La tarde prometía. No siempre tenemos ocasión de escuchar en directo a dos personas de la talla política de Enrique Barón, presidente del Parlamento europeo entre 1989 y 1992 y negociador en la adhesión de España a la Unión Europea entre otros cargos, y, por otra parte a Elisa María da Costa Guimarães Ferreira, más conocida como Elisa Ferreira, eurodiputada portuguesa en tres legislaturas y comisaria de Cohesión y Reformas, en una mesa redonda en la que actuaba como moderadora la profesora Mari Cruz Arcos, directora del Centro de Documentación Europea de la Universidad de Sevilla, en el incomparable marco del paraninfo del Rectorado.
El motivo no era otro que la efemérides que estamos próximos a conmemorar: el cuadragésimo aniversario de la incorporación de España y Portugal a la Unión Europea el uno de enero de 2026. Lejos queda aquel 12 de junio de 1985 cuando Portugal firmó por la mañana en el Palacio de los Jerónimos de Lisboa, con Mario Soares al frente, y España lo hizo por la tarde en el Palacio Real de Madrid con la presidencia de Felipe González, sendos tratados de adhesión.
¿Dónde estábamos por aquel entonces? ¿Dónde ha quedado la ilusión compartida de vernos integrados en una Europa que ya no nos miraba como un país situado al norte de África, sino como una parte de ella? Es cierto que hemos recibido de Europa nuestro Plan Marshall, pero en este proceso no sólo hemos tenido ayuda. También hemos hecho un esfuerzo de modernización y cambio como sociedad. El balance más positivo es que, como dijo Francisco Fernández Ordóñez, pusimos a España en el mapa, volvimos al continente del que formamos parte y estamos transformándolo y desarrollando una forma original de organización política. Probablemente sea lo mejor de la etapa más fecunda de los últimos dos siglos de historia de España.
A los dos países nos costaron años de duras negociaciones, y uno añora aquel consenso de entonces entre todas las fuerzas políticas españolas elegidas democráticamente en junio de 1977 para poder incorporarnos. Portugal venía también de dejar una dictadura (recordemos la revolución de los claveles en abril de 1974 y el posterior golpe de Estado de noviembre de 1975 que la recondujo por la senda democrática) por lo que ambos países se reencontraron en la lucha por las libertades. Años aquellos en Portugal en los que la mujer no podía abrir una cuenta corriente ni comenzar un negocio sin la tutela del marido o del padre (situación que también se había vivido en nuestro país).
Muchos de nosotros aún recordamos nuestras escapadas en barcaza a Vila Real do San Antonio, en la otra orilla de la desembocadura del Guadiana, para comprar cuberterías, café y toallas, mientras los portugueses también cruzaban el control fronterizo para adquirir jerseys de nylon, melocotones en almíbar o caramelos de nata, cuando hoy día no nos damos cuenta de que hemos dejado Huelva para estar en la provincia de Faro, ni ellos que han dejado Viano do Castelo para entrar en Pontevedra.
Hemos compartido intereses comunes, como en la negociación de las cuotas de bacalao con Noruega, donde España, consciente de la importancia de este pescado en la dieta lusitana, renunció a parte de su porción a favor del país vecino, o en política agraria, donde siempre Portugal nos ha apoyado. Nos hemos beneficiado de cambios de estrategia, como cuando los alemanes, al principio reacios a potenciar los fondos de cohesión a favor de los países ibéricos, entendieron perfectamente la conveniencia y necesidad de aumentar su cifra la noche en que cayó el muro de Berlín y tuvieron que asumir la gestión de la ex República Democrática comunista.
Hay algunos aspectos que tenemos pendientes, como el cambio del huso horario que Franco impuso en 1940 con motivo de su alineamiento con los países del Eje y que todavía hoy nos obliga a retrasar el reloj al cruzar la línea fronteriza; la clásica desconfianza portuguesa a perder su idiosincrasia, a pesar del éxito de Mercadona y del Banco Santander, que les ha llevado a que su banco BPI, 100 % propiedad de Caixabank desde diciembre de 2018, no cambie su razón social, o el escaso número de estudiantes Erasmus que nos eligen como destino.
Es verdad que nos necesitamos mutuamente: somos su mejor cliente, la cogestión de las aguas transfronterizas es más cordial que la de las cuencas de nuestros ríos entre algunas autonomías españolas, y, ustedes perdonen, diariamente nos muestran cómo podemos mejorar nuestra educación en el trato personal.
Alfonso X el Sabio, nuestro rey más sevillano aunque nacido en Toledo, hizo campañas en Alemania (era hijo de Beatriz de Suabia) y escribió las cantigas a Santa María en lengua galaico portuguesa. El próximo 2026 se celebrarán los quinientos años de la boda de Carlos V con Isabel de Portugal en los Reales Alcázares de Sevilla. Portugal y España, España y Portugal: siempre unidas en la gran aventura de forjar una Europa grande y en paz.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





