Ayuda no poco a comprender lo que sucede en la propia ciudad el visitar otras, casi cualquier otra de Europa. Entonces vemos que algo incomprensible, difícil de entender, un despilfarro gigantesco o una transformación urbana hecha sin venir a cuento, pues eso se ha realizado… porque es la moda, es lo que se hace. Como decía una política de Madrid, “la peatonalización es imparable”. No analizan si es buena o mala, no toman en consideración posibles ventajas o inconvenientes; no, resulta que como la consigna es peatonalizar y eso “es imparable” (¡vaya fatalismo! ¡Qué resignación! Y nosotros que ignorábamos esa especie de ley natural inexorable… “es imparable”), pues hay que acometerla.
Por cierto, ¿ven muchas bicicletas por la calle? ¿Alguien se pregunta para qué sirvió la descomunal paralización de la ciudad por obras extensísimas, luego el venenoso olor a pintura verde que flotó en el aire durante semanas… las innumerables y pesadísimas bicicletas rojas municipales…? El carril bici ha quedado obsoleto, con la invasión de patinetes por todo tipo de aceras y calzadas. Alguien dirá que en fin, que se hizo con buena intención y que no podían adivinar el futuro. Pero toda predisposición a la benevolencia se desvanece cuando, al hollar otras ciudades, comprendemos que todo aquel mastodóntico proceso (en gasto, molestias, alteración definitiva del tráfico) no se hizo por un simple error de cálculo (a su vez imperdonable, pero en fin, perdonémoslo, qué remedio nos queda); no. Se hizo, de manera automática, simplemente porque como todas las ciudades lo hacen, pues nosotros también; porque “es lo que toca”.
Que un ciudadano crea tener el gobierno municipal más desastroso e ineficaz posible, por no usar otros adjetivos, ya resulta irritante. Pero cuando nos asomamos al exterior, en España, en Europa, en el mundo, y vemos que no hicieron tales o cuales desmanes por capricho o necedad propia, sino que siguieron una consigna universal… como obedeciendo órdenes de alguna terrible dictadura oculta planetaria… eso no es que irrite, es que estremece al punto de que, aun sabiéndolo, aun enunciándolo, no lo podemos aún ni terminar de creer…
Pero centrémonos en un asunto concreto: Sevilla, como otras tantas ciudades históricas, está a ojos vistas perdiendo su alma y su esencia, barrida por el turismo descontrolado. Esto es un hecho sabido, que nadie discute, que se comenta, que desde instancias municipales se toma como problema a combatir. Vale. Y simultáneamente, el Ayuntamiento promueve, apoya, favorece macroeventos descomunales de todo tipo, como maratones y conciertos y entregas de premios celebérrimos de los que atraen a miles y miles de visitantes justo para pasar el día (muchos deportistas que corren el maratón –ese maratón que desbarata todo el centro de la ciudad – vienen y se vuelven en avión en el mismo día, ¡ole la ecología, y no se les ocurra a ustedes imprimir un papelito!). No alcanzábamos a comprender tamaña contradicción. Pero miremos fuera.
Venecia es el paradigma de joya urbana, de patrimonio de la Humanidad en gravísimo peligro de desnaturalizarse, y hasta de desaparecer, desde hace decenios, desde que podemos recordar. Su fragilidad es tan conocida como su belleza. Y la tragedia de su progresiva pérdida de habitantes es algo que preocupa desde la segunda mitad del siglo XX. Continuamente se hacen sugerencias, proyectos para paliar ese desastre; pero se estrellan contra la lógica inexorable del mercado (o eso dicen). El propietario de un inmueble no lo alquilará a una familia normal si puede multiplicar sus ganancias como piso turístico (observen que la culpa siempre va al ciudadano. Las autoridades, los gobiernos por lo visto están para decirles a unos que otros conciudadanos suyos son muy malos).
Pues en fin… en esta ciudad de la laguna fragilísima, ¡se organizan macroeventos! Y no hablamos de la Bienal de Venecia o del Carnaval, cosas ya señeras. Hablamos de que se celebran… ¡macroconciertos en plena plaza de San Marcos! ¡maratones que terminan allí! Pero, ¿no llevan décadas diciendo que no pueden con ese turismo, que hay que poner tornos porque literalmente en sus estrechas callejuelas abarrotadas no caben más personas, que es físicamente inviable acoger a esas masas…? Pues miren, en pleno julio de 2024 (¡julio!¡el verano en Venecia! En una novela del británico David Lodge se comenta que un día del verano de 1987 hubo que “cerrar” el acceso a la ciudad porque ya estaba llena. Sí, desde los años ochenta) se organiza un concierto estruendoso en esa plaza, entorno único, hecha para el silencio o si acaso los acordes de un violoncelo y un piano….
En Sevilla ya vemos la contradicción, el sinsentido. Pero cuando lo vemos en la ciudad que como ninguna otra simboliza la fragilidad, y cuyos habitantes claman a gritos por su supervivencia (hay libros que tratan el tema de la posible muerte de dicha ciudad, sustituida, no ya como modo de hablar, sino literal y verdaderamente por un parque temático de pago, hay asociaciones que se afanan por salvarla y ofrecen ideas, iniciativas… Lo acaecido en Venecia, incluso desde mucho antes de Internet y de los vuelos baratos, es la antesala del proceso en el resto de ciudades históricas), cuando vemos que eso sucede allí… ya no cabe tener benevolencia con los gobernantes, y pensar que simplemente cometen errores o que no saben prever el futuro. Nos están mintiendo.
Están trabajando activamente por la destrucción de nuestras ciudades.
La escritora norteamericana Donna Leon, una de tantas enamoradas de Venecia que se instaló allí, en estricto anonimato –no permitió que sus novelas se tradujeran al italiano para ser más desconocida- era una de las que más lloraban la descomposición de la ciudad. Vio cómo desaparecían todas las tiendas pequeñas, cómo se hundía el tejido urbano que aún quedaba. Finalmente, hubo de huir: se trasladó a vivir a Suiza. No digo que haya que compadecer precisamente la suerte de esta señora. Pero sí compadecemos a los venecianos que se quedaron sin ciudad propia. Que se quedaron sin la última mercería donde comprar lana la que hiciera punto, y sin la última carpintería para arreglar una silla. (Vale que ¿dónde quedan los muebles propios después de Ikea? ¿Dónde la industria del calzado, con las zapatillas plasticosas a todas horas? Todo conspira en la misma dirección). Y sin sitio en sus medios de transporte público.
Los compadecemos, y sobre todo temiendo lo que nos espera. Ya son muchos los sevillanos que dicen: “No reconozco mi ciudad”.
Pero, ¡siguen organizando macroeventos! ¿Por qué no surge una iniciativa popular para investigar quién se está enriqueciendo con eso? No, no digan “es dinero para la ciudad”. ¿Para qué personas en concreto?





