España se queda sin niños. La población no crece. Mejor dicho: más que crecer, la población no nace. Y los políticos se quejan de eso. ¿Qué quieren, coño? Los políticos ignoran algo tan elemental como que en la vida no se puede tener todo. Casi siempre estamos eligiendo. Si lo que les gusta es presentarnos un panorama como el de la voracidad fiscal y saquearnos por todas partes hasta tributar por el aire que respiramos; si los problemas generales que resuelven es sacar a Franco del Valle de los Caídos (que habrán entendido como un problema “generalísimo”); si el coste de la vivienda está más por las nubes que una Inmaculada de Murillo (será para hacerle honores en su año); si la vuelta al cole es tan terrorífica en libros de texto, material, uniformes, calzado, matrículas; si el bullying escolar no les quita el sueño tanto como a niños que han llegado a suicidarse; si al nacimiento de un varón le está aguardando en España, por el mero hecho de que un día se convierta en hombre, una desigualdad legal tan peligrosa como la que tienen preparada para él las normas de violencia de género; si las feministas se van a encargar de crucificarlos con denuncias falsas en los calabozos de la Policía; si los controles de tráfico de drogas están agujereados por las filtraciones que llegan hasta sus venas; si los equipos psicosociales en metástasis por todas partes (por colegios, centros o juzgados) están esperando a nuestros hijos como si no fueran nuestros, como un sanedrín para juzgar a los padres; si un ser humano viene previsto para la indefensión de sus derechos, e incluso si alguien le quita la vida se concibe por el legislador español y el sistema penitenciario en España, que su asesino salga a la calle y vuelva a tomar café en la misma barra del bar donde lo toman, destrozados para siempre, quienes lo trajeron al mundo; si un ser humano va a ser recibido con tan inhumano futuro, programado marxistamente como un simple eslabón en la cadena de producción -si es que le dan oportunidades para formar parte de ella y no ir directamente al paro-; si quienes van a regir su destino es un nutrido grupo de corruptos con el dinero de las retenciones abusivas salidas del sudor de su frente; si cuando se ponga enfermo lo van a apuntar en una lista de espera de meses para que lo vean en un hospital… Ya me dirán si no es para que el índice de natalidad descienda mientras suben las miserias inmorales de todo tipo. Con todo lo que por culpa de los políticos, jueces, fiscales y psicólogos estamos pasando los mayores, no vamos encima a tener hijos. Yo y su potencial madre, desde luego que no. No consentiremos que nos hagan sufrir con quienes más nos dolerían. Ser padres en España se ha convertido, más que nunca, en toda una heroicidad. Y el Estado es ya el mayor y más eficaz anticonceptivo.
Los españoles estaremos calientes, pero no somos tontos. Y nos hemos liberado tanto como cabía esperar al quedar regidos por una Constitución aconfesional, no por el método ogino ni por la idea opusdeísta e irresponsable de que vengan todos los hijos que Dios quiera. La de cosas que la Iglesia ha inventado sobre lo que Dios quiere. Ha sido y sigue siendo una experta en ventriloquía de Dios. Ya quisiera saber Mari Carmen la de los muñecos lo bien que sabe hablar la Iglesia con el estómago, haciendo creer que el vientre hinchado de tantos obispos son los labios de Dios.
Si el índice de natalidad está bajando en España con señales de alarma, será por algo. O por mucho. Que reflexionen los gobiernos, porque idiotas no somos. Ni castos. Que reflexionen, porque si las oportunidades que están ofreciendo a los nuevos españoles son, entre otras de pena, largarse a otros países en busca de una vida digna, entonces con los que estamos ya tenemos bastante. Han olvidado que nacer es un regalo de Dios, no un cautiverio de criaturas inocentes.





