Los defensores de la vida humana, los que gallardamente intentan protegerla contra viento y marea frente a las leyes pro aborto y eutanasia, suelen insistir con mucha frecuencia en que no lo hacen por motivos religiosos; que se trata de una cuestión de pura justicia humana. Y no mienten: están perfectamente convencidos de que es así.
Con la máxima simpatía y admiración además hacia los que se pringan por una causa tan noble y que parece tan perdida… osaría cuestionar, no su defensa de la vida (¡todo lo contrario!) sino el tipo de argumentación.
Hay cosas que nos parecen tan obvias y evidentes, que instintivamente decimos: “¡Si no es por religión, es por sentido común!”. Como queriendo decir que lo mismo pueden ser comprendidas por un devoto que vaya a misa y reverencie el Cuerpo de Cristo que por uno que no haga tal cosa. Es decir: como si la religión fuera un complemento, una afición que uno tiene y otro no, y que no afecta a las cosas más graves. Los grandes asuntos de ética y justicia afectarán tanto a los aficionados al baloncesto como a los que no; igualmente, tanto a los creyentes como a los que no (sin duda, el estribillo de “para creyentes y no creyentes” tan insistentemente repetido –“el Obispo dio una homilía de Navidad válida para creyentes y no creyentes”- como empeñándose en que la diferencia entre unos y otros no es sino anecdótica, pues ha influido en esta actitud).
El pensar que algo se sostiene por puro sentido común podía ser válido en momentos de reciente descristianización. Es decir: cuando “se ha dejado de ir a misa” por considerarse costumbre obsoleta, pero los principios que rigen las mentes y las vidas siguen basados en milenios de civilización cristiana. Durante ese período, ciertamente, los aún devotos y los ya no pueden compartir unas mismas leyes y principios (las personas son o mujeres u hombres; la vida humana es sagrada; la Tierra está para que el hombre -¡entendiendo “el hombre y la mujer”!- la exploten y organicen… etc)
Pero cuando la descristianización se ahonda… entonces desaparecen unos principios que dábamos por obvios, evidentes, “de cajón”… y empeñarse en defenderlos “por sentido común” no funciona. Ahora nos estamos dando cuenta, sencillamente, de que, queramos o no, las razones religiosas son las que cuentan.
¿Por qué una vida humana es sagrada, y la de un animal, por simpático que sea, no? Millones de personas (y esto a muchos nos horroriza, pero es una realidad) están plenamente convencidas de que la vida de determinados animales es sagrada (y no así la humana). Llegados a este punto, queda como patético alegar: “Es que la Constitución…”, “es que el Código Civil…”. Aparte ya de que la Constitución española de 1978 es deliberadamente ambigua en este caso (dice: “todos tienen derecho a la vida”, pudiéndose interpretar que se refiere tanto a personas como a pájaros; o incluso sólo a pájaros y no a personas), pues se trata de un documento sujeto a reformas y a cambios, que además se incumple constantemente. Poca fuerza tiene el apelar a ella: no es tampoco algo amado, reverenciado ni conocido por la generalidad de la población.
De pequeños nos podíamos reír un poco, o asombrarnos, al oír que “en la India la vaca es un animal sagrado”. En efecto, nos sonaba tan descabellado que se comprendía que hablaban de otra concepción del mundo.
Pero esa concepción ha llegado (y ni siquiera exactamente así, pues lo de la India, estudiándolo, encaja en una cosmovisión con lógica propia que no debemos despreciar). Pero me refiero a que a Occidente la adoración a los animales ha llegado.
La religión siempre existe aunque uno no se dé cuenta. Resulta mucho más sano admitirlo (“Yo soy creyente y adoro a este Dios y tengo estos ritos, por cuestión de fe, sí, ¿y qué?”). Pero aunque no lo admitan, siempre se hace algo por motivos religiosos (es decir, por creencia en unos dogmas –los sinceros les dan ese nombre, otros no, pero no por eso dejan de estar bajo ellos- que no se basan en comprobaciones científicas, sino en la fe). La creciente convicción de que la vida de todo perro es sagrada, pero la humana no… ¿cómo se enfrenta uno a ella? ¿Diciendo que es inconstitucional? Antes de que nos demos cuenta, la Constitución se habrá puesto de su parte.
Un anciano inútil con una enfermedad repulsiva… un lindo potrito retozón. Finalmente, la consideración (que muchos damos por obvia, por influencia de milenios de cristianismo, seamos aún practicantes o no) de que la vida de uno merece el máximo respeto y consideración, e inversión en cuidados, de atención y limpieza, y paliativos del dolor; y en cambio la otra, pues si resulta necesario llegada por ejemplo una peste equina, pues por mucha pena que nos dé se sacrifica si hace falta, y nos dolerá, como también que corten un árbol para urbanizar un espacio, pero no tocará la esfera de la moralidad… pues esa manera de pensar, finalmente, no se sostiene si no es por razones religiosas. La tradición bíblica que empieza con Dios Creador de todo (no se puede adorar al sol ni a los árboles ni a los animales, ¡si es Dios es que los ha creado!), más luego con el hombre rey de la creación y el encargo de poblar la tierra y someterla (no es malo urbanizar, desviar ríos… La Tierra está para eso, al servicio del hombre, que debe, eso sí, cuidarla); y la idea del alma con vida eterna que eleva a la persona y la separa totalmente de cualquier otra planta o animal… pues “de sentido común” ya no es.
Podríamos explayarnos tanto… Los defensores de la “santidad” de la vida animal no suelen molestarse en argumentar su posición: la imponen sin más, la dan por obvia, con creciente éxito. Poco valdrá el querer oponerles unos sofisticados razonamientos jurídicos.
Pero lanzo un aplauso de corazón a los que, con todo en su contra, por la causa de la vida humana, que es la nuestra, se pringan y se empeñan.





