Opino que no hay nadie entre los votantes ‘civiles’ del PP (algunos habrá con cargo) que comulgue con ninguna de las mamarrachadas del género y otras imbecilidades interconectadas que en los últimos veinte años ha inventado e impuesto la izquierda a modo de trinchera o como una quema de naves para taparles la retirada de este escenario.
Son los políticos populares (no sus votantes) los que dicen no pero hacen sí (o dicen sí pero hacen no, según el caso) para confluir en un presunto espacio demoscópico, que yo creo inventado, en el que sienten que se ahorran un conflicto, una fricción, y de paso se suman a las corrientes globalistas onusinas y de la agenda veinte-treinta (el 30-30 era el nombre de la carabina usada por los descamisados de la revolución mexicana hace cien años), creyendo ampliar con ello su propio espectro de votantes, porque al menos evitan con ello los pequeños y medianos incendios e improperios que la molicie ciega de las huestes feminoides les acarrea de cuando en vez.
O sea, prefieren el perfil bajo (tal vez excepto Ayuso y poco más) para eludir esa confrontación que creen estéril y ese no-debate que representa una línea roja (nunca mejor dicho) que el progre les ha colocado por detrás para que no «escapen» del recinto ideológico delirante que les obligue a dejarse hacer de todo, o casi todo, sin pelearlo.
El objetivo es no entrar en colisión, cosa que de todas formas es un imposible y se ha demostrado ineficaz, como puede verse en cada convocatoria del 8-M, donde hasta los representantes de C’s son escupidos e insultados a pesar de sus esfuerzos como de neoconversos que quisieran hacerse perdonar algún pecado original inexistente.
Vox dice que no, que no es aceptable tragar con esa imposición del porque sí o porque yo lo valgo de esa izquierda irredenta y empercochada que se inventa cordilleras en un monte de Venus, ni siquiera por electoralismos o demoscopias, así que sostiene que ha de prevalecer la razón y el empirismo, no la brujería y la fe en los neodogmas y postulados que el wokismo y la posmodernidad se han inventado como estrategia de chantaje y amedrentamiento… O sea, la batalla cultural.
Así las cosas, lo que se avecina puede ser muy duro, porque Vox les ha absorbido el aire a todos (también a la izquierda) en forma de un buen saco de votos y les amedrenta en las encuestas y hasta les merodea en los resultados, lo que azuza al zurdismo a vapulear al PP si sus políticos no zarandean a Vox, pues saben que los reclamos social-comunistas y sus admoniciones no hacen mella alguna en el votante de Vox, vengan del PSOE y menos aún de Podemos y del resto de excrecencias, así que pretenden que sea el PP el ariete y quien se plante para ofrecer esa batalla, hasta que se queme en ella si es preciso, en el vano ejercicio de demonizar a votantes que de todos modos provienen de su propio electorado.
Lo hemos visto en Cataluña, donde han puesto a prueba ese engendro durante los últimos meses y la nueva estrategia ha consistido en arrinconar no a Vox (de quien ni siquiera leen sus propuestas en el Parlament) y contra quienes nada logran, salvo hacerlos crecer con sus absurdas medidas y delirios, sino contra el PP, lo que en breve les conducirá a elevar una propuesta-trampa que consistirá en el compromiso de que el PP no pacte nunca nada con Vox en ningún ámbito, pero a cambio de… ¡nada!
Porque esta es la verdad, la contra propuesta del PSOE no contiene nada, ni siquiera una promesa ni aceptarles de hecho y de derecho en la ‘melange’ feminoide, ni tampoco cabe esperar una posición de Estado ni un pacto fiable cuando Sánchez ya no ocupe la Moncloa. Lo que persigue el zurdismo es muy simple: o te alejas de la amenaza de pactar con Vox y obtienes mayorías absolutas a pelo y por tu cuenta mientras yo pacto hasta con ‘los hijos de Putin’ o a la primera ocasión (Andalucía) te incendio el edificio y si hace falta nos inmolamos todos en la pira.
Esto mismo es lo que ya hizo el socialismo de Largo Caballero e Indalecio Prieto con sus advertencias bolcheviques y pistoleras (y sabemos cómo acabó aquello), pero también se lo vimos hacer a Sánchez con Rajoy, al que sin venir a cuento en un debate calificó de «presidente indigno» y luego aprovechó los trenes baratos y a un grupo de traidores del PNV (perdón por la redundancia) y hasta de C’s para apearlo en una moción de censura que rayó en la ilegalidad e incurrió en la ilegitimidad manifiesta a base mentiras.
El rajoyismo fue acusado entonces de comportarse como un ‘piernas’ y de plegarse a todas las conveniencias que sus augures de la demoscopia le aconsejaron. Tampoco combatió la propaganda burda y zafia progre y guardó en el cajón sus promesas de derogar leyes estrepitosas aprobadas por el zapaterismo, incluyendo aquella Ley Orgánica 1/2004 que contó en su día también con los votos del PP y que tanto daño lleva causado y tanto presupuesto lleva envilecido. Recuérdese que sobre esa misma cosa, con el PP con mayoría absoluta, se avino a firmar un pacto de Estado sobre la violencia de género y tampoco eso les ha librado de los escupitajos.
Es la condición del escorpión, hasta la muerte. Pero también la rana seguirá siendo rana. Pinta feo, muy feo.
He dicho.






1 Comment
José María: enhorabuena por esa lucidez que desprende tu artículo. Ojalá todos lo vieran tan claro como tú lo describes. Como dice el Apocalipsis, «¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca» (Ap 3,15), frase que algún partido debería leer. Todo está escrito.