
Alguno dirá que ahondar en el tema es excesivo, es “marear la perdiz»… Y sin embargo, sobre la psicología del vigilante que arbitrariamente no permite el paso a alguien que lo desea mucho, sobre este tema han reflexionado, directa o indirectamente, grandes filósofos y literatos.
La obra de Marcel Proust, por ejemplo, parte de los salones elegantes de París, de las veladas en casas de marquesas y de nuevos ricos (un tema que se diría trivial) para extraer observaciones del comportamiento humano realmente tremendas. Y una de ellas dice: “Hay algo perverso en el ser humano que le anima a darle una invitación sólo a quien no lo desea”. Escalofriante, pero así es; por supuesto no hablamos del ámbito familiar o de amigos verdaderos, pero sí en el mundo en donde se extienden invitaciones para presumir de contactos, para quedar bien, pero jamás para algo tan puro y celestial como dar un placer a alguien que verdaderamente lo desea. (Ejemplo: una invitación para una visita privada de VIPs a algo que esté de moda. Alguien en posesión de unas cuantas no se la dará a un amigo modesto que le consta que desea verlo; se las dará a otro indiferente, que ni acudirá, pero presumirá de poder hacerlo).
Con horror vemos cómo estos ingratos resortes de lo peor del alma humana –cuando se ha olvidado el disfrute de lo bello, cuando sólo hay maquinaciones y cálculos de vanidades- llega adonde menos debía, a la catedral…
Un indiferente con cara de desdén y una excusa pragmática sí hubiera pasado. Se le corta el paso a la persona que lleva escrito en la cara su deseo inocente de ver algo hermoso. (Y no había grandes masas, no pasaban, los del otro lado de la valla, de cuatro o cinco).
Aquí recordamos otra observación de Julián Marías: “Las personas que se ven elevadas inmerecidamente a una alta posición, experimentan una curiosa envidia hacia las que están en la situación contraria [mucha valía y posición modesta], como si fueran un reproche silencioso”. Por desgracia, esta horrible verdad la constatamos a menudo (por ejemplo, en el catedrático eminente que no soporta un destello de genialidad en un oscuro alumno… tantos casos). En el caso de un vigilante de valla, alguien dirá que no es una “alta posición”: es de las ocupaciones más simples y a veces puede tratarse incluso de voluntarios. Vale, pero de momento esta tarea, curiosamente, le ha proporcionado una posición de “autoridad”. De momento, le ha tocado estar cerca de algo que le es indiferente pero que otros desean ver. Esto le une, por distinta que sea la situación, a los VIPs que sí han presenciado, acaso con indiferencia o aburrimiento pero siendo debidamente televisados, la ceremonia. En ambos casos –el de la valla y el engalanado que procura le fotografíen saludando a los de la capa pluvial- se trata de personas que nunca jamás acudirían, con esfuerzo, bajo la lluvia, permaneciendo de pie, para estar de lejos, por puro gusto sin ser retribuidos económica o socialmente.
Y este hecho –ellos nunca irían por gusto y anónimamente, no entienden que eso pueda existir – les provoca una curiosa hostilidad. Volviendo a la frase de Julián Marías, sustitúyase “valía” por “deseo genuino y auténtico, y capacidad de disfrutar, y de saborear la belleza por sí misma”, y véase cómo se cumple al pie de la letra. El que tiene al lado el objeto de deseo pero es incapaz de saborearlo, mira con hostilidad al que, aunque le nieguen el objeto, pues lleva dentro de sí algo que acaso oscuramente envidian (o desde luego no entienden): un amor a la belleza, una capacidad de desear cosas que no le repercuten en ganancia económica ni en lucimiento social… una capacidad de emoción sincera…
Sólo así se explica que, tras decir una señora, más incrédula que enfadada, tras la valla: “¡Parece mentira que en un día del Corpus no dejen entrar en la Catedral!”, el vigilante, no contento con haber expulsado a una persona, que se alejaba ya en la desolación de la Avenida, se quedara “criticándola” ante los otros cuatro o cinco tras la valla, algunos de de ellos turistas: “¡Estará aburrida!” (No se le ocurre otra explicación para que un sevillano se acerque a la catedral en día de Corpus de procesión suspendida).
Aparte de lamentarnos y de citar filósofos, ¿podemos pensar en algo práctico, para que esto tan lamentable no suceda? Creo que sí. Aun dentro de la actual política de lo que llaman seguridad, seguridad, y de prohibiciones y vallas, pues aun así se pueden intentar algunas medidas.
Recuerdo un formulario para solicitar un puesto de ayudante en una institución de no poco prestigio; uno de los requisitos era el tener “a strong commitment with the College”. No bastaba el ostentar titulaciones, diplomas: se exigía “un compromiso”, es decir, un sentimiento de adhesión, un afecto, una simpatía hacia el lugar donde uno aspira a trabajar.
Hay ocasiones en que esta exigencia es imperativa.
En Semana Santa, tengo entendido que los guardias civiles que acompañan a algunos pasos no se eligen al azar, sino que se procura “que tengan alguna vinculación con la Hermandad”, o, dicho en palabras llanas, que deseen estar allí, que lo hagan a gusto. Absurdo sería, habiendo tantos que pueden disfrutarlo, el que le encargaran esa misión a un anti cofrade acérrimo – su hostilidad se notaría, y todo el mundo saldría perdiendo.
Si se contrata personal para vallas – para desempeñar la increíblemente abyecta misión de prohibir a los fieles la entrada a los templos-, ¿tan imposible es pedir, aunque sea sobre el papel, el requisito de una actitud de simpatía hacia lo que significa la catedral, y hacia los fieles? Luego se cumplirá o no, pero al menos que conste que es un requisito. Que para estar ahí se requiere empatizar un poco, o al menos una cortesía, una actitud amistosa, un “lo siento mucho”.
Por aquello de la modernidad y apertura, pues no hay ningún requisito confesional ni nada por el estilo para trabajar en la Catedral, no se pide ni simpatía hacia el catolicismo. Pues bueno. Pero ya que estamos tan en el mundo, pues la amabilidad se empieza a valorar hasta en los controles de los aeropuertos.





