda la derecha en Francia mientras que en España esta razonable postura es defendida por VOX en solitario, del mismo modo que en materia de inmigración ha impulsado una política más restrictiva, en la que los flujos de población extranjera dependan de las necesidades de la economía nacional, atendiendo a la formación y experiencia profesional de los inmigrantes que llegan al país, una postura realista muy distinta de la que esgrimía cuando concurrió a las urnas cinco años atrás, rectificando oportunistamente a golpe de encuestas por el ascenso de Le Pen en las urnas. Cabe añadir que, a diferencia del partido de Arrimadas, se opone a la eutanasia, algo que es menester enfatizar, ya que los naranjas se dedican a repartir el carné de liberal y le negaron dicha condición a quienes votaron en contra de su legalizarla en el Congreso, de modo que según su criterio se da la paradoja de que los pro-etarras de Bildu son liberales, pero aquel que presentaron como su gran referente internacional no lo es.
La gran novedad de estas elecciones es la candidatura de Zemmor, que ha conseguido un hito antes impensable al romper el dique de contención que la denominada derecha republicana impuso contra el viejo Frente Nacional al reunir bajo una misma candidatura a sectores antagónicos que vienen del lepenismo como de Los Republicanos, de la derecha católica de la Manif pour Tous a los identitarios y lo ha conseguido dando de manera coherente la batalla de las ideas frente a las tesis de la izquierda en claro contraste con una oportunista Marine Le Pen que asume sus tesis por la imperiosa necesidad de ganarse la aprobación de sus adversarios políticos ante el lastre de su apellido y de su padre. En este sentido, y a diferencia de la campaña de 2017, ya no promete derogar el matrimonio homosexual y aunque ha renunciado a su referéndum para la salida de la Unión Europea, sigue propugnando una forma de sustitución de la UE por una especie de Alianza de Naciones Europeas, ya que en la práctica quiere una renegociación total de las condiciones para la permanencia en la Unión, siendo uno de sus requisitos clave la salida del euro para recuperar la soberanía monetaria y que los franceses se financien a bajos tipos de interés, lo que aumentaría sustancialmente la deuda y generaría una nueva burbuja, a lo que se suma la fuga masiva de capitales del país que generaría la vuelta al franco. Por contra, Zemmour es mucho más realista, ya que defiende una Unión Europea subsidiaria que actúe como cooperación de Estados, la misma postura que defendió Fillon en 2017.
Si bien es cierto que Le Pen y Zemmour se centran en materias como la seguridad y la inmigración (donde presentan importantes coincidencias), hay una diferencia notable dentro de sus discursos, ya que Le Pen hace a su vez una de sus principales banderas las políticas sociales con una apelación directa a las clases populares (que capitaliza en su mayoría) en aras de erigirse como la representante de un populismo nacionalista que ha tendido a denominarse “chovinismo de bienestar”, abogando por medidas contraproducentes como nuevos impuestos a las grandes empresas, lo cual ahuyentaría la inversión extranjera al hacer perder al país competitividad, espantando a la derecha (que en buena parte podría ser su electorado potencial), mientras que Zemmour la atrae al ser mucho más liberal en el plano económico.
A pesar de las enormes ventajas que ofrece la candidatura de Zemmour, no por ello deja de presentar sombras como su negativa a derogar el aborto y el matrimonio homosexual, llegando a considerar (en línea con Macron) el aborto como un derecha, del mismo modo que trata de sacar a Francia de la estructura militar de la OTAN, lo cual daría lugar a que dejase de ser visto como un aliado fiable, llevándole al aislamiento internacional, un escenario desalentador pero menos que el que se produciría si Le Pen fuese presidenta, ya que su política exterior estaría condicionada por Putin, que financió su partido por medio de bancos públicos rusos (por tanto, dependientes de su gobierno), motivo por el que no le haría frente si como anuncian los medios de comunicación oficiales de Moscú se decide atacara su siguiente objetivo: un socio de la OTAN como Polonia.
La postura de Zemmour (al igual que la de Le Pen) es, a mi juicio, demasiado extremista en materia de inmigración, ya que a diferencia de VOX no se opone únicamente a la inmigración ilegal sino también a la legal, señalando como objetivo a alcanzar la inmigración cero, un planteamiento perjudicial incluso para su propio país, ya que quedarían sin cubrir los puestos de trabajo que requieran cualificaciones que no se encuentren en Francia, de modo que en esta materia me parece mucho más razonable la postura de la Francia en Pie de Dupont-Aignan, que apuesta por combatir la inmigración ilegal pero dicho partido, desafortunadamente, cosecha resultados muy residuales.
A pesar de los planteamientos maximalistas de Le Pen y Zemmour en materia migratoria, se debe reconocer que, de no ser por ellos, y en especial por el ascenso de Le Pen en las encuestas, Macron no habría dado un giro a la derecha en su política y los problemas del francés medio derivados de la creciente inseguridad, la islamización, la proliferación de guetos y el fracaso del multiculturalismo, hubiesen sido silenciados desde arriba en aras de la corrección política.
El panorama político francés, de cara a las urnas, presenta semejanzas con el de otros países: al igual que Polonia, para encontrar a la izquierda hay que irse al quinto partido (que es la Francia Insumisa de Mélenchon), con un escenario en el que el centro y la derecha (Macron, Le Pen, Zemmour y Pécresse) representan a dos tercios del electorado frente al 10 % de la izquierda (PSF, PCF y Francia Insumisa). Al igual que Grecia, el socialismo francés se ha hundido por completo de manera análoga a un PASOK que ahora es séptima fuerza política y que ni siquiera se presenta en solitario sino dentro de la coalición KINAL, sólo que, a diferencia del país heleno, en Francia se ha derribado el bipartidismo de las últimas cuatro décadas, que ha sido sustituido por nuevos actores. Por último, la candidatura de Zemmour guarda un cierto paralelismo con la de Trump en Estados Unidos, cuando se dijo que estaba aliado con los Clinton para acabar con el Partido Republicano desde dentro, ya que de manera análoga se dice que Zemmour ha emergido para dividir a la derecha francesa frenando el ascenso de Le Pen al verse en peligro la reelección de Macron.
Si Le Pen no logra desbancar a Macron de la presidencia, cosechará tres derrotas electorales, lo que hará que aumente la presión para que deje el liderazgo de su partido, estando su sobrina Marion Maréchal en una posición privilegiada para asumirlo en su lugar, en cuyo caso podría unificar con Zemmour en un único núcleo político a la verdadera derecha, con posibilidades de hacerse con el gobierno y superar el techo electoral de Marine Le Pen, agrupando a empresarios y obreros al combinar elementos liberales y proteccionistas.





