Antonio González Flores, El Bola a secas, fue el profesor de gimnasia de generaciones y generaciones de alumnos de Portaceli, una escuela de fútbol y de buenos futbolistas que bebieron, entre otros como Manolo Idígoras -quien llegó a jugar con Di Stéfano en el Espanyol- o Manolito el Taxista -quien lo hubiera dado todo por jugar con Juanito Arza-, de la pasión de este entrenador que compartía cartel dando clases con José Luis Montoya, padre del mejor atletismo de Sevilla, y Santiago Tejera, quien lucía galones de militar retirado, de hijo preclaro del carlismo y, además, de entrenador del Betis.
El Bola era entrañable pero apretaba desde su complexión pequeña y con los kilos que explicaban su apodo, con una voz que estaba en la explanada del colegio pero que parecía ordenar a un lateral que no había cogido al suyo y, cuando no le daba, cogía el pito que llevaba colgando en el pecho con el cronómetro.
Vaya si apretaba con el caballo interior, el plinton, el potro y las vueltas que hacía dar a los entonces múltiples campos de un colegio que ya no los tiene y que, por obra de estos profesores, sí dejó una estela de pasión por el deporte y, sobre todo, por el fútbol.
‘Niño, tú allí, a la canasta’, solía decir con guasa cuando alguien le desesperaba porque no le seguía el ritmo a este profesor enamorado del fútbol que, entre otras cosas, se lamentaba del destino de muchos prodigios de las canteras del Betis y del Sevilla y mantenía certero que la gran virtud del Bilbao, como siempre se conoció por aquí al que ahora llaman Athletic Club, era fabricar futbolistas de Primera División de una materia prima inferior, menor.
No había zapatillas de las de ahora, se llevaban las keds y las camisetas eran eso, camisetas de tirantas hasta que llegaron unas con mangas de distintos colores para distinguir las clases, aunque no la clase que solían aquilatar como zahoríes los tres profesores de un cartel que ya quisieran algunos equipos de fútbol de Primera.
A la primera línea del fútbol llegó Antonio González Flores, fogueado en esos campos de Dios y en equipos como el Alcalá o el San Fernando, entre otros muchos, por la vía de su ojo clínico con jugadores como Carlitos y, sobre todo, del camerunés Lauren, a quien llevó al Arsenal después de haberlo rescatado de un más que probable ostracismo y olvido: le cambió la vida a Lauren y a él, que ahora ha muerto muy joven, a los 71 años: DEP





