Tras sobrevivir milagrosamente a una feroz tuberculosis que le obligó a abandonar el monasterio, don Justo Gallego sintió la hondísima necesidad de mostrar su agradecimiento a Su Creador por seguir vivo.
En sus años de monje aprendió que Fray Prudencio no pasó de hermano lego, pero que a Fray Perseverar lo designaron Abad. Así que su mente pergeñó una iniciativa tan peregrina como ilusionante: “Voy a construir una Catedral en mi pueblo, Mejorada del Campo”.
¿Quién dijo miedo? Con materiales de desecho y más Fe que Abraham y Mahoma juntos, se puso a materializar su sueño a base de jarabe de constancia, quedándose los inspectores de Castilla y León de pasta de boniato al verificar la solidez de sus estructuras.
Después de 60 años sin parar ni para tomar impulso, don Justo moría al pie del cañón de mortero en el que preparaba la mezcla para rematar el baptisterio. Con las botas puestas que murió, sí señor. Genio y figura.
Le tengo gran simpatía porque algo sabe una también de prórrogas vitales concedidas por El De Arriba.
Por un error médico nací con discapacidad.
Para que puedan hacerse una idea, la llegada de esta menda al mundo vino a ser como si su ordenador sufre un cortocircuito de película de guerra y se pega un cebollazo contra el suelo a modo Titanic tragándose el iceberg, rompiéndosele la pantalla y el soporte para mantenerlo en pie, yéndose al garete sus adornos y florituras y quedándose sus cables pelados al aire. Pero funcionando.
Algo así me ocurrió. Mi madre rompió aguas en el hospital y, en vez de practicarle de inmediato una cesárea y sacarme aunque fuera tirándome de los pelos, se ordenó que me mantuvieran en su vientre durante doce días, doce, comiéndome todo el marrón (nunca mejor dicho), lo cual me provocó una falta de oxigenación de órdago.
Pero supongo que Mi Creador debería tenerme reservada alguna misión y aquí estoy. Mi discapacidad es de un 98%, tengo parálisis cerebral, soy usuaria de silla de ruedas, no puedo valerme de brazos ni piernas y requiero de asistencia para actos cotidianos como vestirme, lavarme, comer… Completita que es una, ¿no les parece? Lo que me faltó fue tener una muela picada. ¡Cachis la mar…! En fin, en otra vida será …
En cualquier caso, esta incidencia (por hablar fisnamente) afectó a mi sistema motórico pero dejó indemne el cognitivo, que el coco de servidora rula como una moto.
Y usando la inteligencia concluyo que más vale reírse de uno mismo, como dijo el sabio. Y es que, nos quejemos o no, nos van a pagar igual y estoy segura de que así me entenderán los amigos rocieros: Virgencita que me quede como estoy.
Funcionando. Con más tiros pegaos que la bandera del tercio. Pero funcionando. Como su equipo informático tras el lechón que se endiñó y cortocircuitado.
Organizando, creando, opinando, reivindicando accesibilidad y guerra dando, llorando y riendo (procurando siempre inclinar la balanza hacia esto último) … En una palabra: viviendo.
Aprendí desde niña que mediante el agradecimiento y la serena aceptación de cuanto nos acontece llegamos a intuir el misterio que todo lo envuelve, y que existe Alguien Muy Grande Allá Arriba, que sostiene nuestra existencia y nos hace partícipes en la creación de un mundo fraterno y humano.
Y que la más sincera oración consiste en vivir lo más plenamente posible, jugando con descaro las cartas que nos hayan tocado en suerte, faroles incluidos que es preceptivo marcarse cuando la ocasión lo requiere.
Reconozco que, sabiendo que en este ámbito tengo ventaja, me encanta aventurar mis naipes en la baraja de la discapacidad, porque sé que juego en campo propio. Que hay que ser malévola, je, je …
En cualquier caso, todos estamos llamados, en el día a día, a emular al Hermano Justo en su constancia, con ideales de Quijote y pies en el suelo para hacer la tediosa compra del mes y pagar la hipoteca. Porque todos, lo sepamos o no, estamos pringados en faena, construyendo nuestra Catedral.
Podrá ser material, con despojos reciclables y cámaras de bicicleta, como la del amigo Justo. O también espiritual, embarcándonos en un sueño de infinitos horizontes. Pero créanme que el motor de todo, el que sujeta andamios y poleas y baluartes es el Amor con mayúscula. La Misericordia de Nuestro Altísimo con sus manos enormes.
Lo sé de veras. Cuando la espiche no todo serán palmaditas en la espalda de San Pedro. Algún que otro broncazo celestial me llevaré porque tal día me hice la remolona, o miré mal a no sé quien, o me salté una cola haciéndome la sueca y valiéndome de la silla de ruedas y echándole morro al tema.
No obstante, tengo preparada mi defensa. Le pediré que se de una vueltecita por la Catedral de servidora. Sí, es cierto. Hay paredes desconchadas y alguna que otra cristalera está más guarra que la oreja de un manco. Pero el cura que entre en ella para predicar tendrá que arremangarse y hacerlo en lengua de signos. Con los misales en lectura fácil y en sistema Braille. Y estando al liquindoy de que no haya ni una triste barrera arquitectónica.
Es decir: que mi Catedral es accesible, Excelentísimo San Pedro, ilustre boquera del Cielo con las llaves en la faltriquera. A disposición de cualquier querubín sordo, o con discapacidad intelectual, o invidente, o con movilidad reducida.
Y ahí le he dao. Que abrirá el dintel celestial y me permitirá acceder al paraíso. Quizá a regañadientes. Pero abrirá y entraré.
Les animo a ustedes a batirse el cobre y darle caña al palaustre, sea cual sea la Catedral en la que se estén dejando el alma. Fuerza y al curro, que su Catedral no se la saltará un gitano y Dios alquila el mundo a los valientes, como aquel que dijo.
Y permítanme, por último, que me meta a contramano de la indicación de la Comisión Europea y que les felicite estas fiestas como El De Arriba Manda: FELIZ NAVIDAD.
Rocío De Los Reyes Machuca
Embajadora del Consejo Español para la Defensa de la Discapacidad y la Dependencia en Andalucía (CEDDD-A)





