Hace falta ser un alma cándida, ingenua y benéfica hasta el apostolado para no haber entendido entonces que cuanto más aseveraban Marichús y su mariachi que «no vamos a subir los impuestos a las clases medias y trabajadoras» era un anuncio con campanas, cohetes y fanfarrias de la que se nos venía encima, aunque igual habría sucedido si lo que hubieran anunciado fuese que ellos iban a bajar impuestos.
A un socialista de nuestros días no le falta un perejil para diferenciarlo de un rancio comunista de la escuela de los Castro y los Chávez, embusteros compulsivos y planificadores perennes de un estado de ruina de tal calibre que cualquier cosa que hagan la puedan trasladar como un logro destinado a proteger a los más vulnerables por la vía de la subvención y la ayudita caritativa, mientras carga los costes de sus falsos bondadosos sentimientos sobre los hombros de quienes generan la riqueza y los empleadores.
Yolichari, con esa facilidad para el ridículo y la contradicción, para el retruécano y el absurdo, que la caracteriza, lo ha expresado divinamente al afirmar que «en tiempos de crisis y con un sistema de protección social, los empresarios no puede despedir», lo que significa que se prohíbe despedir y que trabaje a pérdidas el empresario.
Lo que calla, pero se sobreentiende, es que la realidad es que el Estado no tiene ya ni un duro para pagar a los parados y pretende que los empleadores continúen haciéndose cargo de las nóminas de sus empleados aunque el negocio deje de ser rentable. O sea, que el único sistema de protección social (lo reconoce ímplicitamente, pero no lo sabe) era el pleno empleo… y todo lo demás es socialismo, ruina y garabato.
Tal vez hay gente que esté poco entrenada en el significado profundo de los dogmas del socialismo y el comunismo, pero no tienen perdón. Y luego están esa fila de sectarios que son capaces de afirmar sin que les tiemble el pulso que ellos en estas circunstancias se morirán en el socialismo aunque sus hijos las empezaran a pasar canutas o a morirse de hambre, aunque olvidan (permitan el matiz) que, llegados a ese punto, sus hijos tal vez no morirían de hambre sino en otra lucha fratricida como la que armó el PSOE a base de aplicar este sectarismo infame y ciego que segó a un país y en el tumulto aprovecharon para regalarle a los abuelos de Putin una cantidad de oro que hoy nos aseguraría el suministro de gas hasta la próxima glaciación al menos. Y tal vez también hasta la siguiente.
En Europa me parece que aún no han entendido bien las consecuencias de un derrumbe semejante de España, cuyo coste será en algún momento inasumible, es decir, irreversible, y quedaremos para estropajo, esta vez sin posibilidades de coger la maleta de cartón y marcharnos a Alemania ni a vendimiar a Francia, ese bello país que prestó como refugio a los españoles que huían de la guerra, más que de las tropas nacionales, unas cuantas playas rodeadas de alambradas donde se hacinaban a miles, pero incapaces de dotar a los refugiados ni siquiera de un sencillo rancho cotidiano, mientras aquí le proporcionamos a simples aventureros que no huyen obligados de ningún cotarro hoteles de lujo arruinados y una paga semanal para su subsistencia.
El socialismo es una condena permanente revisable sólo cada cuatro años, en las urnas, que siempre deja embarrado el pavimento, no sólo por la ruina económica absoluta, sino también porque se esmera en encharcar las aceras por las que estamos obligados a deambular los ciudadanos en la fila india de la cartillas de racionamiento y la paguita de la subvención del lameculismo a cambio de unos votos.
La chapucería y la chulería de un enfermo que en una respuesta al parlamento considera necesario el uso del Falcon en sus desplazamientos privados para garantizar «su cápsula de seguridad» es una confesión de parte que corrobora que estamos ya en la era de los Ceaucescu. Sólo falta que Yolichari proclame sin eufemismos que la etapa que vivimos se llama «período especial» para que todos perciban que hemos entrado en el castrismo, el cual pervive a base de represión desde hace ya 63 años.
Pero los más avisados saben que el socialismo no miente, sino que los fachas le generan continuamente epidemias, guerras en Ucrania (la de los Balcanes, la de Libia, la de Siria, la de Afganistán o la de Sudán no nos afectaron y a ellos les comprábamos casi el mismo gas que a Rusia: ninguno), y hasta nubes de barro, para no dejarles robar en paz el dinero a sus ciudadanos. Y es que el socialismo no defrauda nunca.
He dicho.





